Andrés Salcedo: testimonio de un venezolano que vivió la caída del Muro de Berlín

Foto de portada: Fragmentos del Muro de Berlín, después de 1989 – Todas las fotografías son de Andrés Salcedo, tomadas de 1987 a 1990…

 

Por Beatriz Pantin

 

Nota Otra Política Frontal27: Compartimos este testimonio de Andrés Salcedo, un venezolano que vivió en la RDA –República Democrática Alemana–, o DDR ­–Deutsche Demokratische Republik­–, siendo muy joven y justo entre los años de antesala y caída del Muro de Berlín, es decir de 1987 a 1990. Son numerosísimas los registros fotográficos, documentales, audiovisuales que se tienen de ese periodo y que hoy podemos mirar por Internet. Acá, en este trabajo, decidimos corresponder la entrevista con las imágenes que él mismo nos envió, de manera que fuese su mirada la que nos trajera junto a una narrativa hecha de recuerdos, una lectura sobre esos años… y que cada lector reflexione por sí mismo.


 

Andrés es hijo del historiador, politólogo, diplomático y escritor, Doctor en Ciencias Políticas por la UCV, José Luis Salcedo Bastardo (1926-2005), quien fue ministro de la Secretaría y de Ciencia y Tecnología en la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez (1974-1979), embajador de Venezuela en Ecuador, Brasil, Francia, Reino Unido y la RDA, primer rector de la Universidad Santa María (1953-1956) y autor de numerosos libros, entre los cuales destacan títulos como Bolívar: un continente y un destino (1972) o Historia fundamental de Venezuela (1977).

El Muro de Berlín (Berliner Mauer) dividió desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989, a Berlín occidental, parte de la RFA –República Federal de Alemania– o Bundesrepublik Deutschland, de Berlín oriental (ocupada por los soviéticos). Berlín occidental quedó rodeada por la RDA y era parte de las fuerzas de ocupación de los aliados (EEUU, Inglaterra y Francia). Mientras que Berlín oriental conformó el Bloque del Este, dentro de la llamada “Guerra Fría”, y de acuerdo con el “Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua” o “Pacto de Varsovia” (1955), liderado por la URSS para contrarrestar la amenaza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), de la cual la RFA formaba parte. La reunificación de Alemania se dio en octubre de 1990, a casi un año de la caída del Muro de Berlín.

Muro de Berlín, vista desde Berlín oriental

“Nosotros nos fuimos a Alemania en el año 1987. Mi papá era embajador de Venezuela en el Reino Unido y se terminaba su tiempo allá, ya que el periodo que le asignaban a los embajadores era alrededor de cuatro años. Entonces surgió la idea de trasladarlo a la Embajada de Venezuela en la RDA que estaba vacante. En esa época, por la división alemana, había dos embajadores de Venezuela en Alemania: uno en la RFA (República Federal de Alemania), o Alemania occidental, ubicado en Bonn, y otro en la RDA, ubicado en Berlín oriental. Nos fuimos entonces a vivir a Berlín oriental. Estuvimos entre 1987 y 1990”.

 


Conocí a Andrés por los años noventa, siendo ambos “guías de sala” del Complejo Cultural Teatro Teresa Carreño; y como parte de un programa que le otorgaba una beca mensual a los estudiantes universitarios por trabajar o prestar servicio en el teatro mientras realizaban los estudios. Tiempo después, entre muchas conversaciones que tuvimos, caí en cuenta de que Andrés había vivido no solo en la RDA sino justo en el momento en que cae el Muro del Berlín, por eso, por haber podido vivir y presenciar ese acontecimiento, y por ser también quizás uno de los pocos venezolanos a los que le tocó estar en este tiempo en la RDA, le propuse que hiciéramos una entrevista para que nos contara sobre esa experiencia.

­

 

–Beatriz: Gracias Andrés. Vamos a comentar primero sobre tu papá. ¿Cuál era su concepción política y por qué decide irse como embajador de Venezuela en la RDA?

–Andrés: A mi papá lo asignan para representar esta Embajada en la RDA, durante la presidencia de Jaime Lusinchi (1984-1989). Él siempre fue cercano a AD (Acción Democrática), aunque no militó en el partido. En algunos gobiernos de COPEI, también tuvo participación. Mi papá era una figura más respetada como intelectual que una ficha política. Sin embargo, en el primer gobierno de CAP, fue ministro de la Secretaría entre 1976 y 1977, y también fue ministro de Ciencia y Tecnología entre 1977 y 1979.

–Beatriz: ¿Qué estudió tu papá?

–Andrés: Mi papá estudió primero Derecho y luego Sociología en la UCV, y al reflexionar sobre su concepción política, yo podría decir que mi papá era un demócrata a carta cabal. Él estuvo preso unos seis meses durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958), por haber estado muy involucrado en los intentos de salida de esa dictadura. Él luchó para restablecer la democracia. En ese momento, fue el primer rector de la Universidad Santa María (1953-1956), y mi papá siempre nos contaba que el hecho de ser docente en ese tiempo en la USM era muy mal visto por el régimen de aquella época. Un día se apareció en la casa la Seguridad Nacional y se lo llevaron.

–Beatriz: ¿Cuántos años tenías cuando llegaste a la RDA? ¿Cuáles fueron tus primeras impresiones?

–Andrés: Yo tenía 14 años. La impresión fue muy grande. Berlín oriental era una ciudad muy gris y oscura, y muy controlada. Se sentía un ambiente pesado. Aunque no había miseria ni colas en las tiendas, era todo muy austero. Recuerdo que los postes emitían una luz más tenue que los de Berlín occidental. Solo cruzar el muro era impactante. Mi entrada a un colegio alemán en Berlín fue muy contrastante, porque nosotros veníamos de Londres. Habíamos estado cuatro años viviendo en esa ciudad, donde la disciplina era muy férrea. Entonces yo venía de un colegio muy estricto, solo de varones, y llego a Berlín oriental y sucedió todo lo contrario. En esa escuela, tú podías ir con la ropa que quisieras y era menos rígida en comparación con la de Londres. Era como estudiar en una Universidad. Yo nunca había vivido eso y me encantó. La acogida de los alemanes fue muy amigable.

–­Beatriz: Viviste un contraste entre lo gris de la ciudad y la calidez con la que fuiste recibido…

–Andrés: Sí, en el colegio en Londres yo era uno más. En Berlín yo era como el extranjero, algo exótico, es decir había un interés por parte de mis compañeros en saber sobre mí y del lugar de donde yo venía, porque había pocos extranjeros provenientes de países occidentales y muchos más por supuesto provenientes de los países que pertenecían a la Liga comunista.

–Beatriz: ¿Cómo era la vida cotidiana en Berlín oriental?

–Andrés: En el mundo de los adultos, porque nosotros éramos aún muy jóvenes, se sentía mucho control. Había un policía en cada esquina. Cuando pasaban los carros de los miembros del partido comunista, veíamos unas limosinas negras y se trancaban las calles. Se sentía quién mandaba y quién no. En frente de nuestra casa, por ejemplo, en la residencia de la Embajada de Venezuela, había una caseta con un policía que decía que estaba allí para cuidarnos. En el país no había crímenes. El policía estaba todo el día escribiendo en un cuaderno. Con el tiempo, nos hicimos amigos de él. La señora que nos cuidaba, proveniente de Colombia, le llevaba un café venezolano y caliente todos los días. Entonces, tanto ese policía como los otros que pasaban por esa caseta, se sentían felices por ese café y con mucha rapidez se hicieron nuestros amigos. La señora nos contaba la vida entera de los policías y no sabíamos cómo se enteraba. Ella no sabía alemán, por eso creo que ahí eran más fuertes las ganas de comunicarnos que tenemos los seres humanos. En ese momento en el que llegamos, también se veían militares rusos por la calle y militares de los EEUU, de Francia, de Inglaterra, por el arreglo que había entre esas cuatro potencias. Ellos tenían derecho a cruzar a Berlín oriental y, cuando lo hacían, se dedicaban a comprar recuerdos y cosas. Tú los veías caminando por las calles uniformados. Eso daba la sensación, para aquel momento, de que Berlín oriental todavía era el epicentro de la Guerra Fría.

La vida para nosotros era muy sana, era muy segura. Nosotros andábamos por todas partes en bicicleta y eso nos daba como una libertad que no habíamos tenido en Londres. En Berlín nosotros tuvimos como más libertad en cuanto a lo que como niños o jóvenes podíamos vivir en ese sentido. También la ciudad se prestaba para que nosotros tuviéramos más independencia. Pienso que todo se sentía muy sano porque también las influencias estaban más controladas. Íbamos a los lagos, a parques, jugábamos… Sin embargo, a mí me marcó mucho el fuerte adoctrinamiento político que había en los colegios, en las escuelas. Había una materia parecida a lo que vimos nosotros en Venezuela como “Cívica”, y en alemán “Staatsburgerkunde”. Si no sacabas buenas notas en esa materia, no podías ir a la Universidad y te fichaban. Los profesores de esa materia trataban de carear a los alumnos y buscarles la lengua como quien dice, para saber qué tipo de pensamiento tenían. Incluso, en cualquier otra materia, por ejemplo en la de Geografía, se hablaba del capitalismo y del comunismo. Había materias rusas, y había que aprender ruso desde pequeños, después inglés en bachillerato. Era muy fuerte el control político en los estudiantes. Los profesores de esa materia tenían un estatus superior al de los otros profesores.

–Beatriz: ¿A qué se dirigía la modelación? ¿Contra el individualismo?

–Andrés: Sí, se trataba de adoctrinar a los alumnos con la filosofía marxista e infundirles rechazo a occidente; sin embargo, había cosas positivas, por ejemplo, cuando terminaba el año escolar, se tenía que restaurar el colegio. Pintábamos los salones y arreglábamos el colegio. Eso me pareció muy bueno y pensaba que en todas partes deberían hacerlo. Era un día libre en el que te pedían que fueras con ropa vieja para que entre todos pintáramos el salón y el colegio. Eso me gustaba. Todas las semanas nos íbamos rotando para botar la basura. Sí había como una orientación hacia lo colectivo y a tener consideración por la comunidad. Eso sí lo inculcaban mucho. También en deporte, a la persona que era más débil o que no podía hacer algo, se le ayudaba. Se inculcaba mucho que uno tenía que estar pendiente del más lento o de los que no tenían suficiente fuerza. Este tipo de cosas me agradaban. Pero también había cosas marcadamente contrastantes como una división entre los niños que eran más cercanos al partido comunista y los que no lo eran tanto. Por ejemplo, entre los que más cuestionaban a los profesores cuando hablaban mal de Inglaterra, de EEUU, o del capitalismo, siempre había uno que se paraba y discutía y les decía: –“Usted nunca ha ido a EEUU, ¿cómo puede hablar mal de EEUU?”. Ese tipo de cuestionamiento los había en el salón de clases. Entonces eso iba creando como una fricción entre los profesores y esos alumnos que eran considerados rebeldes.

–Beatriz: ¿Y a esos jóvenes que cuestionaban les hacían algún tipo de castigo, de censura?

–Andrés: No había castigo, pero sí había como una especie de censura. Ya esos alumnos sabían que no iban a poder ir a la Universidad. Por ejemplo, había estudiantes que eran muy buenos en química que simplemente se cuidaban mucho de no cuestionar porque ellos sabían que les podían negar la entrada a la Universidad. En el bachillerato había como unos primeros años de estudios básicos para todos los alumnos y unos últimos años más especializados. De esas personas, los que no llegaban a la Universidad, se dedicaban a estudiar técnicas y hacer trabajos manuales. Uno de nuestros amigos se dedicó al trabajo de panadero porque sus notas no eran muy buenas, y nosotros nos sentíamos mal porque él no podía entrar en la Universidad. Pero en las vueltas que da la vida, resultó ser un maestro pastelero que trabaja en cruceros y gana mucho más dinero que todos los que estudiamos en la Universidad. Pero bueno, en ese momento, sí había como una especie de conducción que relacionaba por decirlo de alguna manera lo ideológico con las posibilidades de estudio o laborales que se captaban en los estudiantes. Otro de nuestros compañeros, se dedicó después a la repartición de carbón para el calentamiento de las casas.

Pero por otra parte, todos teníamos los cupos asegurados para estudiar y se iba al colegio o a la escuela que quedara más cerca de tu casa. Esto era muy diferente a Londres. Todos los compañeros del salón vivían a no más de cinco cuadras del colegio. Teníamos acceso a la educación, a la salud, eso era algo estándar. Aunque había hospitales solo para diplomáticos y para miembros del partido. Al hospital “Charité” solo podían ir los diplomáticos, sus familiares y los miembros del partido. Pero en general toda la población tenía acceso a las escuelas y a los hospitales.

–Beatriz: ¿Qué tipo de relación diplomática recuerdas entre Venezuela y la DDR, en el tiempo en que era embajador tu padre?

–Andrés: Recuerdo cosas más culturales que políticas. Por ejemplo la Feria del Libro de Leipzig, en aquel momento y todavía, es una de las más importantes del mundo, y yo recuerdo que mi papá cuando se acercaba esta Feria, iba a Leipzig para acompañar a muchos editores venezolanos, y recuerdo que los libros venezolanos ganaban premios por su belleza, por lo bien editados o impresos. Había mucho intercambio en este sentido. De algo específicamente político no recuerdo nada en este momento que me llamara la atención o algo sobre lo cual mi papá nos haya hecho algún comentario. Yo veía una relación diplomática en ese caso muy enfocada en lo cultural.

–Beatriz: ¿Qué alegrías y qué tristezas veías que vivían tus compañeros y los que te rodeaban? ¿Cuáles eran las quejas?

–Andrés: Yo les sentía como la añoranza de conocer el mundo. Eran compañeros muy alegres, muy cultos, eso también me impresionó comparándolos con los compañeros de Londres. Los compañeros en Berlín leían más y sabían apreciar distintos tipos de música, sabían identificar los árboles por sus hojas. Yo sentía que había mucho más interés por conocer el mundo que en Londres, desde por supuesto los parámetros con los que yo contaba en ese momento para comparar. Los compañeros bromeaban de una manera muy sana, eso era muy bonito en ellos. Pero había un anhelo por poder viajar. Eso lo pude percibir, había una añoranza de poder viajar, y me preguntaban mucho cómo eran las ciudades occidentales, cómo era Londres, cómo era París, cómo era Venezuela, cómo era el Roraima. Ellos sabían que en Venezuela existía el Roraima. Ese tipo de cosas me marcaban. Percibía también una carencia material. Yo podía cruzar con libertad entre Berlín oriental y occidental. Entonces ellos me pedían cosas y yo se las llevaba. Ellos compraban su dinero en el mercado negro y yo les traía zapatos de deporte, casettes vírgenes para grabar, instrumentos musicales… A un amigo le compré un saxofón, y recuerdo que una vez hasta me pidieron que les llevara comida de Mc Donald’s…

–Beatriz: ¿Nunca te preguntaste en ese momento por qué los sistemas comunistas cerraban sus fronteras? Lo primero que uno pudiera decir es que lo hacían para ejercer el control sobre la economía y el mercado, ya que el tipo de economía condiciona toda la vida…

–Andrés: Sí, y a pesar de mi edad en aquel momento, yo estaba claro que era un régimen que reprimía. Mis compañeros se preguntaban “¿por qué, si esto es tan bueno aquí, la gente no quiere venir para acá?”, o se preguntaban “¿por qué la gente se quería escapar a Alemania occidental y no al revés?”. Eso lo cuestionaban mucho los jóvenes. Esos sistemas necesitan fronteras cerradas porque saben que necesitan el control para aplastar cualquier tipo de disidencia. De hecho, eufemísticamente el muro de Berlín se llamaba “Muro de Protección Antifascista”, en alemán: “Antifaschistischer Schutzwall”. En los salones, entre los compañeros se cuestionaba mucho el hecho de por qué no podían viajar y ver con sus propios ojos y decidir y formarse una opinión por ellos mismos.

–Beatriz: Se da un grave conflicto cuando el ser humano empieza a tener una sensación de encierro…

–Andrés: Sí, además la gran mayoría tenía familiares en la parte occidental. Entonces ellos podían comparar los estilos de vida cuando los de la parte occidental iban a visitarlos. Recuerdo que había un canal norteamericano que se veía por TV y hasta los miembros más ortodoxos del partido iban a su casa en la noche a mirarlo. En esa época pasaban una serie hecha en EEUU que se llamaba Dallas, de unos millonarios en Texas, y eso les encantaba y al día siguiente comentaban esa serie. En el campo alimentario, por ejemplo, podías comer cambur solo si te lo recetaba un médico, para compensar el potasio. Había en los supermercados una buena dotación. No había hambre. No había miseria. No tenían la prohibición de comprar alcohol, por ejemplo. En Berlín oriental había discotecas y la gente iba a rumbear hasta la madrugada.

–Beatriz: ¿Cómo viviste la caída del Muro de Berlín, en 1989?

–Andrés: En ese momento, comenzó a generarse una sensación de incertidumbre, la gente se iba y de pronto, de un día para otro, ya no estaba. Cuando el muro estaba a punto de caer, había muchos apartamentos vacíos por la gente que se había escapado. La gente que quedaba en Berlín oriental se metía en esos sitios y se hacían fiestas, se pintaban las paredes con grafitis, y eran sitios que tenían como un ambiente clandestino y uno iba de noche.

Con respecto a la caída del muro, lo primero que nos encendió las alarmas fue que de repente los profesores nos dijeron que estaba prohibido leer la revista de la juventud rusa del partido comunista, y eso a todos nos cayó como un balde de agua fría porque pensábamos que cómo era posible prohibir algo que viniera de Rusia. Ya estaba Gorbachov (Mijaíl Gorbachov, Jefe de Estado de la Unión Soviética de 1988 a 1991), y comenzó a sentirse un cuestionamiento en contra de Rusia, y eso fue la cosa más sorpresiva que podía pasar. Entonces las clases esas que yo te decía de “Cívica” pasaron de atacar al capitalismo a cuestionar a Rusia y a Gorbachov. Esos fueron los primeros síntomas que a nosotros siendo jóvenes nos hacían pensar que algo iba mal o que algo estaba cambiando. Sentíamos un rechazo muy fuerte también contra Honecker (Erich Honecker, Jefe de Estado de la RDA, entre 1976 y 1989).

El derrumbe del muro comenzó en Hungría, que siendo del Bloque del Este o del Pacto de Varsovia, era el país menos comunista. Uno iba a Hungría y uno sentía como un olor a capitalismo. Los que vivían dentro de los países que formaban parte de ese pacto, podían movilizarse entre estos países sin problema. Los alemanes de esa parte oriental podían ir a Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Hungría… pero un día, de buenas a primeras, Hungría decidió quitar los alambres de púas a su frontera con Austria. Ellos dijeron que eso era la “cortina de hierro” y que ya eso era algo arcaico. Eso pasó en el verano de 1989. Entonces ¿qué hacían los alemanes para escaparse? Los alemanes viajaban a Checoslovaquia, cruzaban a Hungría, de Hungría pasaban ilegalmente a Austria y de Austria regresaban a Alemania occidental, es decir daban una vuelta, no sé de cuántos kilómetros, para llegar a Alemania occidental. Cualquier alemán oriental que llegara a Alemania occidental tenía derecho a la ciudadanía. Con solo cruzar la frontera un alemán oriental tenía derecho a su pasaporte y a los beneficios que tenía cualquier alemán occidental. Entonces por ahí comenzó el desangramiento de Alemania oriental.

Empezó a fallar el sistema de transporte porque un día tal chofer no se presentó, tanto así que nosotros empezamos a ver que los choferes de los autobuses y de los tranvías eran soldados, eran militares, y eso también llegó a nuestra escuela. Otro día un profesor no aparecía, y nombraban a un sustituto, mientras se corría la voz de que el profesor se había escapado. La gente comenzó a irse por las fronteras que se estaban abriendo, aunque por ejemplo en Austria, al principio, no dejaban seguir a muchos de esos alemanes, y eso fue bien doloroso. La gente pedía asilo en la embajada de Alemania en Austria hasta que hubo que dejarlos pasar. También sucedió en la embajada de Alemania en Polonia. Hubo tal hacinamiento que se llegó a un acuerdo con el gobierno de Alemania oriental para que se dejara pasar en tren a todas las personas que habían pedido asilo en esa embajada. Ese tren atravesó a Alemania de madrugada y la gente estaba tan desesperada que esperó en las orillas de los rieles a ver si se podían lanzar en ese tren. Al final eso no sucedió porque no se supo qué ruta tomó el tren, pero sí causó alarma.

Erich Honecker y Mijaíl Gorbachov en la celebración del 40 aniversario de la República Democrática Alemana, Berlín, RDA, 7 de octubre 1989. Foto: © Sven Simon. Leer también este reportaje: El Muro de Berlín: Un antes y un después (ESPECIAL)

–Beatriz: Se empezó a desestructurar ese orden…

–Andrés: Sí, se empezó a desestructurar, a perturbar, el orden que había. También la visita de Gorbachov a Berlín para los cuarenta años de Alemania oriental, en 1989, causó conmoción, y cuando Gorbachov pasaba por las calles la gente le pedía ¡libertad!, al presidente de la entonces Unión Soviética. A nosotros nos llevaron a ver a Gorbachov pasar, y el profesor nos advirtió que no le gritáramos nada. Después vino el desfile militar que también fue una experiencia surrealista, porque en aquel momento tú podías ver cuál era la frontera con Berlín occidental por todos los helicópteros militares que había de norteamericanos, ingleses, franceses, observando y grabando el desfile militar.

A partir de ese momento comenzaron a haber muchas protestas en Berlín oriental. El gobierno se inventó, para bajar la presión, una especie de elecciones locales en las que cualquiera podía participar. Se crearon unos partidos que no eran comunistas y, es más, creo que ni siquiera eran partidos sino iniciativas de independientes. Pero el gobierno ganó entre comillas todas esas elecciones. Luego, estas personas se declararon como en rebeldía y se refugiaron en la iglesia de San Nicolás porque el gobierno las quería meter presas. El gobierno sin embargo no se atrevía a entrar en las iglesias y ahí se formaron como núcleos de resistencia. Se respiraba un ambiente de rebeldía como para retar al gobierno. Uno veía una cantidad de gente de la Stasi, y era muy fácil reconocerlos porque se vestían muy parecido: con unos jeans y una chaqueta. Lo que empezó a suceder era que en la noche la gente que estaba de acuerdo con ese movimiento ponía unas velitas en las ventanas. Y cada noche había más velitas en las ventanas de las casas. Empezó a crecer el movimiento. Al principio eran protestas como de setenta personas hasta un día llegar a ver en Alexanderplatz una congregación de un millón de personas aproximadamente. Eso por supuesto fue reprimido de manera brutal. Hubo incluso el rumor de que la policía no se daba abasto, entonces emplearon batallones del Ejército para reprimir. La manera como se dieron cuenta es que estas personas sabían artes marciales, porque reprimían y atacaban las manifestaciones de una forma muy distinta a las de la policía. Ellos, los militares, hacían unas llaves de karate que hacía que la gente se diera cuenta que no eran policías normales.

Un amigo nos contó que mientras ellos estaban una noche en el cine, un grupo de personas se congregaron afuera y los comenzaron a reprimir. Cuando salieron del cine, la policía se asustó porque no sabían de dónde estaba saliendo tanta gente. A esas personas las montaron en un camión, les cayeron a golpes y los detuvieron un par de días. En otra ocasión, yo celebré mi cumpleaños en la casa, y al salir de esa reunión a un par de amigos míos los arrestaron. Ahí mismo los soltaron, pero es para contarte que ese era más o menos el ambiente que se vivía. También recuerdo que se creó un partido y algunos de mis compañeros se metieron en ese partido y repartían volantes de manera clandestina. En las carteleras del colegio pegaban los volantes y cuando salíamos de clase ya los habían quitado. Hubo un caso en el que un grupo de personas vinieron supuestamente a pintar el colegio, pero no lo pintaron, entonces sentíamos que nos estaban vigilando.

Con el tiempo, la presión popular fue creciendo y las manifestaciones se hicieron incontrolables. Hubo una manifestación grandísima en Leipzig y fue como en una estación de tren y un camarógrafo captó a una señora mayor pegándole con la cartera a un soldado, o a un policía. Entonces recuerdo clarito que cuando mi papá vio eso, y nos dijo: –“Esto se acabó, este régimen cayó, se acabó el miedo”, y eso fue unos días antes de que cayera el muro.

–Beatriz: ¿Cómo fue el día exacto de la caída del muro?

–Andrés: El gobierno estaba en sesión todo el tiempo por la crisis que había. La gente estaba protestando y se estaban estudiando varias medidas para bajar la presión.

–Beatriz: ¿Cómo eran esas protestas, la gente hacía qué cosas?

–Andrés: Había marchas y concentraciones, sobre todo en Alexanderplatz. Se hacían discursos, sobre todo por parte de intelectuales y artistas que hablaban sobre la libertad, sobre lo que estaba mal y lo que estaba bien, a un riesgo muy grande, porque esas manifestaciones eran reprimidas. Había el miedo de que pasara lo mismo que en China, en una protesta donde mataron a miles de estudiantes en la plaza de Tiananmén (incidente del 4 de junio, de 1989). Por otra parte, había ruedas de prensa todos los días y el vocero era Günter Schabowski. A él le pasaron un papelito en vivo, y él lo leyó, y en esa lectura el repitió que todas las personas que quisieran pasar a occidente, lo podían hacer. Más o menos lo que decía era que las personas que quisieran dejar la RDA para siempre, lo podían hacer. Cosa que ya de por sí era incierta porque las personas no podían cruzar a Alemania occidental. Una de las periodistas le preguntó que a partir de cuándo y él sin darle mucha importancia dijo: “a partir de ahora”, “ab sofort”, de inmediato.

A partir de ese momento, en Berlín, ese día de la caída, sucedió que la gente se fue a los sitios de paso como el “Checkpoint Charlie”, “Bornholmer Strasse”, o al famoso “Glienicker Brücke” o “Puente de los Espías”. Cuando salió esa noticia, estábamos en la casa y llamé a un amigo y me dijo que no sabía muy bien lo que estaba pasando, pero que él iba a ir a Bornholmer Strasse…

–Beatriz: ¿Era de noche?

–Andrés: Sí, eran como las 9 de la noche, del 9 de noviembre de 1989, y entonces él me dice que si él podía cruzar, iba a cruzar. Pero ya se sentía en la ciudad un ambiente de emoción. Llamé a otra amiga y me dijo: –“No, eso es para la gente que se quiere ir definitivamente” y como que se fue a dormir. En ese momento yo le pregunté a mi papá que si podíamos ir a ver qué era lo que estaba pasando, y me impactó que mi papá me respondiera con estas palabras: –“Vayan a vivir la historia”. A nosotros eso nos impactó. Mi papá creo que tuvo ahí un momento de gran claridad. Un primo estaba celebrando su luna de miel en Berlín y nosotros nos fuimos todos en el carro y a mi amigo le dije: –“nos vemos en Kudamm”, en Berlín occidental.

Nosotros nos fuimos en carro y de verdad la gente en la calle estaba como en una carrera loca, en bicicletas, en carros o caminando, yendo a los puntos de cruce. El punto que nos quedaba más cerca era el de Bornholmer Strasse, donde había un puente sobre una línea de ferrocarril. Cuando llegamos a las cercanías de ese puente, había demasiada gente y no pudimos pasar. Ahí notamos que la gente estaba un poco violenta. De allí nos fuimos a Checkpoint Charlie que también era una locura porque era un lugar mucho más grande y emblemático. Cuando llegamos hasta allá el ambiente era más de celebración. La gente estaba eufórica, y había muchísima gente que ya estaba cruzando. Y algo que me impactó también fue el punto en sí, porque si tú revisas las fotos y la historia de ese punto, allí eran muchos más estrictos y revisaban con mucho cuidado. Pero no se veían los guardias fronterizos y estaba fluyendo la gente. Nosotros cruzamos en el carro. La gente estaba muy alegre.

Cuando logramos cruzar ya sí de verdad la fiesta era total en Berlín occidental. Tratamos de ir a la Puerta de Brandenbrurgo pero ahí la gente estaba violenta. Había como unos disturbios. La gente le estaba tirando cosas a la policía del lado occidental al lado oriental. En esa parte el muro era más bajo para no dañar la estética de la Puerta de Brandenburgo, entonces era muy fácil montarse en el muro. Ahí la policía estaba reprimiendo con chorros de agua. El ambiente en ese punto no era de mucha festividad. Había gente que simbólicamente le daba golpes con martillos al muro.

Foto captura de Internet, en un momento posterior ya de celebración

Entonces nos fuimos a Kudamm y era algo que yo nunca había vivido, era como el año nuevo pero multiplicado por cien. La gente de los bares regalaba cervezas. La gente estaba eufórica. Había trabants circulando por la calle y la gente aplaudía a los de Berlín oriental, y se abrazaban. También había taxistas de Berlín occidental que lograron cruzar a Berlín oriental. Los policías de ambos lados en los puntos conservaban y se intercambiaban las gorras. ¡Era una celebración que tú no te puedes imaginar!

En esa época en que no había celulares me conseguí a mi amigo en Berlín occidental. Ahí nos abrazamos y empezamos a caminar y era la primera vez que él estaba en un territorio occidental. Estaba muy sorprendido. La gente miraba las vidrieras de las tiendas, los concesionarios con carros nuevos. Más adelante nos paramos en un camión de periódicos y estaban sacando una edición especial de lo que estaba sucediendo en Berlín. Nos acercamos y había tanta gente que no lograban vender el periódico sino que lo repartían. Alex, mi amigo, y yo nos acercamos y tomamos uno de esos ejemplares. El titular era: “Die Mauer ist weg!, Berlin ist wieder Berlin!” (¡Cayó el muro!, ¡Berlín es otra vez Berlín!). Había fuegos artificiales, reencuentros de familiares, celebraciones… Pero también había un ambiente como de miedo o de inseguridad por la reacción que posteriormente pudiera tomar el gobierno de Berlín oriental…

Foto captura de Internet

–Beatriz: Pero ya se había desbordado… y ¿qué pasó después de esa noche?

–Andrés: Nosotros pasamos bastante tiempo en la calle y regresamos a la casa como a las 3 de la madrugada. Para sorpresa de todo el mundo, en la mañana, la situación seguía igual. Fui al colegio y no podíamos concentrarnos y muchos de los que no habían cruzado la noche anterior planeaban cruzar la frontera ese día. Todo lo que había ocurrido era muy impactante. Yo me atrevería a decir que para los alemanes la Segunda guerra mundial terminó el 9 de noviembre de 1989, por el sufrimiento de tanta gente separada y la presencia de las fuerzas militares de ocupación, espías, gente presa, y de gente que murió intentando cruzar el muro. Todo eso terminó, todo eso se acabó.

–Beatriz: ¿Hasta cuándo se quedaron ustedes en Berlín oriental?

–Andrés: La orden que hubo fue desmontar la Embajada de Venezuela en Berlín oriental y que quedara un solo embajador en Bonn y después ese embajador se iría a Berlín cuando se instalara una Embajada de Venezuela en Berlín ante una Alemania reunificada. Pero nosotros nos regresamos unos 8 o 9 meses después a Venezuela. Mi papá sí se quedó un par de años más. La reunificación no fue inmediata pero ya se hablaba de que Alemania iba a ser otra vez una sola y eso fue lo que sucedió. Mi papá no se fue a Bonn sino que se quedó en Berlín haciendo todos los trámites para cerrar la Embajada.

–Beatriz: Y en esos últimos meses que estuviste allá, ¿qué cambios recuerdas?

–Andrés: Todo era nuevo… En ese momento se concentraron mucho en volver a abrir las vías que estaban cerradas. Había muchas calles que el muro cerró, que el muro bloqueó. Entonces en cada vecindario se presentaban las grúas y los trabajadores con sus taladros para romper el muro. La gente se aglomeraba allí y, cuando por fin había paso, los que habían sido vecinos cuarenta años atrás se reencontraban y se daban la mano, o se conocían y se abrazaban. Eso era muy conmovedor. Había estaciones de metro que estaban tapiadas, que estaban condenadas, porque la división del muro no era perfecta, es decir había líneas de metro que pasaban por Berlín oriental que quedaron congeladas, y viceversa. Había estaciones de metro que tú no sabías que existían y de pronto tú ibas por una calle y veías a un poco de gente trabajando y en un par de semanas había unas escaleras y una señal de estación de metro. Hubo también cambio monetario y la gente recibía por parte del gobierno alemán un dinero para hacer compras o para trasladarse en Berlín occidental, creo que eran como 50 marcos. Hubo gente que compró lavadoras, neveras o sus familiares se las compraban y se las daban. Era un momento de mucho cambio. La gente también intentó comprarse un carro occidental.

Fue una época muy emocionante. En Alemania se estila que cuando uno termina bachillerato se hace un viaje en grupo y el viaje de nosotros fue a Dinamarca. Así que bueno fue una época de muchos cambios y de vivencia de cosas que mis compañeros no se imaginaban que iban a vivir, porque ellos ya estaban resignados a que esa iba a ser su vida para siempre. No paraban de maravillarse.

También sucedieron cosas como que la gente allanó la Stasi y quemaron edificios de la Stasi. Cuando eso también la RFA le obligó a la Stasi enseñarle sus expedientes a todos los alemanes que los tuvieran. Entonces la Stasi estuvo obligada a notificarle a cada alemán que tenía un expediente y que lo podían ir a revisar. Eso fue un “shock” para muchas personas, el hecho de saber que estaban siendo investigadas. De hecho varios compañeros de clase se enteraron que estaban siendo investigados porque eran amigos míos. Pero todo comenzó a ser más flexible. Era interesante ver cómo la policía se empezó a vestir con uniformes occidentales o cómo se empezaban a colocar vallas publicitarias por la ciudad… y pensábamos en la gente que murió cruzando el muro, y eso me impactó, ver cómo después se abrían esos lugares… El muro como tal lo empezaron a desmontar porque eran unas piezas desmontables.

Una reflexión en ese momento fue saber por otro lado que se trató también de gente que estaba intentando conservar sus privilegios. Esa era otra cosa que quería decir. Después de que cayó el muro se descubrió que la gente del partido vivía en zonas con supermercados, con una seguridad impresionante y en unas casas gigantescas y unos lujos que se reñían totalmente con lo que ellos pregonaban. Imagínate que en esas zonas donde ellos vivían, hasta tenían un coto de caza, un bosque donde iban de cacería a cazar venados, ¿algo más burgués?

–Beatriz: ¿Qué hicieron con esa gente que tenía esos privilegios?

–Andrés: Mucha gente fue presa, y mucha gente pagó cárcel. Y todo eso se derrumbó, pero la gente cayó en cuenta de la cantidad de lujos que tenían esas personas. En sus casas tenían televisores de últimas generación. Ellos vivían como en occidente…

–Beatriz: Eso es lo más decadente, ver cómo una casta, que es el grupo social que domina a la mayoría, se llena de lujos y privilegios, cuando, como dices, pregonan o le imponen a las masas otro estilo de vida… es decir lo que ellos le imponen a los demás no lo viven ni ellos mismos… ¿Y entonces lo que uno no desea para uno mismo por qué se lo va a imponer a los demás?

–Andrés: Definitivamente eso es cierto. La experiencia en Berlín oriental fue muy contrastante, porque nada es blanco o negro. Lo que sí, a pesar de los beneficios o de esos rasgos positivos que uno pudo experimentar en un lugar como Berlín oriental, se sentía mucho ese anhelo del que te hablé, esa añoranza de poder viajar, de poder salir o entrar libremente, de tomar las propias decisiones, todos esos rasgos que tienen que ver con la libertad, que nos son intrínsecos y que siempre se harán manifiestos en cualquier contexto donde se pretendan coartar…

–Beatriz: Agradecidos Andrés, seguiremos conversando…

 

 

Deja tu comentario