“Está prohibido llorarlo”: la política del semblante y el vaciamiento de la política en la Venezuela contemporánea

Por Eleonora Cróquer Pedrón

 

¿A qué llamamos semblante? Llamamos semblante a lo que tiene función de velar la nada. En eso el velo es el primer semblante.

Jacques-Alain MillerDe mujeres y semblantes.

I

Santa Evita (1995),

novela personal de Tomás Eloy Martínez

 

Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo aún la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar. Sólo la idea de la muerte no le dejaba de doler. Lo peor de la muerte no era que sucediera. Lo peor de la muerte era la blancura, el vacío, la soledad del otro lado: el cuerpo huyendo como un caballo al galope.

Aunque los médicos no cesaban de repetirle que la anemia retrocedía y que en un mes o menos recobraría la salud, apenas le quedaban fuerzas para abrir los ojos. No podía levantarse de la cama por más que concentrara sus energías en los codos y en los talones, y hasta el ligero esfuerzo de recostarse sobre un lado u otro para aliviar el dolor la dejaba sin aliento.

No parecía la misma persona que había llegado a Buenos Aires en 1935 con una mano atrás y otra adelante, y que actuaba en teatros desahuciados por una paga de café con leche. Era entonces nada o menos que nada: un gorrión de lavadero, un caramelo mordido, tan delgadita que daba lástima. Se fue volviendo hermosa con la pasión, con la memoria y con la muerte. Se tejió a sí misma una crisálida de belleza, fue empollándose reina, quién lo hubiera creído [1].

 

A partir de esta escena conjeturada en torno a los últimos momentos de agonía de quien fuera la primera “Dama” de la política nacional en Argentina hacia las medianías del siglo XX, comienza la extraordinaria novela Santa Evita (1995) del escritor y periodista de ese país, Tomás Eloy Martínez, residenciado en Venezuela durante los primeros años de su exilio. Se trata de un relato íntimamente urdido por el narrador-investigador protagonista –esa suerte de autor autorrepresentado sobre el cual recae la responsabilidad de la enunciación– en torno a los hallazgos fragmentarios de su propia y obsesiva pesquisa acerca de esa mujer que, “con la pasión, con la memoria y con la muerte”, llegaría a convertirse en la “Santa” del libro que en esos términos se nos entrega. Eva Duarte, Eva Perón, Evita… espada y flor en manos cruzadas sobre el pecho henchido de amor que la mirada próxima duplica, como nos muestra la ilustración de Marcela Radicci en la portada, es la figura excelsa, simbólica e imaginariamente investida, a propósito de la cual se teje la ficción novelesca: una mujer cualquiera que en vida llegó a convertirse en emblema de liberación de las clases populares en Argentina; y más adelante, con la muerte, en el significante invocado por muchos en nombre de la justicia posible para todo un pueblo. A partir de estos momentos últimos, pues, momentos intersticiales de una vida en tránsito, comienza la historia que el escritor y periodista agudo va articulando como si se tratara de una novela personal. Estos momentos de definitiva “entrega” de Evita –“ser de excepción” que el tortuoso fallecimiento resignificaba de manera definitiva– a las fantasías y fantasmas de las gentes; y de su cadáver, embalsamado e insepulto, a los rumores que insistirán en producirse y en no cesar de reproducirse luego alrededor de quien fuera “Ella” y de cara al porvenir.

Apenas unas páginas después de iniciado el relato, la Eva Perón así representada por la pluma del narrador atento a esos rumores y a lo que habían ido tejiendo como velo enigmático entre la vida y la muerte, enferma ya y desangrándose a consecuencia del cáncer de útero que hizo al énfasis teatral de su última aparición en la escena pública de su nación y del mundo, formula ante su marido el deseo final de agonizante –deseo de trascendencia–, que la inmortaliza, y sobre el cual se cifra la trama secreta de su inscripción en la Historia: “–No abandonés a los pobres, a mis grasitas. Todos estos que andan por aquí lamiéndote los zapatos te van a dar vuelta la cara un día. Pero los pobres no, Juan. Son los únicos que saben ser fieles. –El marido le acarició el pelo, Ella le apartó las manos–. Hay una sola cosa que no te voy a perdonar. –Que me case de nuevo, trató de bromear él. –Casáte las veces que quieras. Para mí, mejor. Así vas a darte cuenta de lo que has perdido. Lo que no quiero es que la gente me olvide, Juan. No dejés que me olviden” [2].

 

 

Para satisfacer la súplica de que no la olvidaran, Perón ordenó embalsamar el cuerpo. El trabajo fue encomendado a Pedro Ara, un anatomista español, célebre por haber conservado las manos de Manuel de Falla como si aún estuviera tocando El amor brujo. En el segundo piso de la Confederación General del Trabajo, se construyó un laboratorio aislado por las más rigurosas precauciones de seguridad.

Aunque nadie podía ver el cadáver, la gente lo imaginaba yaciendo allí, en el sigilo de una capilla, y acudía los domingos a rezar el rosario y a llevarle flores. Poco a poco, Evita fue convirtiéndose en un relato que, antes de terminar, encendía otro. Dejó de ser lo que dijo y lo que hizo para ser lo que dicen que dijo y lo que dicen que hizo.

Mientras su recuerdo se volvía cuerpo, y la gente desplegaba en ese cuerpo los pliegues de sus propios recuerdos, el cuerpo de Perón –cada vez más gordo, más desconcertado– se vaciaba de historia. Entre los rumores que compilaba el Coronel para ilustración de sus discípulos llegó el de un golpe militar que estallaría entre junio y septiembre de 1955. El de junio fracasó; en septiembre, Perón se desmoronó solo.

Fugitivo, aislado en una cañonera paraguaya que estaba siendo reparada en los astilleros de Buenos Aires, Perón escribió durante cuatro noches de vigilia, mientras esperaba que lo asesinaran, la historia de su romance con Eva Duarte. Es el único texto de su vida que construye el pasado como un tejido de sentimientos y no como un instrumento político, aunque su efecto (sin duda voluntario) es asestar el martirio de Evita, como una maza de guerra, contra la cara de sus adversarios [3].

 

De allí en más la novela –una de las muchas que se van escribiendo sobre Eva Perón a lo largo del siglo XX que transcurre– se arma como una suerte de collage, tal cual la transustanciación de Evita en “Santa”, en puro espíritu encarnado, puro relato de espiritualidad, transparencia de espíritu, a partir del rumor –esa habla anónima y potente de la multitud, que la iba envolviendo y salvando del transcurrir natural de una vida-muerte apenas humana y/o que la proveía de otro cuerpo simbólico e imaginario, mítico y eterno, lleno del recuerdo de la gente, al tiempo que el cuerpo de Perón “se vaciaba de historia”–se desvanecía. A partir del rumor, entonces, y alrededor del secreto: el mistérico secreto que nunca se dilucida, porque no es su naturaleza ser dilucidado; y/o del enigma, más bien, que pulsa en el corazón vacío-de-saber del rumor, y en el cual se cifra la potencia de anudamiento social que lo caracteriza. De hecho, según cuenta la novela en las páginas de su inicio, el coronel Carlos Eugenio de Moori Koening, custodio de Evita durante los dos años de la enfermedad, “dictaba en la Escuela de Inteligencia del ejército su segunda clase sobre la naturaleza del secreto y el uso del rumor. ‘El rumor’, estaba diciendo, ‘es la precaución que toman los hechos antes de convertirse en verdad’” [4]. Y el secreto es lo el narrador-periodista autorrepresentado investiga de manera obsesiva en las calles y en el archivo, entre las voces y entre las páginas de los documentos que va encontrando en su camino. Por supuesto, no es una certificación de la identidad última de Eva lo que consigue al final, de su identidad burocrática y/o estrictamente biográfica –eso hubiera sido una ingenuidad de su parte. Lo que esa investigación termina poniendo en evidencia es el entrecruzamiento singular, el anillamiento –en sí mismo mistérico, enigmático, y para siempre secreto– que allí se produjo entre la mujer tan amada y tan odiada por tantos; su cadáver itinerante y salvaguardado de la descomposición y del olvido; y la Nación argentina, poco antes de que irrumpiera la dictadura que sellaría con la sangre de muchos la voluntad de “desconocimiento del otro”, de la diferencia, que había determinado, desde mucho tiempo atrás, el pacto de modernidad defendido por sus élites civilizatorias.

Las frases atribuidas a Eva, por otra parte, esas frases contundentes que habían anudado su vínculo estrecho con el “otro” –las gentes conmovidas por su aparecerse y reaparecerse impactante– y su manera de permanecer inscritas en el “Otro” –el inconsciente cultural de un país y de un continente en pleno– son el hilo conductor de esta pesquisa hecha novela personal: “Mi vida es de ustedes”; “Seré millones”; “Renuncio a los honores, no a la lucha”; “Me resigné a ser víctima”; “El enemigo acecha”, “La noche de la tregua”, “Una mujer alcanza su eternidad”, “Grandezas de la miseria”, “Un papel en el cine”, “Un marido maravilloso”, “Jirones de mi vida”, “Pocas horas antes de mi partida”, “La ficción que representaba”, “Una colección de tarjetas postales”, “Tengo que escribir otra vez”… Y el llanto, ese llanto garante de inmortalidad que la Ópera Rock por todos conocida en el mundo entero desde hace décadas devuelve al terreno del espectáculo musical y político, ese mismo llanto que había llenado en su momento tanto las calles como los titulares de la prensa que el periodista recoge medio siglo después, se fija allí como respuesta y como pacto de memoria –de eternidad– hacia el futuro: “Llora el pueblo su más grande dolor ¡Evita! Mártir del Trabajo, Ha Entrado en la Inmortalidad”.

 

II

“Primero como tragedia, después como farsa”,

la muerte de Chávez (2013) y el espectáculo de la política nacional

 

El pueblo llora a Chávez. /A las 4:25 pm. de ayer el Presidente de Venezuela, después de ganar 16 procesos electorales, perdió su última batalla contra el cáncer/ Gobierno decreta 7 días de duelo/ Lo velarán desde hoy en la Academia Militar/ El viernes será la ceremonia de Estado con mandatarios del extranjero…

 

Entre consternado y protocolar, paradójicamente afectado y al mismo tiempo burocrático y militar… así rezaba el titular del periódico venezolano Últimas Noticias, del 6 de marzo de 2013, más o menos como todos los que abarrotaron el espacio público nacional el día después del fallecimiento tan esperado como temido del entonces presidente de la “nueva” República Bolivariana de Venezuela –esa República que había sido re-fundada por la Asamblea Constituyente en la última modificación constitucional de 1999 y aprobada en un polémico e irrefutable Referendo que marcó la división definitiva de la Nación en dos grandes bloques políticos/modelos de Nación/lógicas económicas en pugna. En primer plano del impreso, el rostro de Hugo Rafael Chávez Frías se mostraba erguido como mirando hacia el infinito, rígido y firme con impermeable de campaña bajo la lluvia. Entre las manos cruzadas sobre el pecho de visionario, como en una suerte de metonimia visualmente construida, el micrófono anclaba esa mirada perdida en la elocuencia espectacular del personaje mediático –y mucho más televisivo que teatral, hijo de su época–, capaz de encarnar una multiplicidad de semblantes en el escenario, que había hecho al logro desconcertante de mantenerse “invicto” en el gobierno, “después de ganar 16 procesos electorales”:

El texto de la noticia a continuación, firmado por la periodista Mariela Acuña Orta, citaba en extenso las palabras pronunciadas ante esa muerte por quien era en ese momento el vicepresidente de la República, Nicolás Maduro, futuro “sucesor” y supuesto “garante” del proceso trans-gubernamental y revolucionario iniciado por Chávez durante los años de su mandato:

“A las 4:25 de la tarde de hoy, 5 de marzo, ha fallecido el presidente Hugo Chávez Frías”, anunció ayer el vicepresidente Nicolás Maduro, en cadena nacional, desde el Hospital Militar acompañado de los ministros de Comunicación e Información, Ernesto Villegas; Ciencia y Tecnología y su yerno, Jorge Arreaza; el canciller Elías Jaua; el ministro de la Defensa, Diego Molero Bellavia y la procuradora general Cilia Flores.

 

Luego de batallar duramente con una enfermedad durante casi dos años, con el amor del pueblo, con las bendiciones de los pueblos y con la lealtad más absoluta de sus compañeros de luchas y con el amor de todos sus familiares”, afirmó entre lágrimas Maduro, quien detalló que Chávez murió acompañado de sus hijos y sus padres.

Maduro señaló que la información es “la más dura y trágica que podamos transmitir a nuestro pueblo”, por lo que llamó a que la paz y el respeto impere en el país ante “este dolor inmenso de esta tragedia histórica que hoy toca a nuestra patria”.

“Nosotros llamamos a todos los hombres, mujeres de todas las edades, a hacernos garantes de la paz, el respeto, del amor; y de la tranquilidad de esta patria”, afirmó.

Maduro garantizó que la revolución bolivariana no se perderá porque “nosotros, sus compañeros, civiles y militares, asumimos comandante Hugo Chávez su herencia, sus retos, sus proyectos junto al acompañamiento de todo el pueblo, sus banderas serán levantadas con honor y con dignidad. Comandante donde usted esté gracias, mil veces gracias por parte de este pueblo que protegió, amó y que nunca le falló a usted”.

Exhortó a la población a “canalizar el dolor en paz, con respeto, en un momento de profundo dolor, sólo cabe la comprensión, el respeto más profundo a los ideales más grandes del comandante presidente de Chávez”.

El vicepresidente agradeció la solidaridad de los mandatarios de otros países que llamaron, sin mencionarlos.

Agregó que el gobierno desplegó un dispositivo de seguridad en todo el país para garantizar la paz y la tranquilidad, e invitó a los seguidores del Presidente a acompañarlo hasta su última morada, que aún no se dio a conocer.

Le decimos a nuestro pueblo vamos acompañar hasta su última morada a nuestro comandante Presidente, en paz, abrazándonos como una familia, juntos como una familia, una sola familia de esta patria que nos deja por herencia libre e independiente el comandante eterno”, indicó.

Maduro pidió que más allá de la tristeza, haya “mucho coraje, mucha fuerza y mucha entereza. Tenemos que crecernos por encima de este dolor y estas dificultades. Tenemos que unirnos más que nunca la mayor disciplina, colaboración, hermandad. Vamos a crecernos, vamos a ser dignos herederos de un hombre gigante como fue y como siempre será en el recuerdo Hugo Chávez. Que no haya odio”.

A los adversarios les pidió respeto para el dolor de los seguidores y los funcionarios.

Maduro recordó el mensaje “inolvidable” del pasado 8 de diciembre cuando el propio Jefe de Estado anunció la reaparición del cáncer en la zona pélvica que le había sido detectado en junio de 2011 y por el cual ya lo habían operado dos veces.

Recordando al cantautor Alí Primera dijo que está prohibido llorarlo, e invito a los partidarios a reunirse “para cantarlo” en las plazas Bolívar de todo el país y a las afueras del Hospital Militar, donde estuvo recluído los últimos 16 días, luego de permanecer más de dos meses convaleciente en La Habana, donde fue tratado a lo largo de toda la enfermedad [5].

 

La conversión de la muerte en “tragedia histórica que hoy toca a nuestra patria”; la síntesis territorializante del dolor de la multitud en el abrazo de “una familia, una sola familia de esta patria que nos deja por herencia libre e independiente el comandante eterno”; el agradecimiento “a la solidaridad de los mandatarios de otros países que llamaron”; la advertencia del despliegue de “un dispositivo de seguridad en todo el país para garantizar la paz y la tranquilidad”; el sutil desplazamiento de la referencia al “Padre” muerto entre hijos y padres hacia la “Patria” dejada en herencia, que tantas burlas llegaría a suscitar poco después por el evidente deterioro de la vida en el país: “no tenemos pan… pero tenemos Patria”; la conversión del dolor del pueblo en fiesta de los “partidarios”… parecían emerger de ese discurso como tópicos de una retórica torpemente ensamblada en torno a la posibilidad de una semejanza histórica entre lo que había suscitado la muerte de aquella Eva Perón transmutada en “Santa” y lo que de alguna manera hubiera podido llegar a despertar el fallecimiento del “líder” venezolano –el fervor, el furor y el dolor de las gentes que hasta ese momento lo habían acompañado ciegamente en todos sus proyectos y programas de gobierno.

Sin embargo, la angustia era mayor que el dolor; y eso comunicaba en definitiva la enfática palabrería desplegada por Maduro (y sus “lágrimas de cocodrilo”, que hubiera pensado Eva), de espaldas a lo que entonces hubiera sido la imprescindible consolidación de un proyecto nacional capaz de enfrentar tanto la muerte del líder como el futuro distinto que ella inauguraba. La angustia terrible era evidente, ante la posibilidad de perder la hegemonía de un poder de Estado que, por encima de cualquier afectividad manifiesta y cualquier vínculo social imaginable, debía ser “defendida” con el cuerpo presente de los “hombres y mujeres de todas las edades”. Esa angustia trazaba, además, un bizarro “común” entre todos los factores políticos involucrados en el futuro incierto que el vacío gubernamental, después de quince años de audiencia, abría de manera irremediable –ninguna voz retumbaba ya en el micrófono arropado por las manos del cadáver. Y la prohibición de tramitar simbólica e imaginariamente la muerte fue tan clara como nefasta en sus efectos: “está prohibido llorarlo”. Por su parte, como apareció en distintos periódicos de esos días, también Chávez había pronunciado un último deseo de agonizante –un deseo de permanencia que hablaba de su propia soberbia y de su miedo: “no quiero morir, no me dejen morir” [6]… De algún modo, podríamos pensar que entre unos y otros esa manera de afrontar la pérdida sin enfrentar la muerte anunciaba el futuro pesadillezco que le tocaría vivir a este país. El país que un día, después de muchos años de liderazgo potente, amaneció sin líder, sin proyecto y en silencio.

Un par de años después, el periodista venezolano Nelson Bocaranda, quien había capitalizado en su conocida columna los “Runrunes” la información acerca de la enfermedad y muerte del presidente venezolano, escribe un pequeño texto de “autoentrevista” titulado “El poder de los secretos”, que termina de reducir al silencioso cadáver del líder en resto. Rumor y secreto, como fórmulas de una política del semblante, según pudieron haberla compartido Eva Perón y Hugo Chávez, aparecen de nuevo en el relato de Bocaranda. No obstante, tanto el sentido como la resolución de ambos dispositivos funcionan aquí de otro modo. El “informante” del “runrún” no es ya el sujeto colectivo del rumor. Es “una persona” quien “canta”, más bien: un delator, puesto al teléfono del periodista que se dispone a reproducir lo escuchado más una especie de “chisme de farándula”, por cierto, que un rumor. Asimismo, ningún secreto queda en pie –ni ningún vacío desde el cual comenzar a revisar, a interrogar, a comprender y/o a imaginar la trascendencia de lo sucedido– después del relato de Bocaranda. Todo está dicho allí con claridad meridiana. Y el verdadero “secreto”, ese que no puede ser ni sabido ni pensado ni dicho, el secreto-misterio-enigma de la posibilidad de un vínculo social potente –y de una imaginación política capaz de movilizar a todo un pueblo– que había representado Chávez para muchos, se diluye como un asunto sin importancia. Un asunto que, independientemente de adhesiones o animadversiones, ni siquiera logró hacerse merecedor de una reflexión seria y responsable por parte de los venezolanos –y/o, cuando menos, de los académicos, políticos e intelectuales del país:

 

Pasado el mediodía del viernes 24 de junio de 2011, recibí una llamada telefónica de una fuente muy buena con la cual me mantenía en contacto desde hacía varios años. Me buscó para decirme que tenía en sus manos una información sumamente grave y para preguntarme si quería recibirla y publicarla en mi columna de prensa, aun si eso implicaba que me cayera encima el aparato de intimidación del gobierno chavista. Le pregunté si confiaba en mí, a lo que me contestó que sí, que totalmente. Le argumenté que nunca nos habíamos fallado el uno al otro y que quedaba a la espera de escuchar cualquier cosa que necesitara comunicarme. Trancamos. Alrededor de la medianoche, me llamó de nuevo. Aunque ambos teníamos teléfonos cifrados y podíamos hablar de viva voz, preferimos continuar la conversación a través del sistema de Blackberry, cuya seguridad sabíamos totalmente blindada. Él estaba en La Habana. Yo, en la playa, pasando unos días de vacaciones con Bolivia. Me dijo: “Lo que voy a revelarte va a cambiar la historia de Venezuela”. Y un instante después, agregó: “Chávez tiene cáncer y puede que sea irreversible”. Me quedé helado, a pesar de que, en el transcurso de las últimas semanas, otra fuente me venía advirtiendo sobre una “posible” enfermedad que aquejaba al presidente. Lo dejé continuar, sin presionarlo y, uno a uno, me dio los detalles del estado en el cual se encontraba Chávez y cuáles serían las consecuencias [7].

 

Más adelante, ante la pregunta definitiva “¿Cómo comenzó el vía crucis de Chávez?”, lo que definitivamente se sabe se “revela” en términos de la reproducción del diagnóstico de la enfermedad: “Esta vez me gustaría empezar por el final, revelando de una vez por todas qué tipo de cáncer liquidó al presidente. Chávez tenía un sarcoma retroperitoneal, un tumor muy malo y traicionero que afecta a tejidos blandos, no responde ni a quimio ni a radioterapia y que tiende a progresar inexorablemente hasta la muerte. El cáncer de Chávez se originó en la zona pélvica e hizo metástasis en los huesos, el páncreas y un riñón” [8]. Así, al discurso más disparatado que serio del futuro presidente de la República Nicolás Maduro –ese extraño discurso de prohibición del duelo como expresión de un dolor colectivo depuesto ante la lucha inminente por conservar lo que de ninguna manera podía ser perdido– le contestaba la banalidad absoluta del texto producido por el periodista opositor Nelson Bocaranda, en torno a la autopsia del cuerpo del líder vencido en la “batalla” que no había podido ganar.

Comenzaba, en cualquier caso, el chavismo sin Chávez; ese Estado de sitio de la Nación que, de una potente política del semblante, transitaba hacia la pura y cruda experiencia del vaciamiento de la política que el líder postizo –el “sucesor”, el “garante”– trataría infructuosamente de obturar. Una política vaciada y “sin máscaras” –como tantas veces y de manera irresponsable desearon las fuerzas opositoras al gobierno–, cuyo dominio mortífero padecemos hoy todos los venezolanos y de formas cada vez más descarnadas.

 

*     *     *

En un pequeño libro en torno a la noción de “semblante”, tal como la pensara Jacques Lacan al interior del psicoanálisis, Jacques-Alain Miller propone una precisión categórica: “Llamamos semblante a lo que tiene función de velar la nada” [9]. Es decir, a ese significante intersticial –esa apariencia, ese espíritu encarnado– que, entre lo simbólico y lo imaginario, hace de película sutil, de revestimiento, de velo que cubre el vacío fundamental que al mismo tiempo señala, ese vacío que es pura potencia. En este sentido, continúa Jacques-Alain Miller, el semblante, asumir un semblante –una imagen significada de sí, una presencia, una encarnación– supone una relación simbólica e imaginaria del sujeto con las apariencias que habitan el mundo de lo sensible y también con el vacío de lo real, allí donde este se manifiesta como imposible de ser representado. Funciona, por ello, de igual modo, como definición de una posición subjetiva, un lugar desde donde emprender el vínculo consigo mismo y con el otro, de cara a la falta que pulsa en el origen de todo deseo y de toda creación. Sin embargo, anota el autor, hay diferencias entre el hacer semblante –portar el velo que recubre, por ejemplo, al cuerpo de esa “Mujer” que sólo existe como creada por el logos hegemónico de la cultura que en ella deposita fantasías y fantasmas– y usar un postizo –ese tipo particular de semblante fetichizado y literalmente fijado a un objeto concreto, esa máscara y/o ese suplente, por la voluntad fálica del poseer “algo” (en el “tener”) que obture de manera definitiva esa falta (en el “ser”) vivida como insoportable. Así, mientras por el lado del semblante, en tanto que “velo” de una falta verdadera en el “tener”, se accede a la posibilidad de “ser” (“soy lo que no tengo”); por el lado del postizo, el sujeto cautivo de su pulsión se aferra a una falsa presencia en el “tener” que fragua su renuncia a la posibilidad de “ser” (“tengo lo que no soy”)…

La reflexión que quiero proponer aquí, como gozne frente a esa comparación desplegada en las primeras páginas de este ensayo entre el devenir significante del cuerpo-palabra de Evita y la conversión en resto del cuerpo enmudecido de Chávez, se concentra en esta distinción entre el semblante y el postizo. En efecto, si algo hizo al poder mediático de este último como líder de un proceso revolucionario truncado por la muerte –y si algo pudo haberlo acercado a lo que representó Eva Perón en Argentina– fue la política del semblante con la que ocupó la escena pública nacional durante las dieciséis elecciones en las que se mantuvo invicto. De hecho, también el enfrentamiento entre “oficialistas” y “opositores” que muy tempranamente entretuvo los asuntos de la política nacional fue absorbido por el espectáculo que en sí mismo encarnaba ese hombre de gobierno que se negaba a dejar de ser el revolucionario convencido de la justicia de su causa. No obstante, la muerte lo convirtió en un lugar vacío. Y la política del semblante fue torpemente desplazada por la imposición de una lógica del postizo.

¿Qué puede un cuerpo social sometido al vaciamiento radical de la política que el sucesor-postizo no cesa de señalar con su aparición irresponsable?, podríamos preguntarnos entonces. Ningún semblante sostiene ya al gobierno de la Venezuela contemporánea. No quedan ni imágenes ni palabras capaces de hacer sentido. Y mal puede el postizo –esa especie de mala copia de padre y de patria que ha sido Nicolás Maduro como gobernante– llenar y significar los términos de una práctica del poder de Estado que se crece en el uso y usufructo de los medios gubernamentales que pone al servicio de sus fines mafiosos y delincuenciales. “No llores por mí, Argentina”, dicen que dijo Eva Perón ante el Balcón del Pueblo poco antes de morir; porque “mi alma está contigo” / “Está prohibido llorar”, dictaminó Maduro cuando el pueblo entero lloraba la muerte de Chávez, que era también la muerte, se sabía, de ese futuro posible que su advenimiento al gobierno había abierto como deseo fuerte de justicia social y principio de esperanza en las clases más desprotegidas de este país… Y es cierto, después de todo, el tiempo ha transcurrido y Venezuela no debe ya llorar, ni por el proyecto nacional perdido, ni por el duelo truncado en aras de una sucesión malsana. No debe llorar ni siquiera por la tortuosa experiencia de supervivencia que hace a su padeciente contemporaneidad. Es más bien el momento de revisar seriamente el camino transitado; y de gritar, si es necesario. De hacerlo, además, en nombre del nosotros difuso cuya restauración resulta cada día más urgente en este país. Quizá de ahí, de esa revisión autoconsciente y del grito colectivo y rebelde en el cual debería continuarse, pueda surgir algún día, de nuevo, la posibilidad de otro tipo de hacer y de ser político en Venezuela.


Notas:

[1] Tomás Eloy Martínez. Santa Evita, Barcelona: Grupo editorial Planeta, 1995, p. 9 (énfasis mío).

[2] Ibid., p. 12.

[3] Ibid., pp. 18-19 (énfasis mío).

[4] Ibid., p. 15.

[5] Mariela Acuña Orta. “A las 4:25 pm. perdió la batalla contra el cáncer”. En Últimas Noticias, miércoles 6 de marzo de 2013, p. 2 (énfasis mío).

[6] Periodista latino.com. En: periodismodigital.com, 03/07/2013.

[7] Nelson Bocaranda. “El poder de los secretos”. En: Bocaranda. El poder de los secretos, Caracas: Planeta, 2015, pp. 219-220.

[8] Ibid., p. 222.

[9] Jacques-Alain Miller. De mujeres y semblantes, Buenos Aires. Cuadernos del Pasador, 1994, p. 85.

 

 

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