Ha partido el luchador, narrador y pintor barí Benito Askerayá por causa de amibiasis y descompensación

Benito en su comunidad, Sierra de Perijá, estado Zulia. Foto: Daisy González

 

Hoy, me despertó una nota de Fidel publicada en FBK: “A la gente que defiende a los poderosos (de casta política o económica), le pregunto: ¿Cuánto vale la vida de los pobres? Si no es por esta modesta y prácticamente inútil nota, no se sabría de la muerte de Benito Askerayá de la comunidad de Karañakaek. Uno de los indígenas de los que supe que le gustaba mucho pintar, casi como un oficio. Un sujeto sensible que se complacía al plasmar pasajes de su pueblo con colores. Perdió su pierna izquierda por una picadura de serpiente hace algunos años. Falleció por una enfermedad TAN CURABLE como penosa, que es amibiasis. Más allá de que haya sido un personaje con un acervo cultural barí importante, es un ser humano. La indolencia mató a Benito Askerayá, igual que a tanta gente a lo largo y ancho de Venezuela, porque este no es un caso aislado y exclusivo (ojalá así fuera…). Queda todo un mundo por construir, organizar, soñar y DIBUJAR. Menos corrupción y más salud para todxs”.

 

Para ti Benito, y para todos los luchadores en resistencia que hay por el mundo

 

En enero del año pasado, vi los dibujos de Benito Askerayá, narrador y pintor barí, que Lusbi Portillo publicó en la página “Hombre y Naturaleza”, en FBK. Desde esa vez, había quedado prendada de sus dibujos. De hecho, hace poco, a eso de una semana, le había pedido a Lusbi que me trajera fotos de los dibujos de Benito, para hacerle un escrito y, de se ser posible, buscarlo para conversar. La triste noticia es que Benito murió de amibiasis, y agrega Lusbi “de hambre y abandono”.

Desde que muchos hemos recorrido con Lusbi tantas experiencias junto a los pueblos y comunidades indígenas del Zulia, nos hemos topado con una experiencia en especial muy dura y es el hecho de tener que comprobar por nosotros mismos, que nuestros compañeros de tantas luchas, pero sobre todo amigos de muchos de nosotros, no cuentan ni con las mínimas condiciones para atender una emergencia de salud. Cabe decir aquí además que muchos de los compañeros y compañeras que le han tendido la mano a cualquier compañero que venga de la Sierra con problemas de salud, también tienen dificultades económicas, pero esto no ha sido un impedimento de fuerza mayor para no hacer nada.

No solo se trata de que allá en la Sierra no haya ambulatorios o centros de atención para emergencias, pues en el caso de que existiera alguno en pie, no contaría hoy con las condiciones necesarias para atender ciertos casos, sino de un conjunto de dificultades como lo son lo complicado del traslado a los centros urbanos para hacerse atender en los hospitales, falta de transporte y medicamentos (la mayoría de las veces, en la Sierra, no hay ni suero antiofídico para atender las picaduras de animales venenosos), falta de recursos para cubrir estadía, alimentación, medicinas, etc., o inclusive, hablamos hasta de fallas en la atención médica, cuestión que implica a veces, no poder dar con los respectivos diagnósticos y con las causas de cualquier problema, y esto nos lleva a mencionar además lo que nunca se ha hecho en todos estos años, que es crear una medicina que pudiera integrar los conocimientos propios de los pueblos indígenas con los de los expertos de otras ramas de la medicina; conocimientos que pudieran afrontar la complejidad de los cambios en los ecosistemas y ambientes que han vivido y están viviendo estos pueblos, para poder asumir su situación real.

Sobre lo que hemos podido hacer, hay también mucho que contar. En el caso de Benito, lo atendieron siempre compañeras y compañeros en Maracaibo, cuando tenía que viajar a la ciudad para curarse. Carmen, Lusbi, Daisy, Ángel, Manuela, Luis, Jasay, Elpidio, Zaidy, Nelson, Andreína… entre otros tantos, que estuvieron pendientes de Benito y de su familia y demás barí, en cualquier circunstancia, y que son los que mejor nos pudieran decir cuál era la situación real de Benito y la de su familia, allá en la Sierra, donde vivía, y cuál es la situación actual de las comunidades barí.

 


Carta de Daisy González

Al amigo Benito Askerayá, artista y luchador del pueblo barí por los territorios en la Serranía de Perijá

Benito Askerayá ha partido con los Basunchimba –sus ancestros–, se fue a seguir pintando la Serranía de Perijá. Este hijo de Sabaseba, padecía una amibiasis o amebiasis, que le ocasionó una diarrea crónica. Lamentablemente se descompensó, y a esto le sumamos la falta de una saludable alimentación y los problemas de agua potable con los que vive la familia Askerayá.

Hace menos de dos años, había bajado a la ciudad de Maracaibo a buscar ayuda, para que le sustituyeran la prótesis de su pierna izquierda, venía también a buscar zapatos, medicinas para sus calambres, medicinas para su sobrino contra las crisis epilépticas y comida… y bajó con una bandera de ocho estrellas. Desde allí comenzó una carrera entre amigos y aliados de los indígenas. Lo llevamos a la sede del Ministerio indígena, en donde le dijeron que tenía que esperar y que estaba en una lista. Se escribieron varias cartas de solicitud de ayuda a empresas privadas e instituciones de Estado. El presupuesto de ese entonces sobrepasaba los 45.000 bolívares para una prótesis de pierna, costo que era imposible de conseguir entre los mismos amigos y aliados. Al final, en el Hospital Universitario le tomaron las medidas para que en unas semanas después le fuera entregada la prótesis.

El caso es que Benito tuvo que bajar hasta la ciudad de Maracaibo en ese momento, y tal vez, como hubiese tenido que volver a bajar en estos días para solicitar una ayuda tan elemental como atención médica y atención efectiva, hechos que deberían estar al pendiente de representantes del Ministerio Popular para los Pueblos Indígenas, pero suponemos, que este debe estar más pendiente de la conformación de los CLAP o de las políticas de abastecimiento alimentario.

Para ese entonces solicitaba que se le comprara al hacendado unas pocas hectáreas para que su familia, conformada por su hermano, su cuñada y sus dos sobrinos, pudiesen vivir tranquilos. Tierras en las que tenían que vivir entre los potreros de dos haciendas. Por eso Benito cargaba con la bandera como cargaba con la identidad de los que resisten, porque sabía que esa tierra estaba en su centro de lucha. (Los barí han sufrido un descomunal despojo de tierras sobre todo a partir de la llegada de las transnacionales petroleras).

Quienes conocimos a Benito comprendimos que era un luchador único, con ánimos inigualables, buen humor, juguetón, y un maestro verdadero. Era un guía cultural para los que visitamos la comunidad Karañakaek, y veíamos los dibujos en creyones que plasmaban la visión del pueblo barí con la tierra, los animales, la naturaleza y las manifestaciones a través de los mitos y el mundo religioso de los Saimadoyi. Los dibujos realizados por Benito evocaban su territorio en la Serranía de Abusanqui, convirtiéndose, a través de la imagen, en un discurso de resistencia. Benito trasmitía valentía e inocencia como nadie, y una capacidad de luchar contra las adversidades. Nunca perdía el humor, la esperanza, y siempre te enseñaba a través de sus cuentos y sus dibujos una tierra abundante, llena de frutos grandes y detalles minuciosos del follaje cotidiano de su entorno.

Nos permitimos decir, que en los últimos años, el gobierno bolivariano ha convertido la lucha sobre el derecho al territorio de los pueblos indígenas en una suerte de maniqueísmo, en donde las políticas indígenas se han caracterizado por el apadrinamiento, sin poder resolver los problemas básicos de nuestros pueblos indígenas. El escenario ha sido cargado por la manipulación mediática, posiciones marcadas por los intereses económicos de derecha, como la del actuar de los burócratas que hacen el juego para que los problemas de fondo no sean entendidos desde su misma diversidad cultural. De manera intencionada, muchos actores de esta política de Estado, parecieran cerrarse al hecho de que es suficiente con unos artículos de la Constitución de la República, y no dejan que los cambios sigan su curso en materia de derechos indígenas. Se ha pretendido fortalecer la idea de que los pueblos indígenas reclaman un derecho desproporcionado, que hasta atentaría contra la unidad de nuestra patria, incluso, se llega a sostener e imponer que el otorgamiento de esos derechos al territorio indígena menoscaba las garantías individuales de los que hoy ocupan esas tierras indígenas: petroleras, poderosos ganaderos de vieja data y de la reciente Venezuela.

Benito Askerayá, víctima de la falta de descentralización de la política, para reconocer los derechos a los pueblos indígenas, víctima de las desconfiguraciones regionales por motivo de dominios e intereses locales, víctima de la falta de una política de Estado que permita construir con los mismos pueblos una autonomía que no atente o reduzca los derechos fundamentales de otros… entendiendo que los derechos de los pueblos indígenas se complementan con los derechos de todos los pueblos, y que los mismos pueblos pueden acordar sus destinos, sin la necesidad de terceros o de comisiones de demarcación, que no representan a nadie sino al mismo Estado y a intereses de terceros a quienes solo le ocupan los latifundios y ganancias monetarias…

Benito, aquí está tu huella.

 


Algunos dibujos de Benito Askerayá

 

Sabaseba

Sabaseba vino de donde se oculta el sol. Es ligero, camina siempre suavecito por el aire, no pisa la tierra y huele bien, por esta razón su nombre: saba (viento) y seba (suave). Para los barí, Sabaseba es un barí, usa guayuco y duerme en chinchorro, se recoge como los hombres el pelo con una cinta de palma (okbái) hecha por su mujer. Tiene familia. Pero se diferencia de los barí por sus cualidades especiales. Sabaseba representa en la cultura barí el ordenador del mundo, el diseñador de la cultura, de la vida. Es quien determina las características, cualidades y funciones de los seres y de las cosas. Es el dador de los nombres de las cosas.

Cuando Sabaseba llegó a la tierra, estaba inhabitable y oscura, no habían barí, solo montañas. Sabaseba veía claro y se puso a trabajar la tierra para hacerla llana, luego se iba por donde se oculta el sol, para volver de nuevo, para ponerse a trabajar. Cuando tenía hambre partía por la mitad una piña y de ella salía un hombre, una mujer y un niño barí, de las piñas más grandes salía una familia de cada mitad. De esta manera se pobló de familias barí la Sierra de Perijá y toda la parte baja. Sabaseba mandó a caminar a los barí por el suelo y a sembrar árboles de frutas taichirokbá para comer. Estos primeros barí fueron los Saimadoyi, quienes se preocupaban por Sabaseba, por su condición de estar solo entre ellos, él les contaba de dónde venía y cómo era su familia.

Estos primeros barí fueron Ñandóu, Chigbái, Kokebadóu, Nunschundóu, Ourundóu, Kassosodóu, Dababosadóu y Ñanbobikorai. A los dos primeros les ordenó a ser de sol y de luna respectivamente, a los otros les instruyó en una labor para que luego se encargara de enseñárselas a los barí: Kokebadóu les enseñó a pescar, Nunschundóu a cazar, Kassosodóu a hacer las casas de palma, Ourundóu a sembrar y mantener los conucos, y Dababosadóu, a atender en el parto a la mujer preñada y a curar algunas enfermedades.

Para algunos ancianos, al caer en la tierra el orine de Sabaseba, salían matas de yuca, plátanos, cambures, topocho, caña de azúcar. Por algún enojo con los barí, Sabaseba los transformaba en cochino de monte, báquiros, monos, ardillas y pájaros, para que los barí comieran, el agua salía de los troncos de los árboles que mandaba a cortar a los barí.

En la mitología barí existen dos acontecimientos que marcan la historia y su conciencia: la partida de Sabaseba de la sociedad barí y de la tierra, y la muerte de Sibabió.

Los Guaiba

Los barí cuando van de cacería hacia las altas montañas de la Sierra de Perijá, nuestro territorio ancestral, en los últimos espacios fronterizos con Colombia, entre las grandes rocas, se suelen encontrar con un personaje morador de ese hábitat, los hombres de piedras o Guaiba, comedores de miel de avispa. Estos seres, como los barí, son de piedra al igual que sus casas y hachas, viven con sus familias en casas de rocas, pero les apetece la carne barí, por eso nos persiguen y nos matan pegándonos con el hacha de piedra por la cintura, nos quiebran, y doblados, nos llevan sobre sus hombros a sus casas como si fuésemos monos guindados en sus espaldas. Al llegar a su morada nos colocan sobre parrillas hechas de piedras sobre las brazas y luego nos saborean.

Cuenta mi padre, Carlos Tairí, que cuando me encuentre con un Guaiba entre las rocas de las grandes montañas hacia Colombia, le responda ante sus preguntas que nosotros no olemos bien, ya que si le decimos que sí nos matan, y nos deja ir, si le decimos que no, que olemos muy mal; otro habitante, Benito Askerayá, de mi comunidad Karañakaek, que ahora se mudó para Kokdakaek, aconseja que cuando un hombre Guaiba me persiga, corra muy duro, rapidito, y que cuando ya está a punto de agarrarme (burí), me pare de pronto ante él y me suba el tarikbá para que me muestre sus órganos sexuales (bachuchú), y así los Guaiba se tiran al suelo a reírse, con todas sus ganas, y nosotros los barí, así tenemos oportunidad de escaparnos y llegar vivos a nuestra comunidad.

Argenis Tairii, joven barí de la comunidad Karañakaek (historia recogida por Lusbi Portillo).

 

La lluvia, Dikái

El saber científico explica que las nubes se forman del vapor que sube de los espejos de agua de los lagos, mares, océanos o ríos, que existen en la superficie de la tierra. También el saber científico explica el origen del rayo afirmando que “un rayo es una descarga eléctrica que golpea la tierra, proveniente de la polarización que se produce entre las moléculas de agua de una nube (habitualmente las cargas positivas se ubican en la parte alta de la nube y las negativas en la parte baja), cuyas cargas negativas son atraídas por la carga positiva de la tierra, provocándose un paso masivo de millones de electrones a esta última”. El trueno “no es otra cosa que la onda expansiva provocada por esta tremenda energía liberada, originando el ruido”.

Según Carlos Atranyi, la lluvia sale cuando una vieja hace derramar desde las nubes vasijas de barro (dakuma) o tapara hacia la tierra, y los truenos (biddarí) son seres negros, con ojos y dientes blancos de melena negra, que usan macanas fuertes y largas en forma de lanzas largas y afiladas para romper la tierra. Bajan a la tierra rápidamente y producen un estrepitoso e intenso ruido, por otra parte, los relámpagos (dibabá) salen de las cabuyas largas que cuelgan de los truenos o Biddarí cuando caen estos en la tierra. Estos menean una caña brava que llevan amarrada y prende fuego a los montes y bohíos. Si son cabuyas pequeñas, los relámpagos son pequeños, y grandes, si la cabilla es larga.

Los truenos los envía Sabaseba sobre los bohíos cuando los barí practican el incesto.

 

Ñandou, Sol Barí

Los viejos (sadou) cuentan que antes la tierra toda era oscura, solo existían Sabaseba y los Saimadoyi. Solo Sabaseba veía como si fuera de día; en un momento de aquellos primeros tiempos, tiempo de origen, Sabaseba reúne a los Saimadoyi, a los primeros barí en tiempos de Sabaseba, y les propuso que uno de ellos debería ser el sol (ña) para que hubiese claridad, luz.

Sabaseba era como un barí, usaba guayuco (tarikbá), solo que al caminar sus pies no tocaban la tierra, olía bien, su nombre quiere decir viento suave, y viene de donde se oculta el sol, donde tiene a su familia. Sabaseba trabajaba la tierra para hacerla llana, pues era montañosa, y al tener hambre, abría piñas y de allí salieron las familias barí, un hombre, una mujer y un niño. De esta manera se pobló la tierra (ihtá), la Sierra de Perijá.

Sabaseba propuso en esa reunión con los Saimadoyi, que fuesen todos de cacería, a buscar tucanes (shirokó y sakakdú) para que de sus plumas de vistosos colores hicieran un ougbai (arco o cintillo de palma) adornados con plumas para colocárselos alrededor de sus cabezas.

Los Saimadoyi así hicieron, colocaron plumas y se probaban el arco con plumas, pero no salía luz. Un Saimadoyi, que tenía muchos granos, pelotas en la piel, que no salió de cacería, recogía en la tierra sentado, las plumas que los demás desechaban y las colocaba en su ougbai. Al terminar, se las colocó en su cabeza como corona y de inmediato alumbró todo, pero al instante se las quitó, y los otros dijeron que eran ellos los que habían alumbrado, pero Sabaseba sabía que era el Saimadoyi que tenía granos en su piel, era Ñandou (hombre sol), así lo llamó, y desde ese día alumbra para siempre.

Ñandou sale desde muy temprano a caminar con su corona o sombrero de plumas de tucanes, camina lento, cuando va por la mitad comienza a caminar rápido, por eso es que las tardes son rápidas y las mañanas son más lentas. Ñandou come en la mañana antes de trabajar, y al final de la tarde, como los barí.

Al terminar, se quita su corona de plumas y se monta en una balsa hecha con troncos de árboles colocados unos al lado de otro amarrados con fuertes bejucos, y se va al otro extremo por un río que está debajo de la tierra, al final del río se coloca de nuevo el cintillo con plumas de tucanes y vuelve a ser de día, caminando siempre Ñandou.

 

Conucos a orilla del río Aricuaizá, Benito Askerayá, 2007

 

Mitos reconstruidos por Lusbi Portillo, de varios mitos recogidos en comunidades barí de la Sierra de Perijá, y publicados por Dionisio Castillo Caballero, en su libro: Los Barí. Su Mundo Social y Religioso.

 

 

¡A ti Benito!, por alumbrarnos…

Por Beatriz Pantin, Daisy González y Lusbi Portillo, intentando propagar tu voz y la de todos los y las que te quisieron y conocieron…

 

 

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