Hablemos de violencia I – Imágenes del desnudamiento: Violencia, espectáculo y pulsión en la Venezuela contemporánea

Por Eleonora Cróquer Pedrón

 

“A la estetización de la vida política que promueve el fascismo, el comunismo responde con la politización del arte”.

Walter Benjamin. “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” (1936).

 

Venezuela, abril de 2014.

Primera imagen, un ejercicio de memoria visual…

De cara a la imperiosa articulación de un discurso crítico alternativo en la Venezuela contemporánea, capaz de acompañar la emergencia de una conciencia política consistente, y de una práctica democrática y en verdad revolucionaria en el país, es decir, una conciencia y una práctica de cambio que se trame en el común de las heterogeneidades concertadas en torno a la idea de su convivencia posible, quisiera abordar una serie de imágenes que, ampliamente difundidas en los medios y canales alternativos de comunicación, han marcado de manera significativa tanto las subjetividades individuales como el espacio colectivo de nuestra imaginación pública. En torno a ellas gira, en este sentido, mi presente ensayo acerca del vínculo entre violencia, espectáculo y pulsión, tal como parece manifestarse en cierto tipo de “exceso” contra-político caracterizado por su crudeza indigerible, y cada vez más peligrosamente explícito y extremo entre el “nosotros” precario y difuso que compartimos. Un vínculo por demás propio de la decadencia fascista, como demostró magistralmente Pier Paolo Pasolini en su película de 1975, Saló o los 120 días de Sodoma; y, en cualquier caso, tan mortífero como anestésico, según los argumentos que discute Michela Marzano en un texto más reciente respecto de las dinámicas contemporáneas de producción y consumo de la “realidad-horror”, hoy extendidas a lo largo y ancho del globo mundializado (La muerte como espectáculo. Barcelona: Tusquets, 2010 [2007]).

Más concretamente, me refiero a esa relación perversa entre la violación escenificada –casi “gratuita”, aunque en gran medida punitiva, ejemplarizante e intimidatoriade la integridad física y/o moral del individuo y el goce –o satisfacción inmediata de la pulsión, según propone el psicoanálisis de orientación lacaniana– que supone tanto la puesta en acto de la violencia excedida del agresor “pirata” y/o “espectral” ante las cámaras, como el uso mediático e ideológica o falsamente “político” de las víctimas en la reproducción compulsiva de las imágenes que tienden a banalizarla a continuación, en el espacio comunicacional por ellas así entretenido y saturado… Porque es este un comportamiento que tiende a la mecánica repetición de una forma de dominio y control social tanto fascista como anestésica que, a medio camino entre la ejecución paralizante del terror y la percepción irrealizada por la sociedad del espectáculo, rige el destino de los venezolanos en el marco del enfrentamiento asimétrico y en apariencia irresoluble para siempre entre los dos grandes grupos de poder hegemónicos que han dirimido sus diferencias sobre el cuerpo social mortificado de la Nación en los últimos veinte años de su historia republicana.

Un enfrentamiento que, alimentado por la lógica del “amigo-enemigo político” ampliamente desplegada durante el gobierno de Hugo Rafael Chávez Frías entre “oficialistas” y “opositores”, alcanza niveles cada vez más descarnados e irracionales a partir del vacío de liderazgo causado por su muerte, el deterioro monetario y la crisis inflacionaria de una economía del desfalco y la improductividad, la evidente fragilidad política de la administración corrupta y delincuencial de Nicolás Maduro, el liderazgo tramposo de una oposición orgánica que ha puesto siempre su propia agenda ideológica por encima de la posibilidad de una convocatoria más receptiva al malestar espontáneo de la población en el país, la apuesta desesperada de esa misma oposición inescrupulosa por lograr una intervención internacional al costo que sea, y el propio desvanecimiento del sentido de comunidad entre las subjetividades en sí mismas múltiples y tensionadas que integran lo social.

La primera imagen que traigo a colación aquí muestra al estudiante golpeado, desnudado, amarrado y obligado a atravesar la Plaza Rectoral de la más importante universidad autónoma del país: la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. Y refiere a una de las tantas noticias desconcertantes que capturaron –grabadas como al acaso no se sabe bien por quién, y cada una en el breve momento de su circulación pública– la atención de los venezolanos en abril de 2014, a raíz de las protestas convocadas por tres de los actores protagónicos de la oposición –Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma–, poco tiempo después de la victoria electoral del actual presidente de la República, Nicolás Maduro, denunciada entonces por ellos públicamente como “ilegítima”.

En principio, el hecho vejatorio y aleccionador, entre gratuitamente humillante y “correctivo”, fue atribuido a “bandas armadas afectas al oficialismo” (http://www.notiactual.com/bandas-armadas-golpean-y-desnudan-a-estudiante-en-la-ucv-foto-video/amp/); esa suerte de “fuerza de choque” fantasmática y jamás del todo identificada que funciona como “policía inorgánica” del partido de gobierno cuando acompaña a los cuerpos represivos del Estado en cada nuevo episodio de confrontación, y en la que tiende a concentrarse fundamentalmente la denuncia opositora cada vez. Más allá de esto, en efecto, poco se dijo en ese momento acerca de la gravedad del acontecimiento que allí se había hecho evidente: el desnudamiento del manifestante estudiantil en el campus universitario, y la puesta en escena de una violencia por completo pulsional que este suponía contra el estudiante y contra la institución; una violencia ajena al sentido de la política y exenta de toda responsabilidad jurídica. Y, desde esta perspectiva, el ejercicio de un poder aniquilador, afecto a las “jugarretas” del “happy slapping” de las bandas juveniles neofascistas en los países de tradición anglófona y de algún modo atravesada por las lógicas delincuenciales del narcotráfico en América Latina, frente al cual el ímpetu de la protesta –un ímpetu sin formación política sólida, podría pensarse quizá, pero no por ello ilegítimo– quedaba apresado en el espectáculo de su propia impotencia. Así, pues, en el suceso no sólo resonaban los ecos de una fantasía más bien propia del ámbito de lo privado, sino que en él se develaban los estragos que esa fijación malsana de una política coagulada en la polarización maniquea del “amigo-enemigo” es capaz de causar en las subjetividades que dirimen a partir de ella sus diferencias ideológicas, raciales y de clase; y, en consecuencia, en la vida social entera de una nación.

Aunque no verbalizada como tal, la respuesta se produjo de manera casi inmediata y espontáneamente entre algunos grupos estudiantiles que se desnudaron entonces ante las cámaras en una serie de fotografías tipo carnet con el gesto pudoroso de salvaguardar entre las manos sus órganos genitales de la sobreexposición visual al “Otro” (http://elcomercio.pe/amp/mundo/latinoamerica/venezolanos-se-desnudan-solidaridad-estudiante-agredido-noticia-1721293). Y, fuera o no interpretada como una reacción ingenua, esa respuesta daba cuenta en efecto del malestar significativo suscitado por la violencia vejatoria de la violación a que había sido sometido su compañero de lucha. Por ello, y con la intención de manifestar su “solidaridad” respecto de la víctima de la agresión al mismo tiempo “pirata” y “espectral”, el desnudamiento de estos jóvenes estaba tratando de politizar la escena a la que contestaba visualmente. El gesto de salvaguarda del pudor tenía allí un sentido pleno; y la pose alusiva a la captura administrativa de la imagen del propio cuerpo marcaba bien el abuso del desnudamiento con el cual se había inscrito la voluntad de dominación y la fuerza cruda del agresor en el cuerpo estudiantil ultrajado.

Lamentablemente, no hubo una palabra que acompañara a la imagen visual y ayudara a elaborar la potencia política de su sentido. Y la lógica banal del espectáculo se impuso a continuación de manera avasallante. La opinión pública, en lugar de remontar la atrocidad del episodio a través de una reflexión seria y responsable como la que merecía semejante brutalidad represiva –en lo símbólico y en lo real–, actuada sobre el cuerpo así despojado de dignidad –y de autonomía– del manifestante estudiantil en una universidad autónoma, se disipó en la liviandad que le es propia. La respuesta política de los estudiantes desencadenó, por el contrario, entre gran parte de los venezolanos “opositores” de una clase media gestada en los tiempos de la opulencia petrolera y de un discurso puesto al servicio de la confrontación mediática durante demasiados años, una suerte de “celebración festiva” del cuerpo “desnudado”, que no dejaba de recordar los frívolos y en muchos sentidos cuestionables coqueteos con las estéticas del exterminio del fotógrafo norteamericano Spencer Tunick, y de la paradójica “liberación” de los cuerpos que se disponen voluntariamente al servicio de sus fantasías individuales en todas partes del mundo. Muchas personas comenzaron a desnudarse, a fotografiarse desnudas y a deambular por distintas calles y avenidas del país, como se habían desnudado gozosas cuando Spencer Tunick les propuso fotografiarlas abandonadas en el suelo ante la estatua del Libertador frente al Palacio de Justicia en 2006 o de rodillas entre las torres del Centro Simón Bolívar, invitado por el entonces Ministro del Poder Popular para la Cultura Farruco Sesto, según quedó registrado en las fotografías luego adquiridas por el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.

De igual modo se desnudaron, por supuesto, algunas personalidades relevantes de la farándula nacional, que vieron en el hecho una oportunidad para acrecentar su fama. Y el propio fotógrafo Spencer Tunick, protagónico y glorioso, ahora del lado de la “oposición”, no desperdició el instante para tomar alguna que otra fotografía de los venezolanos que celebraban su desnudamiento con la bandera de Venezuela estampada en el rostro en tanto que única seña de identidad, y los brazos extendidos hacia el cielo, como quien espera algún reconocimiento gratificante por el espectáculo concedido –un aplauso, alguna redención venida del cielo o una salvadora intervención–.

Lo que vino después y poco tiempo antes del más radical de los olvidos fue la burla despiadada de José Roberto Duque y del equipo de jóvenes periodistas que integraba en ese momento el espacio comunicacional “oficialista” de Misión Verdad. El 9 de abril de 2014, en un apartado referido a “la guerra en Venezuela”, la página publicaba un hilarante, malintencionado e irresponsable texto titulado “La protesta más seisi de la historia. Top 10: los desnudos guarimberos más incómodos y aterradores”. Los términos eran insultantes, sin duda; y el sesgo de la lectura, tan banal e inconsistente como el que parecía haberse impuesto al respecto entre los grupos opositores del país. De esta manera, en lugar de cuestionar lo que era de por sí cuestionable –el exceso pulsional de la violencia represiva–, el texto hincaba la tinta contra el gesto político de pudor a través del cual los estudiantes, en protesta legítima, estaban defendiendo en lo simbólico tanto el valor de su autonomía como la integridad de su cuerpo vejado a través de la vejación del estudiante agredido en lo real (http://misionverdad.com/la-guerra-en-venezuela/top-10-los-desnudos-guarimberos-mas-incomodos-y-aterradores):

“¿Quién dijo que tumbar al Gobierno Bolivariano no es una acción demasiado nice, demasiado cool, demasiado de vanguardia-tú-sabes, demasiado osea? ¿Quién dijo que la protesta era propiedad exclusiva de encapuchados y paracos, cacerolas y armamento letal? ¿Quién fue el intolerante que dijo que solo la capucha servía para ser subversivos?

La belleza del cuerpo humano es algo que seguramente todos apreciamos de forma indiscutible, por ello la desnudez que se expresa con naturalidad no es despreciable en ningún sentido, salvo este.

Al parecer de esto se trata la nueva protesta asumida desde las filas escuálidas: “El rrrrégimen nos tiene al desnudo, a la intemperie, desprotegidos”. Pero no, no causa lástima sino unas cuantas carcajadas y en algunos casos una especie de repulsión inevitable. ¿Por qué Nixon Moreno no pensó en esto en sus días de gloria?

Se supone que lo atrevido, lo ingenioso, lo irreverente de protestar sin ropa es la desnudez como desafío, pero estos “grandes luchadores” no llegan a desnudarse, se tapan recatadamente las bolas, las tetas y las totonas, en otra victoria del pudor y la represión; son gente de bien, son la Venezuela “decente”, hay que entenderlo: es un sacrificio. Les pasa exactamente igual que en las guarimbas: cuando la cosa se pone seria, meten freno de mano. O se tapan.

Sospechamos que aprovecharon la ocasión política para mostrar lo que se ha invertido en horas de gimnasio, esteroides, tuneos; en otros casos lamentablemente muestran la falta de una caminata y de menos mayonesa en el sanguche. En este nuevo desafío político se encuentra otra vez presente el rastro ideológico de JAVU, si a alguien se le debe agradecer por este acto ahora masificado es a Julio Rivas, así fue que debutó en su despojada carrera política.

Están a un paso de dar un salto adelante en el formato de las revoluciones de colores. El cambio de régimen puede hacerse con estilo. El golpe de Estado también puede ser sexy.

Ya no portan cartelitos donde desbordan toda su genialidad y hacen gala de su orgullosa herencia cultural, esta protesta fue diseñada para Semana Santa, al estilo de la guarimba playera del carnaval, ahora se despojan de sus ropas para intentar mostrarse vulnerables ante la opinión pública nacional y sobre todo internacional. Faltó Robert Alonso.

Una pregunta incómoda, llegados a este punto: ¿Contra qué era que protestaban?”

 

Venezuela, 2017.

Segunda imagen, la exposición de sí y/o la performance de la impotencia política…

En el marco de los enfrentamientos fratricidas entre diversos sectores de la sociedad civil venezolana, grupos estudiantiles, cuerpos represivos del Estado, fuerza inorgánicas de choque afectas al gobierno y agentes paramilitares de filiación diversa ocurridos durante las últimas tres semanas en Venezuela, a raíz de la arbitraria intervención del Tribunal Supremo de Justicia en la Asamblea Nacional legítimamente constituida por la voluntad de una aplastante mayoría electoral en diciembre de 2013, y en medio del espectacular despliegue de la violencia “espectral” de la Policía Nacional Bolivariana contra la marcha convocada en Caracas por la oposición para el pasado jueves 20 de abril de 2017, se produjo un acontecimiento anonadante que de alguna manera traía de nuevo a la escena del debate público nacional la imagen atroz de un desnudamiento: “Este jueves 20 de abril, un joven manifestante que participaba en la marcha opositora en Caracas, se desnudó en plena calle para pedir a los funcionarios de los cuerpos de seguridad el ‘cese de la represión’” (http://notitotal.com/2017/04/20/manifestante-se-desnudo-se-subio-una-tanqueta-la-pnb-videos/). El episodio, bien interpretado por la reportera de la plataforma Caraota digital, Tabatha González, como un “inusitado método de protesta” (http://www.caraotadigital.net/nacionales/manifestante-se-desnudo-para-exigir-cese-de-la-represion-video/) fue impelido por los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana con una ráfaga inclemente de perdigones que, como documento de su propio autoritarismo desconcertado, dejaron las marcas de tal lacerante brutalidad sobre la espalda desnuda del opositor irreverente.

Pocas horas después, en la transmisión en cadena vespertina del Presidente Nicolás Maduro desarrollada ese mismo día, el patético mandatario nacional –cada vez más evidentemente incapaz de dar una respuesta política al impase que tiende a convertirse en una guerra civil asimétrica y desgarradora– no hizo más que burlarse de lo que a sus ojos había sido un “show” desplegado por el joven en cuestión, como fue referido por una nota publicada en el periódico El Nacional (http://www.el-nacional.com/noticias/gobierno/maduro-burlo-califico-show-joven-que-desnudo-protesta_178237). Por su parte, a los dos días de sucedido el acontecimiento terrible –es decir, el horror de la ráfaga de perdigones descargada por la Policía Nacional Bolivariana sobre la espalda indefensa y desnuda del estudiante expuesto, en el gesto desesperado de esa impotencia política hoy compartida por gran parte de los venezolanos–, la conmovedora nota publicada en Facebook por una profesora de Comunicación Social de la Universidad Santa María –Juymar García– lo convertía en la víctima del mediático “acto sacrificial” que había circulado ampliamente por las redes durante esos días. Y ello no sin dejar de subrayar al paso su propia interpretación mística y religiosa de la Biblia que el estudiante llevaba en una de sus manos, ni de desconocer por completo la bomba lacrimógena que con valor había atajado con la otra. Lo que quedaba por fuera de esa lectura, por supuesto, incapaz de articularse como la respuesta potente que tenía que haber sido, era la desesperación del joven –y su impotencia justificada, su impotencia política–, frente a la evidente asimetría del enfrentamiento entre la marcha de los manifestantes y el enorme contingente policial dispuesto espectacularmente por el gobierno para reprimirla.

A continuación, el texto fue publicado en Caraota digital a partir de un encabezado que más parecía un obituario que un reconocimiento a la dimensión política de la lucha en la cual se inscribía la acción excepcional del joven. Se trataba allí, en efecto, más que de aportar algún tipo de comprensión crítica y/o de legibilidad ante lo “excedido” del hecho, de rendir un “Homenaje a todos los jóvenes valientes de Venezuela”. Y de difundir, como una apelación a la sensibilidad, la imagen de “un héroe que al desnudo, como Dios lo trajo al mundo y con la biblia en la mano, no recibió trato humano” (http://www.caraotadigital.net/opinion/se-llama-hans-wuerich-y-es-mi-alumno-por-juymar-garcia/):

“A pocos días de proclamar Aleluya, aleluya, Cristo resucitó, después de orar como todos los días Hans salió a la convocatoria, contaba sus pasos desde la plaza hasta su destino final, uno, dos, tres, diez, mil, mil diez, atuendo ligero, koala a la espada y una sola consigna ¡YA BASTA!

Llegó a la autopista y respiró, se sumó a los correteos de aquí para allá, de allá para acá, biblia en mano y no pensó… Comenzó a desnudarse, a demostrar que no tenía nada, representación perfecta del pueblo que hoy somos, ese que lo ha perdido todo, y así caminó hacia el verdugo, como a Cristo lo flagelaron, sus costillas se encrespaban de dolor, su voz se hacía más triste mientras pedía: “no más, hermano, no más… Yo me voy tranquilito, pero no más”…

Mientras el mundo veía la imagen mi corazón lloraba, y lo reconocí, grité es mi alumno, coño es Hans, es mi alumno, carajo que arrechera, Dios protégelo, no sueltes la biblia, le gritaba yo a la pantalla, no la sueltes por favor. Después comencé a recordarlo en su pupitre, pensativo y soñador, sonriente y callado, preguntándome cosas desde su extrema humildad y de esa bondad desbordada. El muchacho desnudo tiene nombre, se llama Hans y es mi alumno.

No estamos frente a ningún loco, quienes crean ese absurdo y oscuro cuento de su locura, están más cerca de ella que mi muchacho desnudo, se llama Hans y es mí alumno.

Harto, obstinado, acabado y desprotegido, sin comida, sin medicinas, sin vida social activa y sin oportunidades, haciendo grandes esfuerzos para lograr su título, caminando del cuarto al metro, del metro al bus, del bus al campus, del campus al bus, del bus al metro, del metro al cuarto, del cuarto a la oración.

Cuántos años puede un joven venezolano sobrevivir así sin llegar al hartazgo, sin que su gran inteligencia le ordene “debes hacer algo marico” no es precisamente la locura ni la inestabilidad mental lo que ordena a un joven venezolano actuar así, es la impotencia.

Hoy recibo su respuesta tras las muchas horas de incertidumbre en su búsqueda, creyendo lo peor, lo veíamos en “La Tumba” apaleado. Los mensajes de profesores y amigos, verdaderos amigos y compañeros no se hicieron esperar para que emprendiéramos una cruzada hasta dar con su paradero, desempolvé documentos, busque listas, para saber su número de cédula y hasta las diez de la noche no supimos más del héroe desnudo.

Hoy tiene nombre el muchacho que se desnudó, se llama Hans y es mí alumno, mostró su cuerpo sin pudor para decirle señor deje de maltratar a su pueblo, se llama Hans y es mi alumno.

Pido y exijo para él respeto, todo acto de burla que reconozca hacia su heroica y valedera protesta será tomado como una afrenta a los miles de jóvenes que están dando sus vidas por el país. Gracias a Luis Bond, Jack OV, Dayana Djanedk Gutierreza, Armando Nori, Anghelly Sanchez , ellos saben por qué.

El que dice ser presidente, tuvo la gentileza de citar su hazaña con burlas, valiéndose siempre de su sucia boca, mente pervertida y retorcidas intenciones.

Gracias presidente de otros, le regaló al muchacho que se desnudó, que se llama Hans y es mi alumno, más atención y centimetraje mundial del que usted haya tenido cuando comete sus burradas, hoy el muchacho desnudo tiene nombre y apellido, se llama HANS y es mí alumno…

Pido un aplauso de pie para él, y en nombre de mi familia le agradezco su gesto rebelde, valiente y deslastrado de todo lo material para decir a su manera basta, se llama Hans Wuerich, es mi alumno y por Venezuela, ayer se desnudó”.

Frente al acontecimiento horroroso encarnado en el cuerpo del estudiante Hans Wuerich y la legitimidad de su reacción intempestiva ante la impotencia política de no sentirse escuchado ni representado por los agentes de un gobierno sordo y ciego al malestar cada vez más hondo de las gentes, tanto la risa del gobernante como el llanto de la maestra tienden a leer en términos de espectáculo lo que por derecho merecería ser pensado de otra manera. No se trató allí de un “show” cualquiera, como expresó días después el propio Wuerich (http://contrapunto.com/noticia/habla-joven-que-se-desnudo-queria-hacer-sentir-ante-el-mundo-la-tragedia-humanitaria-133024/); y, por lo tanto, no son “aplausos” ni “homenajes” lo que merece el estudiante que allí encarnaba la experiencia de un amplio nosotros. No. Otro discurso –y otra mirada, otro nivel de conciencia y otra posición– merece ese cuerpo gastado, por la delgadez que comparte con otros venezolanos hoy sometidos al hambre de un proceso salvaje de empobrecimiento. Ese cuerpo marcado como el de muchos otros manifestantes por la ráfaga de perdigones cobardes y desconcertados ante la verdad que pone en evidencia su presencia en las calles. Ese cuerpo de estudiante desnudado, como el que en el pasado fue golpeado, desvestido y atado, que reclamaba como podía la escucha del Estado que lo reprimía con gases y perdigones.

“A la estetización de la vida política que promueve el fascismo”, afirma Walter Benjamin en 1936, “el comunismo responde con la politización del arte”. En este sentido, y más allá del guión que de seguro se impondrá en adelante sobre lo sucedido, me gustaría pensar que en la sobreexposición irreverente del cuerpo de Hans Wuerich y en su espalda lacerada por las armas del Estado no sólo encarna el documento de una violencia pulsional por completo ajena al sentido de la política, una violencia excedida sobre el desnudamiento de las gentes en el macabro juego contra-político que se despliega indiferente a su padecimiento, sino también la performance incipiente de un artivismo estudiantil comprometido con la apuesta cada vez más consciente de su desacato. Este performance que no debería suscitar ni el desprecio manifiesto del Presidente de la República, disminuido ante su no-reconocimiento de la dignidad del acto, ni el regreso estetizante al formato mediático del melodrama de la maestra, sino la lectura capaz de otorgarle un sentido político; es decir, una inscripción en el tiempo histórico que la significa, en el común de la trama social que la sostiene y en el porvenir revolucionario de una emancipación futura a la que, como expresión artística, podría anticiparse.

 

 

 

1 Comment

  1. Después del desnudo del joven estudiante Hans Wuerich…

    Excelente análisis de Eleonora Cróquer sobre el desnudo como instrumento político de un lado (para la burla, el escarnio, la humillación) y del otro (como representación del hartazgo y la necesidad de ¡basta ya!). Ya EC había trabajado el desnudo de los caraqueños en la Av. Bolívar, con el TSJ detrás, que propuso a Farruco Sesto (entonces Ministro de la Cultura) el fotógrafo S. Tunick, advirtiendo la frivolidad que rodeó esa puesta en escena de la cual sólo Tunick terminaría ganando (las fotos las compró el Museo de A. Contemporáneo por orden de Sesto). Sólo se escapó un error a EC, las elecciones en las que se ganó la AN fue en diciembre de 2015.

    PS: ruego especial atención al texto de psicoanalistas y afines

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