La razón de la indignidad con la vida

Por Las Comadres Púrpuras

 

“Me parece que, en una sociedad como la nuestra, la verdadera tarea política es criticar el juego de las instituciones en apariencia neutras e independientes, criticarlas y atacarlas de manera tal que la violencia política, que se ejerce oscuramente en ellas, sea desenmascarada y que se pueda luchar contra ellas. Esta crítica y este combate me parecen esenciales por diferentes razones. Primero, porque el poder político es mucho más profundo de lo que se sospecha. Hay centros y puntos de apoyo invisibles, poco conocidos. Su verdadera resistencia, su verdadera solidez se encuentra, quizá, allí donde no lo esperamos. Puede ser que no sea suficiente con sostener que, detrás del gobierno, detrás del aparato del Estado, hay una clase dominante. Es necesario situar el punto de actividad, los lugares y las formas en que se ejerce esta dominación. […] Si no se logra reconocer estos puntos de apoyo del poder de clase, se corre el riesgo de permitirles continuar existiendo y ver cómo se reconstruye este poder de clase después de un proceso revolucionario aparente”. [1]

La aparente violencia sin razón. El velo que corre por nuestros ojos cuando desencadenamos la ira que atraviesa nuestra alma, no puede ser condenada ni partidizada. Nuestra sociedad contemporánea ha sido muy sagaz en partidizar cualquier tipo de manifestación que atente contra las clases dominantes. La ira reprimida y racionalizada, queda allí, embaucada y estafada, por las artimañas de los que imperan y rigen las reglas de la sociedad. Esto se ve en el ejercicio de la decantación que hacen los partidos, de la ira; pues sí, cada bando ha canalizado a la bestia encerrada en cada ser de la mejor manera. ¿Qué nos muestra la actualidad? Un panorama bastante institucionalizado donde la vida depende de quién seas y de cuando sea. El aparato gubernamental mueve sus tentáculos, mucho más sigilosos y efectivos cuando se trata del asesinato de figuras reconocidas o cuando está en duda su eficacia. Del resto, el margen de impunidad es tan atroz, que hace que se rebele la ira, la cual no está consumada ni extinta, sino que espera fehacientemente que se corra la cortina y pueda salir del juego de los partidos.

Vivir se convierte en un oficio, donde cada quien decide si vive o no. Ojo esto no quiere decir que se decida cómo vivir. El aparato que controla y regula la sociedad ya dejó claro las reglas del juego, y evidencia su control en la supresión de los requerimientos básicos para que un ciudadano decida cómo vivir. De esta manera aparece el “ciudadano conforme”. Está conforme en cuanto esté vivo, del resto son agasajos y bondades del “Estado de Bienestar”. Las cualidades de todo ser humano son el principio y la facultad de poder hacer inflexiones y reflexiones sobre ¿qué es la vida? Allí se abre un horizonte de posibilidades que en la actualidad es un acto profano, prohibido, es como barrerle los pies a una mujer “porque no se casa” o persignarse viendo para abajo. Este ejercicio de preñar la vida del pasado histórico y de la memoria perenne, hace que el futuro sea un abismo, algo inconcluso, algo borroso. Entonces “la vida” es un ciclo reiterativo acuñado en el pasado, estar vivo en nuestra sociedad es depender de la remembranza absoluta, la cuña desmedida de la antología y de la apología al pasado. Es en este punto donde queda suprimida la posibilidad de verse y componerse en un pensamiento que vaya más allá de la mitología de cada grupo dominante.

En esa vida atrapada en la conservación de la memoria del pasado, existe un claro y evidente memoricidio; es la clara intención de acabar con lo que atente con el status quo, en esa consonancia con el recuerdo. El poder dominante influye para preservar lo que conviene y el resto es desdeñado porque son partículas que pueden vulnerarlos como clase. Lo vivimos en épocas pasadas, pero su exacerbación en la actualidad lleva a un paradigmático y no resoluble conflicto: “del pasado somos” y “no repetiremos el pasado” pero, ¿cómo fue ese pasado? Ese cotidiano conflicto que viene trasladado desde la generación anterior que lo vivió y la generación actual que lo memoriza, tiene un ancla principal y es en la no vacilación de esa repetición histórica. En esa vacilación, el hilo del presente va rodando sin incorporar elementos nuevos para comprender la actualidad, sino para pretender seguir viviendo en ese pasado ¿cómo así? Pues la rutina es la apología de ciertas cualidades de la historia, del acervo de la historia y del papel de los sujetos en la historia. Es como vivir estáticamente el presente, porque el argumento de la clase dominante es limitar el pensamiento a largo plazo y acomodar la sustancia del razonamiento a la resonancia de la historia.

Toda clase dominante enarbola los puntos de clímax de la historia, en otras palabras la guerra. La guerra es el reconocimiento de los ganadores sobre los perdedores, todas las fechas patrias son una alabanza a la guerra y a la cantidad de muertos que en ellas hubo. En ese culto profano a la muerte, se viene heredando una desensibilización a la vida y de lo qué es vivir. Vives si estás en el bando de los ganadores, y mueres si estás en el lado de los perdedores. Si mueres estando del lado de los ganadores serás martirizado, en cambio, sí estás del otro lado, serás los efectos colaterales de las estadísticas de violencia de la nación. Es en ese sentido se viene ideando una contemplación a la muerte y a los mecanismos que se utilizan para cercenar lo que está vivo, en otras palabras es la morbosidad frente a la muerte.

Esa muerte que religiosamente es el último paso de lo que está vivo, la muerte sin culpa, la muerte absuelta de pecado. Hay una muerte física y otra sublime. Poéticamente la muerte es un paso “no final” de lo que es estar vivo, desde el momento en que se consuma la muerte te elevas al mundo de las profecías, creas en lo que creas, la sociedad se aferra a que la muerte es el momento de la revelación, el camino al largo trayecto blanco… pero, el estar físicamente muerto, no es un acto poético. Es algo completamente distinto lo que espiritualmente cree el individuo y lo que colectivamente se ha hecho de los últimos suspiros. Es así como el cuerpo muerto, sin aliento, ensangrentando, se violenta, se transgrede y se viola desde el momento en que se vulgariza. Existe un hecho impune en nuestra sociedad que es lo que se diferencia de lo “religiosamente correcto” y lo “éticamente correcto”. En ambos casos existe una veneración a la muerte, tal es el caso de la religión católica, donde el principio es el sacrificio y el martirio de la vida, a su vez también es la perpetuidad del hombre crucificado, ensangrentado, sufriendo, llorando, torturado, mientras todos “contemplan la muerte”. En esa contemplación está la vulgarización de la muerte, el “sacrilegio” de lo que está vivo. Es una delgada línea de tiempo que hace reiterativo el culto a la contemplación de la muerte, solo que este acto se ha cotidianizado y viralizado por las herramientas y redes sociales. No hay salvedad en las formas, es algo que está allí presente, desde los actos históricamente religiosos y lo éticamente épico de la guerra. “Los hombres que mueren por la vida”.

Cuando internalizas que los hombres sacrificados, los hombres promulgadores de la violencia para mantener el “poder por el poder”, te das cuenta de cómo la mayoría de las instituciones sociales que se han regido son para mantener el tesón y el sudor “del hombre que se ha sacrificado por otros”. Ese sacrificio eternizado y profundamente violento y el culto que históricamente se ha hecho de las armas, es un muestra de cómo el Patriarcado, melló y mella en nuestra colectividad. Esa memoria que aviva la lucha de otros y que para feminizar la política del culto al pasado “santifican” a las mujeres de la guerra “que defendieron la patria”. Es la reproducción de como las clases dominantes se re-oxigenan en las mayorías para seguir anclando discursos de “la eterna guerra”.

El Estado y las clases dominantes absorben símbolos, identidades, consignas y discursos de los movimientos de base. Utilizan sus lenguajes como máscara para su propia política, allí se crea una identidad de la población con las élites. Es un movimiento de captura y de legitimación de las dirigencias con sus bases. Lo mismo acontece con las expresiones del feminismo, en donde el “Estado de bienestar” se crece y se abraza con la transformación del aparato conservador, pero, en el ejercicio de la política de ese “Estado de Bienestar”, es inoperativo, indolente, ineficiente, entonces esas dobles acciones hacen creer al movimiento que el problema no es el Estado, sino los que ejercen la gestión de las políticas de Estado y ven en el Estado la posibilidad de transformación social aupando su crecimiento. Allí el doble enemigo intrínseco, escondido en cada matriz de las políticas de Gobierno. Así vemos movimientos populares, que deberían representar a los que más padecen la crisis, defendido el Estado actual.

El Estado es una forma violenta de organizar el gobierno de una sociedad, su estructura jerarquizada como monopolio de la violencia, se constituye como un poder externo y ajeno a la sociedad. La muerte como última consecuencia de la violencia, es una posibilidad necesaria para mantener la legitimidad del Estado. Por más promociones identitarias que el Estado haga con los sujetos en movimiento, sigue siendo patriarcal, promotor de la historización de la guerra y de la entelequia del pasado. Es en este punto donde como feministas, partimos sobre que el Estado actual, no nos sirve ni nos servirá para darle sentido a la vida de hombres y mujeres libres. Si no nos separamos de las formas más absolutas que nos hacen cultivar y entendernos dentro del Estado, no podremos avanzar en la posibilidad de transformación de nuestro mundo y de nuestro entorno.

El Estado se crea sobre relaciones de poder paternales, de los viejos patriarcas feudales. Es la modernización del poder de los jefes caudillescos y su necesidad de centralizar e institucionalizar su poder. Incluso el Estado venezolano tiene como su padre histórico a Gómez, “el gendarme necesario”, y seguimos viviendo de padre en padre, de mito en mito. La sociedad se convierte en el patrimonio de una clase política-económica, ahí está la relación Patriarcado-Estado y ahí es que nosotras como feministas tenemos que tomar una posición. Unas de las revueltas más importante del siglo XX, fue la del mayo del 68 en Francia, su principio más contundente fue la rebelión contra el padre de la patria (De gaulle), fue una rebelión absolutamente libertaria en ese sentido y por eso su trascendencia.

Las nuevas formas autónomas y rebeldes están en construcción y de hace rato, hay una separación del Gobierno de Estado y los Gobiernos desde abajo. Eso que no pasa por el simple rechazo de ambos, sino, porque muchos grupos están relatando otras formas, “otro gobierno” no relacionado con el Estado. Podemos salir del ombligo y alzar la mirada a otros procesos políticos, como el autogobierno neo-zapatista, la revolución de Rojava, las experiencias de las comunas autónomas en Venezuela, que muestran la posibilidad de crear miramientos desde otras instancias, desde los de abajo y no desde EL PODER SOBRE OTROS.

Estamos en tiempo de creer y crear otras formas de ejercicio del poder colectivo… son nuestros tiempos… la rebelión que hace falta, tiene que partir de una fuerte identidad de autonomía.

Esto es un ejercicio de una identidad colectiva en construcción, sigamos con el ejercicio, capaz y esto de para quemarlo o capaz de aunarlo.

[1] Michel Foucault, Dits et écrits, Gallimard, París, 1994 vol. II, p. 496.

 

 

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