La revolución imaginada: a cuatro años en que fue asesinado Sabino

En la República Bolivariana de Venezuela existen alrededor de cuarenta o más etnias, pueblos o comunidades indígenas. Una diversidad que con el pasar de los años quedó fragmentada entre parroquias, municipios y estados. Siendo conocedores, testigos y víctimas de todo el etnocidio que ha habido durante años y siglos, de todas las injusticias cometidas en contra de los más originarios pobladores de estas tierras, nuestra mayor esperanza revolucionaria era por sobre todas las cosas acabar con esta injusticia, con el paulatino o disfrazado y a veces directo exterminio de los pueblos indígenas, puesto en práctica a través del latifundio, la esclavitud, la explotación, el racismo, la discriminación, el sicariato, el extractivismo y la megaminería, el dominio de las transnacionales, la evangelización, pero también, por las malas políticas inmersas en la defensa de los intereses de las élites político-económicas y de grupos mafiosos y la falta de conocimiento con relación a los pueblos indígenas por parte de los gobiernos o funcionarios de Estado.

Se necesitaba reunir a los ancianos y sabios indígenas, a los voceros de las asambleas comunitarias, a los mejores conocedores de los pueblos indígenas, tanto de su psicología como de cada uno de los conflictos históricos por los que hemos pasado, estudiosos como Esteban Emilio Mosonyi, Lusbi Portillo, Wladimir Aguilar, entre tantos otrxs, por el lado Watia (como le dicen a los criollos, los Yukpa), y no, por el contrario, asignarle tan trascendental tarea a funcionarios y/o burócratas, desconocedores de la complejidad de esta realidad diversa presente en todo nuestro territorio.

Un primer paso dado, a partir del año 1999, fue promulgar el Capítulo VIII de la Constitución, el art. 260 y las demás leyes que se desprendieron de estos principios. Un segundo paso fue el reconocimiento de la representación indígena en las distintas instancias gubernamentales nacionales e internacionales. Un tercer paso fue impulsar la participación protagónica de los pueblos, no vistos como un conjunto homogéneo, sino como una unidad en la diversidad enunciada dentro del prefacio de la nueva Constitución, en el cual se redefine nuestra sociedad como multiétnica y pluricultural. “Avances” que como hemos comprobado, quedaron ubicados no en el plano de la transformación material, real o palpable, sino en la retórica, en la forma engañosa, en la superficialidad de cada uno de los mensajes que los voceros oficiales de la “Revolución bolivariana” le transmitieron al mundo; esos mismos que quedaron sumergidos en la catástrofe de una burocracia de Estado, que terminó siendo la misma oligarquía defendiendo los intereses de siempre contra los que había que acabar para poder sanar en verdad las heridas; destructores de una gubernamentabilidad que se quedó defendiendo el poder por el dominio.

Fragmento del mapa mental de los Yukpa

Se dieron algunos otros pasos, cada vez menos revolucionarios. Por ejemplo, se entregaron algunos títulos de tierras, pero chimbos, a pesar de que los pueblos indígenas le presentaron a las entonces comisiones regionales de Demarcación, sus mapas mentales, es decir su memoria territorial y vital, entre otras peticiones como lo fueron la no convivencia con terceros –en el intento de acabar con las amenazas directas contra sus comunidades–, o la necesidad de ser reconocidos en todo el sentido de la palabra. Pero a las proyecciones territoriales que llevaron a cabo los pueblos y comunidades indígenas, les superpusieron las criollas, al mismo tiempo que dividían a las comunidades en centros pilotos, como pasó con los Yukpa, y como parte de la estrategia de una política mal intencionada y ejecutada por el entonces ministro del Interior, Tareck El Aissami, bajo el Plan Yukpa, y la entonces ministra de los Pueblos y Comunidades Indígenas, Nicia Maldonado, que como podemos demostrar, jugaron un papel más que nefasto en toda esta situación. Además, también en el caso de los Yukpa, las titularidades quedaron reducidas a títulos con números de coordenadas inentendibles para todxs, es decir no representadas, otorgándole el derecho a terceros. Para rematar, estos parapetos quedaron desconocidos por la mayoría de las comunidades indígenas, aunque haciendo parte de los interminables actos de Estado televisados, maquillados, fastidiosos y propagandísticos.

¿Qué sucedió? En cuanto a las tierras y el restablecimiento de los territorios indígenas, se burocratizaron cada una de las instancias encargadas, y en consecuencia, dejaron de responder a las peticiones más legítimas de los pueblos, es decir: 1 territorio y 1 título de propiedad colectiva para cada etnia o pueblo, incluyendo su debida articulación con las distintas parroquias, municipios o estados establecidos y por supuesto con la nación venezolana en su totalidad.

Las comisiones regionales, presidenciales o las que se conformaron para este asunto, lo que hicieron fue retardar las cosas, poner miles de excusas, y los pueblos indígenas no necesitaban intermediarios, sólo era necesario trabajar con los mapas mentales y planes de vida, entregarlos a una Comisión presidencial bien conformada, es decir representada por la voz de la totalidad de los pueblos y comunidades indígenas en el país, para que así se restituyeran los territorios. Era tan simple como eso, ¡allí estaba la Constitución!, pero qué va, no hubo el coraje ni la disposición de hacer las cosas como se debían, pues se volvieron a defender los intereses bajo la usurpación de algunos funcionarios, que como ya todxs sabemos, se han llenado la boca diciendo una cantidad de cosas que no son, degastando todas las palabras posibles relacionadas con la dignificación de los pueblos y obteniendo como resultado el irrespeto de casi toda la Venezuela de hoy, que ya no les cree una sola palabra por la disparidad entre lo que dicen y lo que son o hacen, por haberse vuelto indolentes y burlones ante el malestar y la tragedia del pueblo, de la gente –sean de derecha, de izquierda, sean lo que sean–, y por todas las mentiras y las manipulaciones que sistemáticamente construyen.

Cuando comenzó el tema de las tierras y la territorialidad indígena, ya había distintas posiciones, e intereses por supuesto, inclusive dentro del gobierno de Chávez. De hecho, una vez Chávez alertó, aunque también se pronunció a favor de los indígenas numerables veces, diciendo que tampoco era que se le iba a entregar todo un estado a los indios. También la entonces ministra del Ambiente, Jacqueline Farías, apuntó a que los indígenas iban a tener más tierras que ella, es decir que los criollos, y que tenían que aprender a convivir con terceros. La funesta participación de Sergio Rodríguez en el proceso de Demarcación atrasó aún más el proceso sosteniendo por años que demarcar tierras no era pagar bienhechurías. También llegaron las alertas del intelectual Luis Britto García que sugerían que con el restablecimiento territorial de los pueblos indígenas prácticamente se estaría entregando la soberanía nacional. A esto se le sumó la criminalización sistemática que jugaron algunos medios de la derecha zuliana y del país como La Verdad en contra de Sabino, los indígenas y la Demarcación de Tierras. A Sabino lo llamaron muchas veces delincuente y en La Verdad se referían a la “banda de Sabino”. A esto se le suma el territorio cooptado por las mafias, por el Estado colonial, los sicarios de miembros de GADEMA, un club de ganaderos de Machiques, entre los que se ubica a un grupo de presuntos autores intelectuales y financistas del asesinato de Sabino.

No se supo o no se quiso avanzar creativa, política, económica, social, cultural e intelectualmente, para llegar a un acuerdo de reafirmación de la soberanía, y todo lo relativo a las tierras indígenas parece haberse quedado allí, estancado, en una oficinita, casi depósito (que tal vez ya ni existe), del Ministerio del Poder Popular para los Pueblos y Comunidades Indígenas.

¿Cuál revolución?

Nosotros nos imaginábamos territorios soberanos, pues los indígenas son venezolanos, al igual que todxs, sean inmigrantes, hijxs de inmigrantes, sean nacidos o crecidos aquí. Nos imaginábamos territorios de cooperación y fortalecimiento cultural. No lo contrario. Por ejemplo, para el pueblo Yukpa, no iba a haber un territorio dividido en centros pilotos sino un territorio compuesto por familias y comunidades, donde se pudieran fortalecer sus principios organizacionales y culturales.

Nos imaginábamos ver los nombres Yukpa extendidos por todas esas tierras, los nombres en su lengua, los de sus comunidades, y que ahora sí, de una forma mucho más extendida a toda Venezuela, podíamos aprender de ellos sobre su visión territorial y sobre el cosmos, a través de sus lenguas y metáforas, a pesar de la evidente aculturación o a pesar de los que ya dan por perdida la posibilidad de que puedan perdurar los pueblos y comunidades indígenas. Y este deseo, hay que decirlo, no es parte de una visión indianista acrítica o de sostenimiento de una pureza cultural, que intenta mantener intacta y en una visión aislada a cualquier cultura, no, se trata de abrir la posibilidad de que puedan perdurar, en medio de la devastación más abrumadora que actualmente estamos viviendo a nivel mundial, esos otros mundos posibles, los mundos de la resistencia.

Camino a Chaktapa

Nos imaginábamos el desarrollo del ecoturismo, de la investigación científica, del fortalecimiento cultural, de los programas multilingües, de la agroecología en el desarrollo productivo… Nos imaginábamos que el pueblo venezolano se iba a enriquecer a través del legado ancestral indígena, de sus lenguas, visiones de mundo, inclusive de sus aportes en el terreno político, lo que equivaldría a decir que necesitábamos aprender de estas comunidades desde el punto de vista político, de esa otra política que necesitamos construir. Y basta referirnos a un acontecimiento: en casi dos años de juicio contra los Yukpa que el Estado venezolano levantó inconstitucionalmente aprovechándose de un conflicto entre Yukpas y para fregar a Sabino, nunca se abordó directamente nada, sino para enredar la justicia entre puros alegatos, trampas del lenguaje, etc., y por el contrario, en día y medio, los Yukpa hicieron un juicio en su territorio y con sus autoridades, donde expusieron directamente a los culpables de los asesinatos que hubo en ese conflicto y sus respectivos castigos, que vale la pena recordar, no fueron ni Sabino ni Alexander como se aseguraba en el expediente hecho por el sistema de justicia romano, como llamaba Sabino al Sistema de Justicia burgués.

Nos imaginábamos que la organización comunal criolla, la de los Consejos Comunales, iba a realizarse a la inversa, es decir, teniendo en cuenta primero el carácter organizacional que ya las comunidades indígenas habían desarrollado a lo largo de los años, y no a la inversa, intentando homogeneizar en una misma estructura a través de la Ley de Consejos Comunales, a las organizaciones indígenas superponiéndole una organización y una burocracia ajena a sus costumbres o a sus maneras de entender la organización.

Nos imaginábamos que se iba a comprender y respetar la diversidad cultural, sin homologar a los pueblos a través de una representación ministerial que no hace manifiesta la debida particularidad de cada uno de los pueblos, entendiendo la diferencia que existe entre un Yukpa y un Barí, entre un Yekuana y un Wayuu, entre un Pemón y un Warao, de la misma forma, que sus analogías.

Nos imaginábamos que en la Asamblea escucharíamos a todos estos representantes hablando en sus distintas lenguas, que sabríamos de sus aportes a la política, a las leyes y a la transformación social. Nos imaginábamos que se cumpliría su derecho a practicar su lengua en las escuelas, en las Universidades, y que esto nos ayudaría a ampliar la semántica y la comprensión del mundo por medio de sus metáforas, sabiduría y conocimiento.

Nos imaginábamos que la llamada patria, que tanto nombran algunos pero que no defienden, se iba a enriquecer con sus aportes y que no habría por lo tanto un mayor debilitamiento cultural. Nos imaginábamos que los avances de la ciencia y la tecnología se adaptarían de la mejor forma a los pueblos, cooperando para fortalecer sus viviendas, sus estilos de vida y sus vidas, y no construyéndoles, por poner un caso que da vergüenza, pequeñas casas de cemento, de encierro, con precariedad de servicios y de espalda a la naturaleza (¡qué ignorancia!, ¡qué indignante!).

Nos imaginábamos que todos los venezolanos sentiríamos lo importante que es poder ser diversos y aprender a respetarnos mutuamente en medio de una heterogeneidad y no de una homogeneización mortal. Nos imaginábamos que la modernidad y la noción de desarrollo tendrían un límite que nos haría recuperar nuestra relación equilibrada con la naturaleza, que el Estado iba a desarrollar con toda la fuerza las energías alternativas y no la energía fósil, impedir la megaminería, la tala indiscriminada de árboles, que iba a defender las fuentes de agua dulce, y tantas cosas más…

Nos imaginábamos que los ganaderos y empresarios se iban a reubicar en otras tierras, que una vez pagadas todas las bienhechurías, los pueblos indígenas iban a poder vivir en paz, recibiéndonos para compartir lo común de toda nuestra geografía. Además con ello el agua se iba a proteger, sobre todo sus manantiales, así como la biodiversidad, se iba a controlar la tala de árboles, e impedir la megaminería, los pesticidas y transgénicos que han producido enfermedades y muerte, dañado nuestros hábitats, nuestras semillas, contaminado el agua y la atmósfera, la calidad de nuestros alimentos y la fertilidad de nuestras tierras.

Nicia Maldonado, ex ministra de los pueblos y comunidades indígenas, en Chaktapa, a un día del asesinato de Sabino

Nos imaginábamos que a los que apoyábamos esta transformación no se nos iba a criminalizar, como le pasó a Lusbi Portillo y a la organización que, aunque se llame ONG Sociedad Homo et Natura, no ha tenido nunca nada que ver con las ONG financiadas por el imperio, al cual, por cierto, el gobierno “revolucionario” le recibe religiosamente, sin chistar, los petrodólares, y que el gobierno iba a reconocer que esta organización no ha formado nunca parte de ningún movimiento separatista, pues son las mafias y la corrupción enquistadas en la médula de la sociedad venezolana las que producen la imposibilidad de la soberanía.

Nos imaginábamos que Sabino iba a hacerse viejito y feliz en sus tierras y que en las comunidades indígenas no se iba a sufrir más calamidades, sicariato, tristeza, hambre y enfermedades. Nos imaginábamos que los militares “revolucionarios”, las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas, los guardias y policías iban a ser un brazo para el pueblo venezolano, de cooperación y defensa de la soberanía, que iban a combatir el paramilitarismo y las mafias o a luchar para que los indígenas, los campesinos, los trabajadores, es decir todo el pueblo pudiera vivir en paz, trabajando y produciendo alimentos, cultura, sin despojo de tierras y robo de salario y producción, sin racismo, o en síntesis: sin la amenaza permanente del fin de nuestras vidas.

Sabino fue asesinado por un grupo de gente, y solo se hizo justicia con los autores materiales y algunos cómplices directos, pero no con los autores intelectuales y seguramente con otros tantos cómplices involucrados, mientras que para tres de los hijos de la cacica de la comunidad Yukpa de Kuse, Carmen Fernández, que fueron asesinados, incluido quien estuvo preso con Sabino, Alexander Fernández, gracias a una emboscada que se preparó en nombre del Estado, por medio de Tareck y Nicia, contra las comunidades indígenas, no hay ni la sombra de alguna investigación iniciada.

Es tal la magnitud de la impunidad en nuestro país y el encubrimiento de tantos asesinatos dejados así con puro billete de por medio que ya uno puede decir y repetir, sin temor a nadie ni a nada, recordando al flaco Prada: ¿Cuál Revolución?, pues ese intento revolucionario se acabó y hay que renacer o volver a comenzar, retomando la memoria, los esfuerzos que hubo, las mejores intenciones, pero ya, despojados de remordimientos, de auto-culpas, de encierros doctrinarios y terquedades, de odio e indolencia contra los que no están con este gobierno, porque las traiciones son demasiado evidentes a estas alturas y hay que luchar por la vida y de nuevo por un país y muchos territorios que han sido secuestrados. Mi respeto, por último, a los aún creyentes; sin embargo, les digo que para mí las creencias no calan en circunstancias de dominio y ante este tipo de realidades que son tan claras, hagamos más bien un esfuerzo para no ser más nunca obedientes y sumisos, dejemos de esperar lo que nunca llega, de recibir migajas, dejemos de justificar a quienes nos utilizan, reorganicémonos, ¡ya basta!, nos estamos jugando la vida y la soberanía de nuestros territorios.

 

 

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