La revolución sin rostro

Por Aliza, militante guevarista

 

El mundo está podrido y nada podría funcionar peor de lo que ya lo hace, pienso, mientras camino por una sucia acera, de una sucia ciudad de un sucio país, que todavía podría ser hermoso.

Muchachos andrajosos con la droga en sus cuerpos y ojos vacíos me miran con desdentadas sonrisas que dan grima. Mujeres llenas de niños sin padres esperan en una plaza a que la “ayuda humanitaria” les siga proveyendo de una excusa para no hacer nada por sus vidas, para seguir en aquella nada improductiva. Las bombas molotov vuelan por las calles sin objetivo ni ideales, haciendo daño a seres humanos que la mayoría de las veces no tienen nada que ver con la situación cruenta y cruel que se desarrolla en esta ciudad eternamente en construcción. Un uniformado reza en silencio por poder volver a casa esa noche mientras observa la turba enfurecida que se dirige hacia ál con bidones de gasolina en mano, dispuestos a quemarlo aunque pida clemencia a gritos.

En otro sector de la ciudad, los pacifistas que gritan consignas contra el hambre y la represión, pasan sus relucientes “Master Card” negras para pagar el festín con el que se acaban de atracar en un lujoso restaurante, mientras se preparan para ir a encender los ánimos de sus nuevos trabajadores asalariados, aquellos que solo esperan un menú sencillo y una buena dosis de cocaína para seguir en pie de lucha a base de nervios y valentía química.

Un dirigente político hace hincapié en su discurso alentador para que las masas reprimidas, famélicas, infelices con el sistema gubernamental, resistan estoicamente y tomen medidas drásticas en contra de la vida del enemigo –les aseguran luchar a su lado y sufrir los mismos percances–, e incentiva el odio para lograr la paz, su paz, mientras sonríe secretamente y recibe manifiestas pruebas de apoyo al ver arder un canal de televisión y mientras aborda un reluciente sedán negro seguido de un par de escoltas que lo llevarán a la seguridad de su hogar, donde por fin podrá tomar una ducha caliente y disfrutar de un buen coñac feliz de limpiarse tanta mugre.

En un barrio el grupo de asaltantes locales hace planes para aprovechar el caos reinante, ya que siempre sale alguien con algo valioso a la calle. “Hoy saldremos a ganar”, asegura su líder de escasos 22 años quien no pisará nunca los 30.

Un conductor de un camión sale corriendo de la cabina del auto, cuando decenas de personas lo persiguen con palos y armas blancas, deseando poder llegar a un lugar seguro, mientras ve arder su herramienta de trabajo, lo último que piensa en el momento en que es apaleado, es si su mujer podrá arreglárselas con sus dos hijos cuando él ya no esté. Maldice el país mientras cierra los ojos por última vez.

Una trabajadora sexual busca desesperadamente un medio de transporte porque sabe que su cliente no tiene mucho tiempo. Su preocupación no está en la situación política y social, su preocupación se halla en aquel dinero que le servirá para comprar el pasaje que la sacará de aquel país y de aquella ciudad que ya no da para más.

Un estudiante se desgañita gritando en una protesta que no entiende, pero con la cual se siente cómodo. Alza la voz contra la universidad que está por otorgarle su título universitario, no tiene una posición clara, no sabe mucho de historia o política pero en el ambiente se cuece el resentimiento, que termina por contagiarlo, y lo acoge con los brazos cálidos y asfixiantes de un amante que está a punto de matarlo.

Un gerente de banco se encierra en su sucursal con todas las personas bajo su cargo, al mismo tiempo que observa por el vidrio templado cómo destruyen el kiosco de al lado, con ocupante incluido. Finge horrorizarse mientras presiona la pantalla táctil de su teléfono que en ráfagas dispara foto tras foto y que pronto verán la luz a través de las redes sociales bajo el titulo de “la resistencia defiende su derecho a la manifestación pacífica”, poco se preocupa, ya que en su barrio no pasará nada.

Un ama de casa aburrida termina de ver el magazín de la mañana y mientras prepara ropa cómoda para bajar al área social de su urbanización, casada con un comerciante medianamente exitoso, sólo le queda salir a defender su posición social. Atrás quedaron los años donde limpiaba excusados en un centro comercial. Ahora una mujer de su posición tiene que defender lo que con tanto esfuerzo ha conseguido.

Un grupo de vecinos se da ánimos mientras improvisa barricadas y amenaza y golpea a quien se atreva a pasar por encima de su derecho a la protesta y a la libre expresión.

En un lujoso ático cinco hombres exquisitamente vestidos disfrutan de las maravillas de un chef internacional, estrechan sus manos y se felicitan mutuamente por un acuerdo comercial que, aunque costoso, está saliendo a la perfección. Un país rico que como el ave fénix está a punto de morir, abrazado para renacer entre las cenizas de sus manos que le sacarán el máximo provecho hasta dejarlo agotado: un negocio redondo en opinión de todos ellos.

Pero existe algo…

Entre el lumpen prepagado que se levanta en olas enfurecidas, algunos ciudadanos alienados, inconscientes de su propia posición, adolescentes hormonales peleando en guerras que no comprenden, sectores idealistas que confían ciegamente en una dirección putrefacta y decadente, hay un grupo…

Hombres y mujeres con conciencia, horrorizados ante las muestras de inhumanidad, ignorados por mucho tiempo, aquellos que saben y que son callados de manera anónima, aquellos a los que siempre han buscado desaparecer y no han podido, aquella semilla que germina poco a poco y contagia un espíritu muy diferente al que ahora se vive.

Aquellos seres humanos reales, desposeídos de toda idealización idiotizante, con armas tan contundentes como el rifle y la ciencia, algunos bañados en cicatrices de tiempos más felices… Hay otros a los que apenas se les está despertando la conciencia, todos ellos pagando aún los errores de un pasado ingenuo y traidor, viviendo las consecuencias de una apuesta por la vida, dispuestos a luchar una vez más por aquellos que, de poder, los matarían, por los que no saben que existen y por los que nunca lo sabrán.

Ese grupo no tiene rostro, no tiene voz, pero se ve y se oye en cada exhalación de un trabajador cansado, en cada respuesta contestataria a un patrón, en cada suspiro de una madre renuente a rendirse, en cada jadeo de un estudiante cansado de caminar, en cada gota de sudor de un obrero abnegado, en cada sentimiento de inconformidad y en cada diminuto anhelo de vivir.

Esa semilla germina, y en estos tiempos violentos, injustos y canallas, está preparada para florecer, desatando la furia del que siempre ha sido pisoteado, del que se le ha condenado a vivir una vida muerta.

Un grito de rabia pura nace de las gargantas de los oprimidos y pronto saldrá como la cacería salvaje a reclamar a sus guerreros caídos, a saldar las cuentas pendientes de las generaciones que carecen de todo y pelean con nada más que su rabia, de ese fuego inconsumible nacerá una nueva sociedad, de esos hombres y mujeres anónimos se creará la vida por la que vale la pena morir.

Así, pues, hermano, las condiciones para una revolución están dadas y solo piden tu rostro anónimo, ¿estarás dispuesto a darlo?

 

 

 

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