Las insurreciones históricas en sus debilidades y los espectros de una guerra civil inducida

Fuente de portada: Democracia Directa V.S. Democracia Capitalista (o de que la Asamblea es el Arma Popular Más Fuerte)

 

Por Roland Denis

 

(1989, 1992, 2002-04, 2014, 2017 hasta el escenario Sirio de hoy; la urgencia de otra política: de gobierno popular y constituyente realmente originario)

Solo un aporte por tratar de entender o establecer algunas claves dentro de un ciclo histórico abierto desde febrero 89 de crisis sin resolución revolucionaria hasta nuestros días, y que hoy pareciera llegar a un punto límite que la misma ambigüedad e indecisión política de todas las anteriores.

El fin del patriarca democrático

Primero se mató al padre. El pacto social que mantuvo una democracia de élites empresariales y políticas anexas a las geopolítica norteamericana de la guerra fría, se rompe en 1989 gracias a una explosión de masas, que este pacto fue incapaz hasta nuestros días, de entender, confrontándola en su momento con un genocidio de miles de personas que dividió definitivamente los conglomerados partidistas y líderes que sostenían el pacto de Punto Fijo.

CAP y su equipo, tratando de acabar con las visiones desarrollistas y nacionalistas que ordenaban el plan nacional hasta entonces, vino a sumarse al pacto americano neoliberal –mas tarde “el acuerdo de Washington”–, previsto y estudiado estratégica, política, social y culturalmente en los documentos de Santa Lucía I y II, donde las clases dominantes se preguntan y responden cómo mantener su hegemonía cuando deciden fusionarse definitivamente al mercado y a la división continental del trabajo en un monumental esfuerzo de dar por terminado con todo el nacionalismo burgués que la misma guerra fría justificó. Terminada la URSS el plato neoliberal se sirvió sin chistar en favor de un mundo unipolar y sin fronteras mercantiles.

Nadie, ni la propia Cuba que saludaba con agrado la venida de un presidente amigo de Fidel y que podía arrimarle la mano al momento de desaparecer el imperio soviético, cuestionó este paso. Quien lo cuestiona sin piedad ni intereses políticos de por medio es el caracazo. Por primera vez desde la Guerra Federal el levamiento popular aturde y vuelve locas a las élites político-militares que responden a punta de sangre y tortura queriendo acabar, silenciar, desaparecer de la memoria, lo que ya era imposible borrar. Allí sembraron la primera raíz de su final, evidenciando en el fondo la fragilidad y mediocridad en que se mantenía su pacto de estabilidad. Aunque intentaron alargarlo, imponer a trocha y mocha el acuerdo de Washington, sacando a CAP, utilizado un viejo zorro como Caldera, envolviendo a toda la izquierda institucionalizada y revisionista en sueños oportunistas, bastaron diez años para que esto terminara de volverse polvo.

Pero no era suficiente el caracazo, el grito violento e invasivo de masas. A comienzos de los años 90, rota la raíz esencial de un pacto social histórico, la aventura insurreccional debió aparecer en algún momento. Y efectivamente fue así, todo el ambiente desde la izquierda hasta la derecha, ya sea golpista, de levantamiento popular, o una combinación de ambos, era la agenda y la razón de agitación que día a día se movía en la calle a través de coordinaciones, frentes y grupos conspirativos que no cesaban de formarse. Los más atrevidos y organizados internamente son los que dan el paso y en eso aparece la primera insurrección del 4 de febrero 92; de allí su trascendencia histórica.

Desde entonces, la insurrección como dispositivo político de confrontación y toma del poder, no existiendo un pacto de élites que equilibre y estabilice algún sistema de dominio, se convierte en un espectro permanente que desde entonces hasta hoy sigue realimentándose. Un orden en crisis sin resolución ni revolucionaria ni “termidoriana” (fenómeno que puso fin a la revolución francesa) lo explica en tanto tal. La cuestión a preguntarnos es a final de cuentas qué es lo que van dejando estas insurrecciones en sus propias características y a qué nos están llevando.

El des-madre popular del 92

Efectivamente las masas desobedecieron los mandatos maternos de cuidado y resguardo. Las tres insurrecciones del año 92 (4 de febrero, 10 de Abril, 27 de Noviembre) son ondas de un pasticho de elementos que brotan por el subsuelo popular (que para dejar en claro no fueron solo militares, ya que el 27 de febrero y el 10 de Abril de ese año se desencadenaron intentos de insurrección popular particularmente en el oeste de Caracas, de donde por cierto nacen los “cacerolazos” en nuestro país), pero que no traen consigo una inventiva política que deje en claro qué se quiere aparte de repudiar a las clases gobernantes. Las insurrecciones en definitiva fueron un eco del 89 pero sin dejar en claro qué era lo que estaban buscando. Lo más claro de todo es que las clases siempre subalternas y prácticamente invisibles desde la guerra federal hasta ese año, vuelven a la palestra protagónica, creando las condiciones de un líder que ellas mismas deciden tomar para sí, poniendo en su boca el alimento de sus aspiraciones históricas más básicas y que el líder sublimó a través de su euforia personal “bolivariana”, con lo cual no solo son los elementos justicieros y democráticos los que se realzan sino una identidad común nacional, guerrera y espiritual que se sembró en un pueblo casi carente de toda dimensión identitaria consistente (el país de cartón del cual hablaba Cabrujas).

Un ciclo insurreccional sin paraíso de llegada

Los “fabricantes de rebelión” empezaban así una historia llena de pasión pero sin saber exactamente qué era lo que perseguían, sin tener un entrelazamiento político-orgánico de vanguardia que les permitiera producir una historia que les fuera absolutamente propia y política. Nuestros intentos por crear esta base desde que el mismo Chávez toma el poder y se decide quién va y cuáles son los contenidos de la agenda constituyente, aunque no se reconocieron, se fueron al piso. Pasó el 2002, el 13 de Abril, la derrota del conspirativismo oligárquico, y llegamos hasta la muerte de Chávez sin lograr cambiar el espectro hegemónico del Estado, mucho menos de las estructuras económicas rentistas, coloniales, dependientes, que sustentan la desigualdad social descomunal y la ausencia total de un plan nacional de quien sea, incluso de una plutocracia política inteligente.

No entremos en lo que significó, las razones y contextos del resto de los procesos insurreccionales, ya con Chávez en la presidencia, en el 2002, 2014, exigirían notas en otros momentos trabajadas, lo cierto es que se trata de un cambio de sujeto insurreccional, esta vez de las clases medias comandadas por los mandos más anquilosados de la oligarquía religiosa, civil, económica y militar. El 13 de Abril les recordó que esa historia estaba muerta, aunque hasta hoy no lo entiendan, pero tampoco el 13 de Abril tiene una agenda propia más allá de regresar al líder que ese mismo día se convierte en el caudillo de un pueblo que decide en esas horas no “tomar el poder” sino delegarlo absolutamente en el caudillo que la montonera popular ha fabricado por más de diez años.

Patricidios y matricidios que no logran preñar historia

Llegamos hasta hoy y sigue estando presente tanto la ruptura del pacto social no superada por las mismas clases dominantes, como la ausencia, de parte de las clases populares, de una definición, de una “verdad colectiva” convertida en materia real de las nuevas relaciones humanas en creación como una agenda de liberación realmente estudiada y proyectada en la forma de un proyecto revolucionario que esté en sus manos; es decir, de un hecho de poder colectivo autónomo que no esté al servicio de nadie mucho menos del mando de Estado; haber acabado con la familia que ordenaba el hogar de la opresión no supuso un nuevo amor colectivizante y reproducivo de relaciones renovadoras del ser social.

Este vacío ha facilitado la velocidad y la profundidad con la cual este país en menos de cuatro años se haya arruinado por completo, moral, económica, social y políticamente, sin tener ninguna resistencia organizada y general sino gritos populares aislados, que ahora se resumen pero desde el costado conservador de las clases medias y penetrado (aprovechando la misma ingenuidad de estas clases) por cualquier cantidad de injerencias políticas extrañas y extranjeras de las derechas continentales desde sus movimientos diplomáticos, imperiales hasta sus barbaries paramilitares que ya comienzan a hacer estragos en cierta zonas siguiendo el ABC de los manuales de la CIA .

El hecho es que reaparece de nuevo el contexto insurreccional, protagonizado por clases medias, sus sectores sociales organizados más radicalizados e incentivada por una estructura política que vive de la agitación mediática y sus redes corporativas nacionales e internacionales. Pero sostenida en su justificación ética y política por una represión de Estado que se desborda y que va acompañada por una política por demás de ciega, cupular, autocrática y autoritaria, donde pareciera que una y otra se necesitan mutuamente. Políticas al servicio de la conservación en el poder de una neoburguesía “bolivariana” que desde todos sus centros básicos: la alimentación, la salud, la política monetaria y financiera, el manejo de empresas básicas, de instituciones nacionales y regionales, las corporaciones creadas y pdvsa, es lo que hemos llamado un confabulación realmente corrupta y gansteril, la única que ha podido llevar una nación al borde destructivo en que se encuentra.

Definitivamente nos quedamos sin una verdad política que sea razón y hacer “nuestro”  

Pero allí algo por demás de interesante. La ruptura del 89, y este es quizás un dato que a lo largo de los años no hemos terminado de entender por completo, crea las condiciones insurreccionales que no desaparecen en lo que ya está próximo a cumplir treinta años (una generación humana entera). Pero la ausencia de una “verdad política” de un cuerpo político con pensamiento y acto emancipativo claro y concreto propio que probablemente el genocidio de entonces no lo dejó crear, ha sido una condena “al vacío” de hegemonía, de discurso y práctica propios tanto para las clases populares como para las clases medias. Ambas quedaron encadenadas primero a un caudillo fabulosamente carismático y apasionado pero caudillo al fin, y luego a una calamitosa y ladrona continuidad del “chavismo” en el poder hasta hoy, así como de parte de las clases medias trabajadoras que desde el 2002 hasta hoy no han tenido ningún postulado propio que el deslastre de la dirección de un entramado político realmente reaccionario y regresivo. En todos estos años de sus partes no ha brotado algo a la altura de lo que fue un proyecto ligado a las aspiraciones de clases medias que los orígenes de AD preconizó, como tampoco aparece una indignación creadora de estos sectores y sus juventudes que las ligue a una inspiración rupturista; el conservadurismo dentro de la rabia condensada es su sello de identidad.

Este “vacío” general de políticas emancipativas y rupturistas propias y autónomas de ese vasto mundo de los “de abajo” (el granero social por debajo de la gran burguesía y las plutocracias políticas y religiosas) podría ser explicado desde muchas razones, pero ese no es nuestro interés ni atrevimiento ahora, el problema es que la continuidad del insurreccionalismo bajo este vacío facilita las condiciones para que nos lleven, inducidos desde afuera, a una situación realmente calamitosa de violencia imparable y caotizante.

El escenario Sirio o la reexplosión del poder constituyente originario

Todxs sabemos que esta situación desde el punto estrictamente de sus peligros violentos se pararía en seco con una agenda electoral coherente. Y si desean, sumando a ello un pacto para una eventual constituyente posterior –elitezca como toda constituyente pactada o decretada– (que por cierto les facilitaría a ambos mandos quitarse de por medio las cláusulas soberanistas de la constitución del 99 y proceder al “cambio de piel” por un rentismo más compartido con el capital transnacional y ampliado en sus zonas de explotación hacia la minería y el gas al menos, que es lo que están buscando ambas). Pero esto no ha sido posible por las gulas de poder, los miedos colectivos, la falta de liderazgo y sentido de reto y riesgo, y sobretodo porque no estamos frente a una dirección política con una estrategia en movimiento que se soporte sobre el pueblo en lucha (dos pasos atrás uno adelante-Lenin), sino a una clásica cofradía empoderada manejada por conexiones ajenas suculentas de hegemonía política como es la izquierda de la socialdemocracia europea y sus mediaciones cubanas, cuyo interés por Venezuela no es su proceso de liberación, es su uso geopolítico y geoestratégico. Se trata de mundos burocráticos y militares lujuriosos y utilizados asustados por su futuro legal y personal posterior que ya no saben ni qué hacer. Una verdadera conducción política sin temor alguno y con base en un plan rápido y radical de transformaciones institucionales, económicas y movilizantes, reventando la corrupción, no tendría ningún susto al reto electoral de cualquier orden, de hecho lo ganaría. Pero esto es ya muy tarde e imposible; se han convertido en un novedoso polímero protoligárquico que ahora busca diseñar “su constitución” a su justa medida e intereses. Nuestra hipótesis es que casos como este de Venezuela nos confirman de nuevo que dentro del “sistema mundo” del capital globalizado la izquierda no es que se corrompe o transforma o en una tiranía como ha pasado y pasa, es que se deshace, pierde su razón emancipatoria de ser. Pero esta es también otra discusión.

Lo cierto es que confirmamos la hipótesis. Parricidios y matricidios que dejó la ruptura del pacto a partir del 89, aún con todos los intentos políticos y programáticos ensayados al comienzo de la revolución bolivariana y el alarido socialista, comunero, bolivariano de Chávez, no llenaron de contenido e identidad a un sujeto político capaz que ponga freno al desastre que poco a poco se fue aclarando; dándole continuidad al insurreccionalismo vacío. Hoy del cerco estratégico de bandas sobre ciudades y campos, y cualquier tipo de vándalos van convirtiéndose en mercenarización de puntos focales del territorio que tienden a reproducir el escenario Sirio, justificándose en la “tiranía” que vivimos, sin resistencia mayor ni de los cuerpos de seguridad, donde en innumerables puntos se fusionan con ellos, ni de un movimiento de defensa armado auténticamente revolucionario; ¿que será del resto de la fuerza armada?, eso está por verse pero tendrán que decidirse a ayudar salvar la sociedad y la nación, si aún les queda moral y principio patriótico, es decir su auténtico papel político cosa nada tiene que ver con golpes de Estado, sino con un pronunciamiento político que suponga “zarandear” por completo a estas plutocracias de la bipolarización y se fusione realmente con un pueblo dispuesto a defender la nación, su soberanía, su libertad, y a sus comunidades.

El movimiento cívico de clases medias apoyadas por muchos sectores populares pero direccionadas por una derecha sin programa ni comando otro que no esté sino en los centros de poder nórdicos, desgraciadamente no se desapega y denuncia esta situación, y muy probablemente ni conciencia tenga de esto. Con lo cual podemos decir que aún con las noblezas que un movimiento tan grande puede traer consigo, en su conservadurismo, en sus resentimientos y odios trabajados desde dentro, paso a paso lo convierten en instrumentos de un típica estrategia imperial de caotización, fragmentación, violentización, de un espacio nacional designado para ello, más de lo que han logrado nuestros “jefes revolucionarios”.

Hay de todas formas una salida realmente libertaria y colectiva que afortunadamente hace parte de un pequeño pero y muy intenso legado de la memoria que dejó la lucha de los noventa y los primeros años de la revolución bolivariana. No se trata de Asambleas Constituyentes decretadas a conveniencia y sin legitimidad convocante, sino del estallido por todos los rincones, centros de trabajo, campos y comunidades, del poder asambleario y constituyente del pueblo, donde entren incluso a transformarse desde sí mismas las FAB. Hecho que se sintetizarían en Asambleas Constituyentes por ciudades y regiones, convertidas en verdaderas comunas revolucionarias, en “otra política”, fraguada y pensada y materializada desde lugares y seres muy distintos a estos decadentes dirigentes. Hechos que reafirmen el principio de Gobierno Popular como autogobierno territorial, constituyente y permanente que no se deje aplastar por ningún gobierno ni Estado. Una unidad que por supuesto tiene que implicar lo mejor y más noble del bloque de clases medias trabajadoras hoy movilizadas masivamente.

¿Será posible? El sí o no depende de condiciones objetivas, que todas, nos reafirmarían su imposibilidad. Depende de la decisión política que se asuma, donde el poder sea realmente la política de explosión constituyente que asumamos, no el poder burocrático que buscamos. Hace catorce años este movimiento quedó truncado en medio de la conspiración oligárquica y el saboteo burocrático. De allí que el imparable insurreccionalismo que vivimos –conservadores y revolucionarios– desde el 89 para acá nunca hayan logrado restablecer un proyecto y una identidad que suponga un común nacional, un nuevo bloque histórico diría Gramsci, con la consistencia de sacarnos del desastre que desde entonces vivimos, que ni los espejitos justicieros y las pasiones revolucionarias de Chávez pudieron llenar… gracias a ello solo acá en Venezuela en algún momento y con razón se gritó ¡Todo el poder para el pueblo!… ¿Será esta la única salida?… voces y voces lo reafirman ¿Por qué no?

 

 

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