Slavoj Žižek: La hegemonía y sus síntomas

Nota Otra Política Frontal27: A continuación, replicamos la breve introducción y el primer capítulo tomados del libro de Slavoj Žižek, En defensa de la intolerancia (ediciones Sequitur, Madrid 2008). Esto, para traer al debate, una mirada atenta y crítica sobre el uso de los conceptos: sus superficies y los trasfondos como parte de las luchas sociales. Žižek habla desde un contexto (el europeo) donde el multiculturalismo y su par, la noción de “tolerancia”, se convierten en referentes centrales dentro de un discurso que señala, a partir de los años 1990, cuál será la directriz de las sociedades europeas luego de la caída del campo socialista. Sin embargo, a pesar de la connotación “positiva” que adquiere a nivel mundial el concepto de tolerancia, Žižek aborda, como en toda operación de pensamiento, la relación entre concepto y realidad extra-excursiva para hacernos ver no solo la disputa ideológica que se desprende de cualquier concepto sino también lo que implica su proceso de hegemonización. El concepto pasa por distintas fases: una, la impresión de un cambio de significado en el significante (por ejemplo qué es honestidad para este o para aquel), o lo que es lo mismo: la “redefinición adaptativa a partir de su concepción político-ideológica” (y la disputa hasta por su autenticidad); otra, su universalidad. En esta fase, el significado del concepto, más allá de su aparición –que en el caso de la honestidad Žižek destaca como el ausente o el término que señala la plenitud de la sociedad postsocialista–, cumplirá su “hegemonía” en la medida en que su “legibilidad” sea “mayor y más certera”, o en la que su “narración logre ajustarse mejor a la realidad”; sin embargo, esa “legibilidad”, nos advierte Žižek, no es un “criterio neutro”, sino que pone en evidencia un choque ideológico que es “circular y auto-referencial”, es decir aquello que nos alerta que la misma “narración pre-determina nuestra percepción de la “realidad”. Es decir, Žižek nos hace ver también cómo uno de nuestros universos últimos y más valiosos, la percepción, jugaría un papel fundamental dentro del proceso no solo de la lucha por la hegemonía de los significados y la aparición de los significantes, sino dentro de la propia lectura, comprensión y hasta en la construcción de la realidad.


Introducción

La prensa liberal nos bombardea a diario con la idea de que el mayor peligro de nuestra época es el fundamentalismo intolerante (étnico, religioso, sexista…), y que el único modo de resistir y poder derrotarlo consistiría en asumir una posición multicultural.

Pero, ¿es realmente así? ¿Y si la forma habitual en que se manifiesta la tolerancia multicultural no fuese, en última instancia, tan inocente como se nos quiere hacer creer, por cuanto, tácitamente, acepta la despolitización de la economía?

Esta forma hegemónica del multiculturalismo se basa en la tesis de que vivimos en un universo post-ideológico, en el que habríamos superado esos viejos conflictos entre izquierda y derecha, que tantos problemas causaron, y en el que las batallas más importantes serían aquellas que se libran por conseguir el reconocimiento de los diversos estilos de vida. Pero, ¿y si este multiculturalismo despolitizado fuese precisamente la ideología del actual capitalismo global?

De ahí que crea necesario, en nuestros días, suministrar una buena dosis de intolerancia, aunque sólo sea con el propósito de suscitar esa pasión política que alimenta la discordia. Quizás ha llegado el momento de criticar desde la izquierda esa actitud dominante, ese multiculturalismo, y apostar por la defensa de una renovada politización de la economía.

La hegemonía y sus síntomas

Quien tenga en mente aquellos tiempos del realismo socialista, aún recordará la centralidad que en su edificio teórico asumía el concepto de lo “típico”: la literatura socialista auténticamente progresista debía representar héroes “típicos” en situaciones “típicas”. Los escritores que pintaran la realidad soviética en tonos predominantemente grises eran acusados no ya sólo de mentir, sino de distorsionar la realidad social: subrayaban aspectos que no eran “típicos”, se recreaban en los restos de un triste pasado, en lugar de recalcar los fenómenos “típicos”, es decir, todos aquellos que reflejaban la tendencia histórica subyacente: el avance hacia el Comunismo. El relato que presentara al nuevo hombre socialista, aquél que dedica su vida a la consecución de la felicidad de la entera Humanidad, era un relato que reflejaba un fenómeno, sin duda minoritario (pocos eran aún los hombres con ese noble empeño), pero un fenómeno que permitía reconocer las fuerzas auténticamente progresistas que operaban en el contexto social del momento…

Este concepto de “típico”, por ridículo que pueda parecernos, esconde, pese a todo, un atisbo de verdad: cualquier concepto ideológico de apariencia o alcance universal puede ser hegemonizado por un contenido específico que acaba “ocupando” esa universalidad y sosteniendo su eficacia. Así, en el rechazo del Estado Social reiterado por la Nueva Derecha estadounidense, la idea de la ineficacia del actual Welfare system ha acabado construyéndose sobre, y dependiendo del, ejemplo puntual de la joven madre afro-americana: el Estado Social no sería sino un programa para jóvenes madres negras. La “madre soltera negra” se convierte, implícitamente, en el reflejo “típico” de la noción universal del Estado Social… y de su ineficiencia. Y lo mismo vale para cualquier otra noción ideológica de alcance o pretensión universal: conviene dar con el caso particular que otorgue eficacia a la noción ideológica. Así, en la campaña de la Moral Majority contra el aborto, el caso “típico” es exactamente el opuesto al de la madre negra (y desempleada): es la profesional de éxito, sexualmente promiscua, que apuesta por su carrera profesional antes que por la “vocación natural” de ser madre (con independencia de que los datos indiquen que el grueso de los abortos se produce en las familias numerosas de clase baja).

Esta “distorsión” en virtud de la cual un hecho puntual acaba revestido con los ropajes de lo “típico” y reflejando la universalidad de un concepto, es el elemento de fantasía, el trasfondo y el soporte fantasmático de la noción ideológica universal: en términos kantianos, asume la función del “esquematismo trascendental”, es decir, sirve para traducir la abstracta y vacía noción universal en una noción que queda reflejada en, y puede aplicarse directamente a, nuestra “experiencia concreta”. Esta concreción fantasmática no es mera ilustración o anecdótica ejemplificación: es nada menos que el proceso mediante el cual un contenido particular acaba revistiendo el valor de lo “típico”: el proceso en el que se ganan, o pierden, las batallas ideológicas. Volviendo al ejemplo del aborto: si en lugar del supuesto que propone la Moral Majority, elevamos a la categoría de “típico” el aborto en una familia pobre y numerosa, incapaz de alimentar a otro hijo, la perspectiva general cambia, cambia completamente…

La lucha por la hegemonía ideológico-política es, por tanto, siempre una lucha por la apropiación de aquellos conceptos que son vividos “espontáneamente” como “apolíticos”, porque trascienden los confines de la política. No sorprende que la principal fuerza opositora en los antiguos países socialistas de Europa oriental se llamara Solidaridad: un significante ejemplar de la imposible plenitud de la sociedad. Es como si, en esos pocos años, aquello que Ernesto Laclau llama la lógica de la equivalencia [1] hubiese funcionado plenamente: la expresión “los comunistas en el poder” era la encamación de la no-sociedad, de la decadencia y de la corrupción, una expresión que mágicamente catalizaba la oposición de todos, incluidos “comunistas honestos” y desilusionados. Los nacionalistas conservadores acusaban a “los comunistas en el poder” de traicionar los intereses polacos en favor del amo soviético; los empresarios los veían como un obstáculo a sus ambiciones capitalistas; para la iglesia católica, “los comunistas en el poder” eran unos ateos sin moral; para los campesinos, representaban la violencia de una modernización que había trastocado sus formas tradicionales de vida; para artistas e intelectuales, el comunismo era sinónimo de una experiencia cotidiana de censura obtusa y opresiva; los obreros no sólo se sentían explotados por la burocracia del partido, sino también humillados ante la afirmación de que todo se hacía por su bien y en su nombre; por último, los viejos y desilusionados militantes de izquierdas percibían el régimen como una traición al “verdadero socialismo”.

La imposible alianza política entre estas posiciones divergentes y potencialmente antagónicas sólo podía producirse bajo la bandera de un significante que se situara precisamente en el límite que separa lo político de lo pre-político; el término “solidaridad” se presta perfectamente a esta función: resulta políticamente operativo en tanto en cuanto designa la unidad “simple” y “fundamental” de unos seres humanos que deben unirse por encima de cualquier diferencia política. Ahora, olvidado ese mágico momento de solidaridad universal, el significante que está emergiendo en algunos países ex-socialistas para expresar eso que Laclau denomina la “plenitud ausente” de la sociedad, es “honestidad”. Esta noción se sitúa hoy en día “en el centro de la ideología espontánea de esa “gente de a pie” que se siente arrollada por unos cambios económicos y sociales que con crudeza han traicionado aquellas esperanzas en una nueva plenitud social que se generaron tras el derrumbe del socialismo.

La “vieja guardia” (los ex-comunistas) y los antiguos disidentes que han accedido a los centros del poder, se habrían aliado, ahora bajo las banderas de la democracia y de la libertad, para explotarles a ellos, la “gente de a pie”, aún más que antes… La lucha por la hegemonía, por tanto, se concentra ahora en el contenido particular capaz de imprimir un cambio a aquel significante: ¿qué se entiende por honestidad? Para el conservador, significa un retomo a la moral tradicional y a los valores de la religión y, también, purgar del cuerpo social los restos del antiguo régimen. Para el izquierdista, quiere decir justicia social y oponerse a la privatización desbocada, etc. Una misma medida (restituir las propiedades a la Iglesia, por ejemplo) será “honesta” desde un punto de vista conservador y “deshonesta” desde una óptica de izquierdas. Cada posición (re)define tácitamente el término “honestidad” para adaptarlo a su concepción ideológico-política. Pero no nos equivoquemos, no se trata tan sólo de un conflicto entre distintos significados del término: si pensamos que no es más que un ejercicio de “clarificación semántica” podemos dejar de percibir que cada posición sostiene que “su honestidad” es la auténtica honestidad.

La lucha no se limita a imponer determinados significados sino que busca apropiarse de la universalidad de la noción. Y, ¿cómo consigue un contenido particular desplazar otro contenido hasta ocupar la posición de lo universal? En el post-socialismo, la “honestidad”, esto es, el término que señala lo ausente -la plenitud de la sociedad- será hegemonizada por aquel significado específico que proporcione mayor y más certera “legibilidad” a la hora de entender la experiencia cotidiana, es decir, el significado que permita a los individuos plasmar en un discurso coherente sus propias experiencias de vida. La “legibilidad”, claro está, no es un criterio neutro sino que es el resultado del choque ideológico. En Alemania, a principios de los años treinta, cuando, ante su incapacidad de dar cuenta de la crisis, el discurso convencional de la burguesía perdió vigencia, se acabó imponiendo, frente al discurso socialista-revolucionario, el discurso antisemita nazi como el que permitía “leer con más claridad” la crisis: esto fue el resultado contingente de una serie de factores sobredeterminados. Dicho de otro modo, la “legibilidad” no implica tan sólo una relación entre una infinidad de narraciones y/o descripciones en conflicto con una realidad extra-discursiva, relación en la que se acaba imponiendo la narración que mejor “se ajuste” a la realidad, sino que la relación es circular y auto-referencial: la narración pre-determina nuestra percepción de la “realidad”.


Notas:

[1] Ernesto Laclau, Emancipation(s), Verso, Londres, 1996.

 

 

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