Victoria de Trump: la pelea de las identidades fragmentadas y las grandezas de la sangre

La espera de quién será electo nuevo presidente de los EEUU es como la espera del nuevo papa para los católicos. Se trata de un acontecimiento dentro de un poder que está metido en los cuerpos y las conciencias de millones y millones como seres de su alabanza. Es una fiesta de la esclavitud.

Pero a diferencia de la de las iglesias y de los papas, esta “fiesta” de la presidencia de EEUU es como la coronación de un rey que no depende de fieles ni de su cantidad en el mundo.

El Presidente de los EEUU sencillamente tiene el poder de determinar si destroza o no al mundo en cuatro minutos; tiempo en el que la decisión de poner en acción el poder nuclear de EEUU y su efectiva ejecución, dura. Y si es así es porque además del poder militar hay un segmento particular donde se condensan quizá los poderes económicos y políticos más extraordinarios del planeta. Hasta su moneda, que la reciclan por las cantidades les da la gana, ya ni siquiera en papel sino en números que viajan por billones de dólares diarios por todas las computadoras bancarias del mundo, apareciendo y desapareciendo, se cuenta en términos de mercado, es decir, de oferta y demanda, sino como signo único del mercado mundial; es el código monetario superpuesto que ordena y viabiliza el mercado mundial siendo a su vez la moneda nacional de los EEUU (si algún día esta bestial dictadura se acaba, las futuras generaciones se reirán develándose por entero el grado de infantilismo sumiso a que llegamos los seres humanos, al menos en los últimos 50 años, desde los acuerdos monetaristas de los años setenta).

Por tanto, imaginándonos cuántas historias, cuántos acumulados históricos sangrientos, cuánta guerra, cuánta batalla interna interimperialista, cuanta invasión y coloniaje, han debido pasar en no más de 500 años para que esta condensación de poder global jamás vista, sea posible. Esa es la clave interpretativa para entender la historia inmediata que nos antecede. El Presidente de los EEUU es la suma de 5 milenios de violencia por medio de la cual se ha creado la desigualdad humana. Por ello lo más cercano a Dios en la tierra es el presidente del EEUU, en tanto símbolo global de dominio.

Pero curioso panorama también. Porque un personaje de tal calibre de poder, si a las grandes figuras de poder nos remitimos, debería contener de por sí una sabiduría condensada: es la figura de Carlos V, de Luis XIV o de Napoleón, grandes imperios que iniciaron la modernización capitalista, o más atrás, de Alejandro o Julio César, emperadores fundantes del delirio imperialista en el mundo, cuando no de Simón Bolívar, el turco Atatur o Mao, esas curiosas mezclas de “libertador, sabio y poderoso traicionado”, que tanto recorre la historia.

En este caso, todas las novelas de poder se desvanecen para reescribirse a través de personajes patéticos. Por un lado una burócrata corrupta y demagoga, aliada a las oligarquías de Wall Stret y la industria armamentista, y por otro, un personaje sin escrúpulos: un arrogante millonario producto del capitalismo bastardo norteamericano, de frutos acumulados de casinos, burdeles de su abuelo y especulación inmobiliaria, un misógino y archiracista. Los dioses en la tierra dejaron entonces de ser sabios patriarcas para transformarse en personajes grises, al contrario de la cocinera que Lenin dibujaba como futura conductora del Estado soviético, trabajadora y absolutamente “clase”, entusiasta dirigente de la liberación de su gente.

Esta vez, se trata de personajes que desde sus alturas siempre son degradantes; “son una vergüenza” como lo repitó tantas veces el cineasta Oliver Stone.

Ahora todo esto tiene que significarnos algo. Sabemos perfectamente que la victoria de Trump es la victoria de una combinación entre los arreglos subterráneos de este capitalismo bastardo y sus redes insertas dentro de los sistemas policiales, de inteligencia, con una población harta de demagogos, representantes, políticos, que posiblemente vaya a ser Obama el último a ser aclamado de estos personajes, terminado su mandato como un gran traidor dentro y fuera de los EEUU.

El declive de los niveles de vida, un altísimo nivel de desarrollo de los medios de producción y servicios como lo hay en los EEUU, se confronta con unas relaciones cada vez mas explotadoras, ya ni siquiera por el salario o un desempleo creciente, sino por un sistema bancario que convierte a la población trabajadora, igual que a los países periféricos, en eternos deudores, a quien le sacan la piel para recondensar todas esas riquezas en monstruosidades corporativas y bancarias que ya concentran más del 50% de la riqueza humana convertida en valor monetario.

A esto sumemos el problema de la fuga de capitales productivos hacia lugares de menos costo de la fuerza de trabajo; es la imparable globalización del capital, lo cual degrada aún más una vida compulsiva hacia el consumo y el individualismo extremo. Todo esto hace parte de una sopa de males desde donde el “american way of life” y su fabulosa democracia se desvanecen y sean superpuestas en la representación de un magnate sin licencias de ningún tipo, como última ilusión de una población votante por él, frustrada, muy ignorante, de aspecto mayoritariamente blanco y “ario-sajón”, de valores evangélicos que rozan en el fundamentalismo, pero a su vez trabajadora. Sin embargo, esta evidencia como fenómeno no nos describe nada definitivo más que la decadencia de un modelo societal y político destinado a la expansión imperial, la acumulación y el consumo. Trump es la constatación fehaciente de dicha decadencia, pero hay algo a nuestro parecer mucho más importante.

La representaciones de la identidad democrático-liberal vs el discurso confrontado de la sangre

Llama la atención entonces que en toda esta fase estos vengonzantes personajes, pareciera existir un código político que comienza a regarse por el mundo y nos da nuevas claves para entender el hecho de poder, sus lenguajes y las luchas reales y hegemónicas que tenemos por delante. Nos interesa la victoria de Trump como medida para darnos cuenta de dos niveles de confrontación sobre el plano de las sublimaciones políticas que hoy en día parecieran concentrar la lucha por las hegemonías.

El “Again the Great America” de Trump es esencialmente un discurso “de la sangre”, no de las identidades fragmentarias y disipadas que ha logrado entubar el lenguaje liberal de las diferencias y los derechos humanos. Nos explicamos primero sobre esto último. Con la caída de las dos grandes corrientes de la izquierda mundial durante el siglo XX, la social-democracia y el marxismo-leninismo en su ala radical, el liberalismo convertido en programas neoliberales impuestos y mercantilización globalizada, pudo avanzar absorbiendo todo el imaginario y principios programáticos básicos dispuestos dentro del planteamiento socialista.

Hillary Clinton y, de manera mucho más clara, Obama, representan, más allá del carisma de uno y lo vergonzante de la otra, una apuesta “democrática” que busca representar a la sociedad disolviéndola y a su vez recuperándola en sus diferencias y la exaltación de ellas, sumando a ello toda la batería intelectual del posmodernismo.

Desde empresarios, ciudadanos organizados y sindicatos, como inmigrantes, feministas, ecologistas, homosexuales, indigenistas, afroamericanos, y pare de contar, suponen una heterogenidad que se ve sobre la superficie social, que van dándole sustento vivo a un planteamiento representativista- liberal, que parecía estancarse en la medida en que la política le hablaba exclusivamente a una sociedad civil homogénea y sin rupturas críticas, sintetizada en la clase media esperanzada y ligada a un capitalismo productivo.

El mundo cambia y ese capitalismo productivo se dispersa en el mundo pero esta vez conducido casi exclusivamente hacia la sobreacumulación financiera y las relaciones informáticas. Las unidades nacionales se debilitan y los conos de superación de vida (la conversión del obrero en pequeño empresario como imagen clásica) se hacen cada vez mas estrechos. La misma lucha de clases se dispersa apareciendo el lánguido e impotente discurso de los “derechos humanos” como sustitutivo al lenguaje igualitarista y justiciero del socialismo clásico.

La izquierda en una inmensa parte de sus componentes de base también se dispersa y “democratiza” invocando las diferencias y los derechos de cada quien, establecidos según las demandas de cada identidad fragmentaria. Con ello pierde cada vez más poder el supuesto clasista y proletario original, y la misma izquierda se desvanece perdiendo voluntad de poder hasta quedar arrimada a oficinas de demandas, y movimientos donde se disloca la unidad popular y la autonomía de clase frente a los grandes aparatos de dominio. Nunca antes la izquierda dependió tanto del Estado y de las redes del poder mundial como hoy donde se supone que rige el principio del “Estado mínimo”. Así todos estos personajes del centrismo político democrático y liberal terminaron siendo sus candidatos principalmente en Europa y EEUU (así sean unos genocidas como en efecto terminaron siéndolo Obama y su Secretaria de Estado H. Clinton), hasta llegar a canalizar muchos de los movimientos “diferenciados”, “diferentes”, de identidades estancadas desde donde se fragmentaron gran parte de los movimientos populares tercermundistas. Es tanto así, que Hillary terminó siendo la candidata desde un George Bush hasta un Noam Chomsky.

Grave ausencia de perspectiva en muchos análisis estratégicos dentro del mundo revolucionario, cuando no se vio con mucha más claridad que toda esta ola de las “diferencias” eran un ramal de un capitalismo financiero en expansión que, tarde o temprano, iba a empezar a saltar, en medio de un mundo de acumulación frenética de bonos e hipotecas, cambios y fraudes financieros.

Reaparecen sorpresivamente grandes sectores sociales ligados al trabajo, a la economía de servicios y productiva, que por encima de toda diferencia, exigen sus derechos como pueblos, llenos de miedos por las consecuencias que supone el mundo migratorio de la globalización, estando acordes con buena parte de los centros de capital que, ante la crisis del capitalismo financiero, necesitan regresar los capitales y convertirlos en valores de uso y propiedades tangibles antes de terminar de reventar en el mercado financiero.

El imperio sigue su expansión incontenible transnacional sin duda –y esto no lo va impedir Trump aunque los odie, como los nazis odiaron a los judíos–, pero a su vez desde sus centros nacionales del norte, las voces confundidas entre buena parte del proletariado y las burguesías locales, claman por cerrarse y “reterritorializarse”. Reaparece entonces en medio de una gran confusión un “discurso de la sangre”, de la identidad absoluta y la grandeza nacional (“white supremacy”), sublimado en este caso por derechas de distintos calibres que vuelven a exaltar lo que fueron los pilares básicos de la “raza y orgullo nacional” del fascismo. Es la unidad vacía, agresiva y regresiva que colma los miedos insertos entre ricos y pobres de todo el norte del mundo.

Dos códigos políticos confrontados en estas elecciones del rey-presidente gringo, cuyos antecedentes, luego de la primera guerra mundial, se dieron igualmente en un contexto de expansión y guerra interimperialista y a la vez de retraimientos nacionalistas producto de la crisis del 29. Gana por lo visto un discurso de la sangre, retrógrado, vacío y agresivo, potenciando todas las derechas del mundo, que a su vez “representan” un viraje ante la corrupción y decadencia de los “stablishments” políticos y empresariales constituidos en este período del monopolismo financiero y la megacorrupción que han provocado en el mundo entero. Mientras se desmoronan las “diferencias”, los “derechos humanos” y la “democracia” como hipocresías mayores de un sistema de expansión realmente destructivo, cuando no de la vida, de naciones enteras en Africa y el Medio Oriente. Se trata de la destrucción del ambiente, del cuerpo, su salud, su soberanía (el “biocapitalismo” del cual habla Antonio Negri) y de los verdaderos derechos de los pueblos al agua, a su tierra, en este caso quedaron totalmente derrotados, por un principio “de sangre” de “orgullo nacional”, que deja de lado las hipocresías liberal-democráticas, y lo oscurece todo aún más.

Nuestra sangre: la reconstrucción revolucionaria

Entre estos códigos básicos de confrontación que nos dejan las elecciones en los EEUU (el discurso de las identidades fragmentadas y el discurso de la unidad y grandeza de la sangre), queremos resaltar el gran papel que han jugado en medio de todo este desbarajuste dos movimientos revolucionarios que primero no se dejaron llevar por la ola posmoderna “diferencialista”, “democratista”, que desarmó a gran parte de la izquierda mundial, pero a su vez sin quedarse estancados rememorando y rezando por principios teórico-políticos que implosionaron en el siglo XX, principalmente el marxismo-leninismo en todas sus versiones.

En medio de todo esto, el movimiento kurdo revolucionario presente desde Turquía hasta todo el kurdistan en Siria, Iran, Irak, así como el movimiento zapatista, si los vemos desde una “sangre” totalmente distinta y una identidad que no se fragmenta, sino que por el contrario se ratifica como pilar de lucha de la humanidad entera, vemos el renacimiento de una izquierda revolucionaria y en armas que parece empezar a entender de lleno el mundo que nos toca vivir. Construyendo un “nosotros” real y creador, ancestral como nación kurda, o como identidad indígena, pero que salta por encima de todo diferencialismo y se proyecta como bastión de la totalidad de un pueblo, y a la hora de la guerra y las grandes batallas como fue la liberación de la ciudad de Kobane en manos del ISI, en el norte de Siria, o la insurrección de Chiapas, aprendieron a hablar por la humanidad entera.

No es un discurso en ambos casos “de las diferencias”, es mucho más de ellas, está en ellas y las trasciende desde ese “nosotros” que necesariamente conformamos como pueblo, pero que no le interesa para nada someter a distancia del resto de las identidades populares su condición de ser. Por el contrario, el movimiento revolucionario kurdo en el norte de Siria e Irak ha sabido, en una guerra infernal, unir naciones confrontadas históricamente como lo son las de los turcomanos, árabes, asirios, kurdos, en proyectos societales comunes y ejércitos compartidos, convirtiéndose en una fuerza militar de gran calibre que ya nadie puede ignorar, y que a un fascista probado como el presidente turco Erdogan le aterra. Y al tratarse de una circunstancia de guerra, hay por supuesto un “discurso de la sangre”, que nunca pudo entender el marxismo-leninismo ni el reformismo, pero que en este caso no se trata de grandezas y vacíos mesiánicos, muchos menos de razas, nacionalismos reaccionarios y aclamaciones de grandeza, sino de la sangre que estamos dispuestos a dar por nuestra liberación, de la sangre kurda que se derrama por todos los pueblos del mundo.

Llama la atención, en el caso del zapatismo, su obvia identidad indígena, como en el caso de los kurdos, su reivindicación central de la mujer. Sin embargo, no existe en el lenguaje e imaginario de estos movimientos, indigenismos o feminismos aislados e impotentes encerrados dentro de ellos mismos. Indígena y mujer, si vamos a sus documentos, constituyen piezas estratégicas dentro de una política universal de liberación que cumplen el mismo sentido que en algún momento, le dieron a la clase obrera marxistas y anarquistas.

La mujer dentro del medio oriente dado el feudalismo patriarcal de la situación, como el indígena en toda nuestramérica, son el lugar, el cuerpo y la conciencia principal, para la liberación de todos, de allí su papel político central, mas allá de todo “ismo” y de toda diferencia o de derechos aislados por reivindicar. Suponen como mujer o indígena tanto la dignidad como la potencia libertaria de todos y todas.

Se trata entonces de una nueva subjetivación del poder revolucionario que en este caso oxigena el conjunto de las resistencias mundiales, siendo “sangre” e “identidad”, pueblo, clase, género y nación, dando así un paso adelante que supone, por la profundidad de sus códigos políticos, una bofetada total a todo liberalismo y todo fascismo. Las puertas de la liberación siguen abiertas, y siguen sosteniendo un arma y un espíritu indoblegable, en su moral, su identidad, su alegría… ¡seamos kurdos, seamos zapatistas!

 

 

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