La reciente pelea entre el dirigente del casi extinto PRI, Alejandro “Alito” Moreno, y el actual Presidente del Senado, Gerardo Fernández Noronha, pone de manifiesto la crisis de respeto y tolerancia en el espacio político mexicano. En un recinto donde se supone deben prevalecer la discusión ordenada y la elaboración de leyes, ambos senadores escenificaron una trifulca que dejó claro el desprecio hacia las instituciones que representan.
Un espectáculo denigrante
Durante esta bochornosa confrontación, Moreno y Fernández Noronha demostraron ser figuras que anteponen sus intereses personales a los del país. En lugar de fomentar un ambiente de concordia, ambos optaron por una actitud provocadora y altanera, donde sus correligionarios alentaban la violencia en lugar de buscar la paz. Esta situación resulta inaceptable en un lugar que debería ser un ejemplo de civilidad y respeto.
Moreno, quien ha estado luchando por recuperar la confianza de los mexicanos, parece cada vez más acorralado. La realidad es que el PRI enfrenta un desprestigio histórico que se refleja en la fuga de miembros hacia Morena, mientras que Fernández Noronha, quien también ha perdido parte de su influencia, se ha convertido en un blanco fácil de las críticas.
Similitudes en la decadencia
Ambos líderes comparten características que los unen en su caída. Por un lado, Moreno enfrenta una demanda penal en su estado por el mal uso de recursos, mientras que se especula sobre las adquisiciones millonarias de Fernández Noronha, como su casa de más de 12 millones de pesos. Estos hechos no solo cuestionan su integridad, sino que también revelan un comportamiento abusivo y provocador que ha contribuido al deterioro de la política en el país.
La falta de respeto y el desprecio hacia la ciudadanía se hacen evidentes cuando ambos se concentran en sus peleas personales en lugar de atender los problemas que afectan a los mexicanos. La pelea del pasado 31 de agosto fue un claro reflejo de cómo las disputas internas han eclipsado las verdaderas responsabilidades que tienen como representantes del pueblo.
Es necesario que ambos sean investigados a fondo para esclarecer sus ingresos y justificar sus lujosos estilos de vida. La ciudadanía merece saber en qué están involucrados y cómo llegan a obtener tales riquezas, mientras ellos parecen estar más preocupados por su supervivencia política que por el bienestar del país.
En un contexto donde la violencia y la inseguridad social son temas candentes, esta pelea en el Senado solo sirve para alimentar el desprecio hacia las instituciones. La política debería ser un espacio para la construcción de consensos, no para escenificaciones de pugnas personales. Es hora de que los senadores se pongan a la altura de sus responsabilidades y dejen atrás el espectáculo vergonzoso que han ofrecido al país.