Los centros de datos que soportan la inteligencia artificial (IA) alcanzaron un nivel alarmante de consumo energético y de recursos hídricos, posicionándose como uno de los mayores consumidores a nivel mundial. Según un reporte del Instituto de las Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud, en 2025 estas instalaciones usaron 448 teravatios hora (TWh) de electricidad, lo que equivaldría a la novena nación con mayor gasto energético en el planeta.

Este gasto eléctrico, acompañado de una huella hídrica de 4.5 billones de litros —cantidad suficiente para abastecer a cientos de millones de personas—, refleja el impacto creciente de la IA. La demanda de agua para la refrigeración y operación de los centros de datos cubrió una superficie equivalente a varias veces la metrópoli de Londres y generó emisiones aproximadas de 189 millones de toneladas de CO2, cifra que requeriría la plantación de miles de millones de árboles durante una década para ser compensada.

El informe destaca que para 2030 el consumo eléctrico podría más que duplicarse, superando los 945 TWh, mientras que la huella hídrica y territorial crecerían en proporciones similares. Uno de los principales factores es que la participación de la IA en el consumo total de los centros de datos pasó del 20% en 2025 a una proyección del 40% para 2030.

El documento diferencia dos etapas críticas del funcionamiento de la IA: el entrenamiento y la inferencia. Aunque el entrenamiento de los modelos consume grandes cantidades de recursos, la inferencia —el proceso de responder a las consultas de los usuarios— representa entre el 80 y 90% del consumo total de energía asociado a la IA. Por ejemplo, una consulta de texto típica con modelos como ChatGPT utiliza unas 200 veces más energía que un simple filtrado de correos electrónicos no deseados.

En cuanto al consumo energético según el tipo de contenido generado, la producción de imágenes con IA demanda 2.9 vatios hora, un nivel considerablemente mayor que una respuesta de texto. Sin embargo, los videos generados por IA constituyen la nueva frontera en consumo: un breve video puede gastar tanta electricidad como cientos de miles de consultas de texto, sumando otra capa de complejidad en la huella ambiental de esta tecnología.