La llegada de la Educación General Básica (EGB) en Extremadura coincidió con una etapa en la que la región comenzaba a definirse a nivel político y social. Mientras las ciudades experimentaban cambios urbanísticos y demandas de nuevas instituciones como universidades propias, las aulas rurales mostraban una realidad muy distinta, marcada por la escasez de recursos y métodos tradicionales.
En pequeños pueblos, las escuelas estaban atendidas por pocos maestros que cubrían niveles diversos y afrontaban condiciones laborales y materiales limitadas. La educación era muy básica y en ocasiones improvisada: en algunos casos, los niños llevaban sus propias sillas por la falta de mobiliario, y las tareas se copiaban a mano ante la ausencia de fotocopias o materiales didácticos preparados.
Las prácticas escolares combinaban el aprendizaje con rituales religiosos, como el catecismo diario o la celebración de flores y ofrendas a la Virgen en mayo, cuando las aulas se convertían en espacios públicos muy vinculados a las tradiciones locales y familiares.
La enseñanza se organizaba a partir de la repetición y la memorización, con metodologías como las cartillas Rayas para la lectura y escritura, creadas para facilitar el acceso escolar a generaciones enteras en zonas rurales. Los juegos y actividades al aire libre formaban parte de la rutina cuando el tiempo lo permitía, contribuyendo a que la escuela fuera también un espacio de socialización y descubrimiento.
Estos relatos dan cuenta de una educación profundamente arraigada en la cotidianeidad y las limitaciones de aquel tiempo, cuando Extremadura todavía no contaba con estructuras completas para la educación infantil como hoy en día, y la jornada escolar incluía turnos partidos que combinaban clases en el aula con salidas al campo.
La EGB fue un puente entre dos épocas: un sistema que reflejaba las raíces rurales y tradicionales de la región, mientras Extremadura avanzaba hacia la autonomía, estrenaba símbolos propios y recibía visitas oficiales que confirmaban su nuevo estatus político. En las aulas, sin embargo, la autoridad seguía siendo un valor clave, y las pizarras, las tizas y la disciplina representaban la estructura básica para un país que abandonaba el franquismo y se abría a la Transición.
Esta etapa educativa, considerada por algunos como la «escuela de los cagones» por la cultura de disciplina y rigidez, dejó una huella que marcaría a varias generaciones, y cuyo recuerdo conserva un valor histórico para comprender cómo se construyó la educación en Extremadura hasta llegar a los modelos actuales.

