El sistema educativo refleja una contradicción creciente: mientras el Estado reconoce la importancia de las competencias de enseñanza a través de certificaciones como la EC0217, estas habilidades permanecen ausentes en la formación inicial de la mayoría de los profesionistas.
Actualmente, las universidades se enfocan en acreditar el conocimiento técnico y disciplinar, pero dejan la habilidad para comunicar y transmitir ese conocimiento a certificaciones externas que los profesionales deben obtener por su cuenta, frecuentemente pagando los costos asociados. Así, el proceso de formación queda fragmentado y disociado, aunque en la práctica la capacidad para enseñar y para saber están íntimamente ligadas.
Esta situación abre el debate sobre la estrategia educativa: si estas certificaciones buscan elevar la calidad de la enseñanza o si, por el contrario, funcionan como un parche para suplir deficiencias formativas que la educación superior no ha resuelto. En un mercado laboral donde cada vez más profesionales deben instruir, liderar equipos, transferir conocimientos o facilitar el aprendizaje, resulta cuestionable no incorporar estas habilidades desde los planes de estudio universitarios.
Incluir competencias didácticas no implica transformar a todos los egresados en docentes, sino reconocer que la enseñanza es una habilidad transversal presente en casi todas las profesiones. Preparar especialistas con un dominio técnico sólido ya no basta; también se requiere formar profesionales capaces de comunicar eficazmente sus ideas, colaborar en la construcción del conocimiento y facilitar el aprendizaje colectivo.
Así, una revisión profunda de los perfiles de egreso y la actualización curricular podrían responder mejor a las demandas profesionales actuales, en lugar de depender únicamente de certificaciones externas que fragmentan la formación y trasladan a los propios profesionales la responsabilidad de adquirir competencias pedagógicas esenciales para su desarrollo.

