El rojo pompeyano es un pigmento mineral que adquirió relevancia definitiva tras su hallazgo en los frescos conservados en Pompeya, antiguos testimonios artísticos cubiertos por la erupción del Vesubio en el año 79 d.C. La transformación del color original de las paredes, un ocre amarillento, en un rojo intenso se debió a las altísimas temperaturas provocadas por la ceniza y gases volcánicos, que modificaron los óxidos de hierro en la pintura.

Este tinte, caracterizado por su tonalidad rojiza con un toque terroso, fue recuperado en el siglo XVIII durante las excavaciones oficiales promovidas por los Borbones y supervisadas por ingenieros bajo el mandato de Carlos III de España, entonces rey de Nápoles. El rojo pompeyano pasó de ser un simple pigmento arqueológico a un símbolo de la estética romana clásica, rápidamente adoptado por artistas y decoradores europeos.

En el ámbito artístico, el rojo pompeyano emergió como una influencia clave para figuras como Gauguin y Matisse, quienes incorporaron su saturación y profundidad en sus obras, convirtiéndolo en un referente para el uso expresivo del color. Simultáneamente, la aristocracia y los monarcas ilustrados introdujeron este pigmento en la decoración palaciega, ejemplo de ello son los frescos del Palacio Pitti en Florencia y diversas residencias nobiliarias, donde este rojo se convirtió en un elemento de prestigio y un vínculo visual con la antigüedad clásica.