La tragedia tocó a Laura Hernández a través de la distancia y la incertidumbre. Desde Mérida, Extremadura, recibió en plena madrugada la noticia de un terremoto devastador en Venezuela, su país de origen, donde tres familiares suyos fallecieron bajo los escombros de un edificio colapsado.

El derrumbe ocurrió en un complejo residencial de La Guaira, donde un edificio de dos torres se desplomó parcialmente. Su tío, de 45 años, y sus dos primos, una adolescente de 15 y un joven de 26, quedaron atrapados en el piso once. Las horas que siguieron se convirtieron en una agonía para Laura, que desde España solo podía observar el avance de las noticias por el móvil, sin poder ayudar directamente.

La espera desesperada terminó cuando la familia confirmó la peor noticia: sus familiares habían sido hallados sin vida. Ante la falta de respuesta suficiente de los servicios de emergencia, fueron sus propias parientes, entre ellas sus tías, quienes con sus manos escarbaron entre los escombros para recuperar los cuerpos. En ese momento estaban en Caracas, a unos veinte kilómetros de distancia, impotentes frente al desastre.

Laura vivió momentos intensos de ansiedad y temor, incluso llegando a desvanecerse, mientras su pareja tuvo que dejar el trabajo debido al impacto emocional. La joven denuncia que la gestión institucional tras el desastre fue deficiente, y que la acción pública no estuvo a la altura para asistir a las víctimas en las primeras horas críticas.

Este episodio doloroso refleja no solo la fuerza de una catástrofe natural, sino también la fragilidad y las carencias que enfrenta Venezuela en situaciones de emergencia. Para Laura, la pérdida va más allá de lo personal y simboliza la complejidad de un país donde tragedias como esta combinan el dolor humano con las limitaciones estructurales que afectan su capacidad de respuesta.