La guerra entre Irán y Estados Unidos, que comenzó con una campaña aérea en febrero sin previo aviso a los aliados, lleva ya tres meses marcados por un desgaste significativo en el armamento estadounidense y una crisis política interna en la Administración Trump. Según análisis de militares españoles y expertos en geopolítica, el conflicto, basado casi en exclusiva en ataques aéreos, ha consumido un volumen importante de munición de alto valor táctico como misiles Tomahawk y bombas GBU de gran potencia.

Una de las señales más evidentes del impacto interno de esta guerra es la caída histórica en la popularidad del presidente estadounidense Donald Trump. Según la revista The Economist, su aprobación ha caído a uno de los puntos más bajos en 17 años, con una mayoría de ciudadanos manifestando su desaprobación, lo que complica la continuidad del conflicto en el Congreso.

Por otro lado, la prolongación de la guerra sin lograr una negociación que siente a Irán en la mesa de diálogo —tal como han señalado autoridades españolas y europeas— sugiere que la campaña podría estar favoreciendo indirectamente al régimen iraní. Voces expertas han declarado en foros especializados que, pese a verse militarmente debilitado, Irán podría salir políticamente fortalecido de este enfrentamiento.

El desgaste material incluye un uso elevado de misiles de alta precisión, en una guerra donde el coste económico estimado supera los 25.000 millones de dólares, cifra que engloba las municiones utilizadas en ataques cibernéticos y físicos destinados a infraestructuras estratégicas y búnkeres subterráneos.

El contexto de esta confrontación vuelve inciertos tanto los objetivos como el desenlace. Autoridades españolas, presentes en jornadas de análisis en La Granja de San Ildefonso, han expresado su incertidumbre sobre las razones iniciales y el propósito final del conflicto, que sigue evolucionando sin que las partes hayan comenzado un diálogo efectivo.