El movimiento ambientalista nació de la urgencia por administrar recursos limitados en un mundo que los explotaba como si fueran inagotables. A pesar de que diversas culturas indígenas reconocían la naturaleza como sagrada, faltó una conciencia colectiva que frenara la degradación ambiental a nivel global.
El siglo XVIII marcó un cambio con la Ilustración, cuando la ciencia y la tecnología comenzaron a identificar que la actividad humana alteraba el entorno de forma visible y medible. La rápida urbanización en Europa y América impulsó la creación de zonas protegidas y parques, no solo para salvaguardar especies, sino como espacios que contrarrestaran la contaminación y el hacinamiento derivados de la industrialización.
Después de las guerras mundiales, se evidenció el alto costo ambiental y social del modelo económico basado en un crecimiento constante y la explotación intensiva. Durante las décadas de los 50 y 60, el ambientalismo se entrelazó con movimientos sociales como el pacifismo, el feminismo y los derechos humanos, estableciéndose como un valor ético fundamental que cuestionaba la civilización moderna en busca de un desarrollo equitativo y sostenible.
La idea de la Tierra como una “aldea global” ganó fuerza, planteando que el medio ambiente no pertenece a países o culturas particulares, sino que es un bien común que debe protegerse más allá de fronteras políticas. Esta visión promovió la participación activa de las Naciones Unidas, transformando la protección ambiental en una prioridad internacional.
En ese contexto, se crearon iniciativas clave como el Programa “El Hombre y la Biosfera” en 1970, resultado de la Conferencia sobre la Biosfera de 1968, que impulsó estudios sobre cómo afecta la actividad humana a la biodiversidad. Asimismo, la Conferencia de Estocolmo en 1972 fue el primer encuentro global en establecer una política ambiental común, dando pie a proyectos internacionales que sentaron las bases de la legislación ambiental actual.

