El deseo sexual no desaparece con la edad, pero en las residencias para personas mayores sigue siendo un tema silenciado y poco abordado. Profesionales del sector alertan que la sexualidad entre los residentes es una realidad cotidiana, aunque todavía rodeada de tabú y prejuicios que dificultan su gestión adecuada.

El presidente de la Federación Empresarial de la Dependencia, que también dirige un grupo con varias residencias, reconoció que este tema genera incomodidad entre los responsables de los centros. Aseguró que faltan protocolos claros y capacitación específica para que los profesionales sepan cómo actuar ante situaciones que involucran afectos y sexualidad en la vejez, sin caer ni en la frivolidad ni en el silencio.

La socióloga Carmen Núñez, autora de un ensayo sobre la sensualidad en personas mayores, afirmó que el deseo sexual persiste incluso después de los 80 o 90 años, pero que la sociedad lo invisibiliza debido al ageismo y a prejuicios culturales. Criticó el paternalismo que rodea a esta cuestión, pues los familiares de los residentes suelen rechazar que sus mayores expresen su sexualidad, lo que complica la labor de los cuidadores.

El psicólogo Feliciano Villar subrayó que, aunque el derecho a la intimidad y la afectividad debe respetarse para los residentes, el tema suele convertirse en un problema para los equipos de atención. Esta tensión entre el respeto a la autonomía de los mayores y las expectativas o miedos de los familiares genera un vacío legal y ético en la mayoría de los geriátricos.

Las anécdotas sobre parejas que se acarician o manifiestan afecto en espacios comunes no son casos aislados. Sin embargo, la respuesta habitual por parte del personal suele ser la intervención rápida para separar a los involucrados, mientras el resto ignora lo ocurrido. Esta reacción refleja una falta de preparación para tratar la sexualidad en la tercera edad como un aspecto más de la calidad de vida de los residentes.

Expertos insisten en la necesidad de romper con los prejuicios y de implementar políticas que permitan normalizar las relaciones afectivas en residencias. Esto implica diseñar protocolos claros y brindar formación constante a quienes trabajan en la atención a personas mayores, favoreciendo un enfoque que respete su dignidad, deseo y autonomía hasta el final de sus vidas.