La sequedad vaginal se define como la disminución de la lubricación natural en la vagina, ligada a cambios en la mucosa que la vuelven más fina, menos elástica y poco hidratada. Esta condición forma parte del síndrome genitourinario de la menopausia, un conjunto de síntomas que suelen aparecer en mujeres alrededor de los 45 a 50 años, aunque puede manifestarse antes en ciertos casos.
El flujo vaginal, producido principalmente por el cuello uterino y las glándulas de Bartholino y Skene, cumple funciones esenciales como lubricar durante las relaciones sexuales, proteger contra infecciones y mantener un pH ácido adecuado, fundamental para el equilibrio vaginal. Cuando esta secreción disminuye, la mujer puede experimentar molestias como dolor durante el coito, picor o escozor, aunque no siempre se percibe sequedad en sentido estricto.
La causa más común de esta condición es la reducción en los niveles de estrógenos, especialmente durante la menopausia, ya que estas hormonas mantienen la elasticidad y humedad de la mucosa vaginal. Otros factores desencadenantes incluyen la lactancia materna, tratamientos hormonales como anticonceptivos de baja dosis, y terapias oncológicas que afectan la función ovárica.
Es común que muchas mujeres no consulten con profesionales de la salud por vergüenza o por considerar que la sequedad vaginal es un proceso natural inevitable. Por otra parte, en algunos casos, las pacientes reciben un diagnóstico pero no se les informa adecuadamente sobre las alternativas terapéuticas disponibles, lo que deja el problema sin tratamiento.
El diagnóstico se realiza mediante una evaluación clínica que incluye la valoración de síntomas y cambios en la mucosa vaginal. La sequedad puede ser transitoria, por ejemplo durante la lactancia o por uso de ciertos medicamentos, o persistente, como suele ocurrir en la menopausia si no se trata, pudiendo empeorar progresivamente.
El tratamiento de la sequedad vaginal busca restaurar la hidratación y elasticidad de la mucosa, aliviar los síntomas y mejorar el bienestar sexual. Las opciones incluyen terapias hormonales locales, hidratantes y lubricantes específicos, así como la corrección de causas subyacentes cuando es posible.
Es fundamental que las mujeres conozcan esta afección y consulten con su médico para recibir un diagnóstico adecuado y acceder a tratamientos efectivos. Romper el estigma alrededor de este problema permitirá una mejor calidad de vida para quienes lo padecen.

