En la árida llanura de Yibuti, cientos de migrantes exhaustos intentan regresar tras fracasar en su intento por alcanzar Yemen atravesando uno de los corredores migratorios más peligrosos del planeta. Entre ellos está Jemal Ibrahim Hasan, un joven etíope que caminó más de 500 km desde el norte de su país, huyendo de la violencia y la falta de oportunidades.

El viaje a pie se convierte en un calvario bajo el sol abrasador, con pies hinchados y ampollas. Tras arribar a la costa, muchos embarcan en pequeñas y precarias embarcaciones hacia Yemen. Sin embargo, la guardia costera yemení captura gran parte de ellos, enviándolos a centros de detención sin alimento ni agua, donde permanecen durante días antes de ser deportados a Yibuti.

La travesía marítima está cargada de riesgos que se suman a la dureza del recorrido terrestre. En el último naufragio registrado cerca de Obock murieron al menos nueve migrantes y decenas desaparecieron en el mar, un reflejo de la crisis humanitaria que afecta a esta ruta migratoria. Este corredor, que separa a Yibuti y Yemen a apenas 30 kilómetros, ve llegar diariamente entre 200 y 300 personas desesperadas.

Zinab Gebrekristos, una joven de 20 años proveniente de la región de Tigray en Etiopía, simboliza la tragedia de estos migrantes. Tras pagar una suma elevada a traficantes, perdió su dinero y teléfono en el camino, quedando atrapada durante días sin recursos básicos en la costa de Yibuti. La violencia y la pobreza la empujaron a emprender esta peligrosa ruta que condiciona la vida de miles cada año.

A pesar de las constantes amenazas –hambre, abusos, naufragios y detenciones– la Ruta del Este continúa siendo la única alternativa para muchos que huyen de conflictos armados, crisis económicas y desastres naturales en sus países de origen.