En las universidades mexicanas, la inteligencia artificial generativa (IAG) se ha impuesto como una herramienta habitual entre estudiantes y docentes, según un reciente estudio de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Más del 60% de los alumnos usa esta tecnología diariamente, principalmente para la elaboración de textos académicos, y una mayoría reconoce que mejora su rendimiento. Sin embargo, el alcance y la aceptación de la IA esconden una problemática: la consolidación de una “autoridad algorítmica” que puede influir en la formación universitaria de forma sutil pero relevante.

La Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de la Inteligencia Artificial Generativa en la educación superior (ENIAG 2025) reunió las opiniones de más de un millón de estudiantes y 133 mil docentes. Con resultados contundentes, mostró que la gran mayoría conoce e incorpora la IAG en sus actividades académicas cotidianas. Ocho de cada diez estudiantes la emplean especialmente para redactar textos, y siete consideran que la IA transformará su carrera o área de estudio. No obstante, este avance tecnológico llega acompañado por un fenómeno peligroso: la aceptación sin cuestionamientos de los contenidos generados por estos sistemas.

Este sesgo de confianza se ejemplifica en situaciones cotidianas, como la de una estudiante que recurre a ChatGPT para redactar un ensayo sobre cuestiones éticas en el sistema penitenciario mexicano. El texto que recibe, aunque estructurado y con un tono académico, incorpora interpretaciones que minimizan problemas estructurales profundos y sobredimensionan soluciones tecnológicas generalizadas, ignorando los contextos históricos y sociales específicos. La inteligencia artificial, al presentar estas ideas con un aspecto objetivo y científico, otorga una autoridad a sus resultados que no siempre está justificada.

El fenómeno de la autoridad algorítmica implica que la IAG no solo replica sesgos sociales y culturales, sino que los refuerza con una aparente neutralidad, dificultando que estudiantes y docentes detecten las limitaciones y distorsiones inherentes a estos sistemas. Así, la confianza en la IAG puede afectar la formación crítica y ética, priorizando respuestas tecnológicas que no abordan las raíces de los problemas abordados.

Ante este escenario, la SEP pone sobre la mesa la necesidad de fomentar el pensamiento crítico y el análisis contextual al usar estas herramientas. La integración de la inteligencia artificial en la educación superior no debería limitarse a un uso funcional, sino también incluir la reflexión sobre sus impactos, limitaciones y potenciales riesgos en la construcción del conocimiento académico.