Entre los años 2000 y 2025, China ha invertido alrededor de 24.000 millones de dólares en la construcción y financiación de 168 bases portuarias distribuidas en 90 países. Este despliegue busca crear una infraestructura logística amplia y autónoma que permita a Pekín operar sin depender de intermediarios y responder con eficacia a eventuales bloqueos o estrategias de contención militar.

Un ejemplo significativo es el puerto multipropósito de Chancay, en Perú, que representa una inversión cercana a los 3.600 millones de dólares. Construido sobre terrenos que hasta hace pocos años eran playas vírgenes, este puerto se levanta a escasos 70 kilómetros de Callao, un centro clave para la pesca internacional, donde incluso operan flotas gallegas. Este desarrollo se financió en parte mediante un préstamo sindicado de casi 1.000 millones otorgado por cinco bancos chinos, y su accionista mayoritaria es Cosco Shipping Port, una empresa estatal china, en alianza con Volcan Compañía Minera.

En contraste, Argentina rechazó una propuesta similar para un puerto en Tierra del Fuego, promovido por Shaanxi Chemical Industry Group y vinculado al gobierno de la provincia china de Shaanxi. El proyecto de 1.250 millones de dólares fue cuestionado por sectores políticos y civiles que lo interpretaron como un intento de establecer una base logística para la flota pesquera china en el Atlántico Sur y expandir su influencia en esa región y la Antártida.

El estudio difundido por AidData, un laboratorio basado en Estados Unidos, muestra que la estrategia china no busca la soberanía territorial sino asegurar espacios de apoyo logístico y operaciones comerciales y militares. Según Alexander Wooley, director de Alianzas y Comunicaciones de AidData, esta red portuaria ofrece a Pekín una independencia estratégica sobre sus rutas marítimas más importantes, generando una alternativa a las infraestructuras controladas por potencias rivales.

Esta red incluye terminales que atienden a diversos sectores, desde la pesca hasta la minería y el comercio. Además, permite a China expandir su presencia en regiones clave como América Latina, África y Asia, fortaleciendo su posición en la competencia global por el control de las rutas marítimas y los recursos naturales.