En junio de 1942, Japón lanzó una operación militar que pasó desapercibida durante mucho tiempo: la invasión de las islas Aleutianas, un remoto archipiélago de Alaska. Esta ofensiva formó parte de la estrategia japonesa para impedir una posible contraofensiva estadounidense desde el norte y para asegurar una avanzada en territorio enemigo, justo después del ataque sorpresa a Pearl Harbor.
El ataque inició con el bombardeo de Dutch Harbour, la única base norteamericana en la zona, realizada por aviones lanzados desde portaaviones que meses antes participarían en la crucial batalla de Midway. Tras el bombardeo, los japoneses desembarcaron en Attu y Kiska, islas prácticamente deshabitadas salvo por algunos nativos unangax y un puesto meteorológico con apenas diez soldados, quienes se rindieron sin ofrecer resistencia.
La sorpresa inicial impactó a los mandos estadounidenses, que enviaron rápidamente refuerzos y una flotilla compuesta por dos cruceros y cuatro destructores, aunque no con la celeridad ni equipamiento óptimos, pues gran parte de sus fuerzas estaba destinada al teatro principal del Pacífico. Mientras Japón consolidaba su posición, construyendo pistas de aterrizaje en ambas islas, las condiciones climáticas extremas —tormentas, bajas temperaturas e icebergs— dificultaban el envío de suministros y la movilidad de las tropas.
La estrategia norteamericana consistió en un avance lento pero constante desde el continente hacia las islas, estableciendo bases de suministros y pistas de aterrizaje para fortalecer su presencia y preparar el contraataque. Durante meses, los combates directos fueron escasos, pero la población civil del archipiélago sufrió severas consecuencias. Los civiles fueron evacuados de manera forzosa, algunos hacia campos de internamiento en Alaska, otros deportados a Hokkaidó en Japón, donde enfrentaron condiciones duras y abusos tanto por el clima como por el trato recibido.
El punto de inflexión ocurrió en 1943, cuando se libró la batalla naval de las islas Komandorski, donde las flotas estadounidense y japonesa se midieron en un intenso combate que duró varias horas y terminó con la retirada nipona. Esto aisló a las tropas japonesas en Attu y Kiska, que quedaron como únicos reductos en territorio estadounidense.
La campaña para recuperar estas islas comenzó con la invasión de Attu en la primavera de 1943. Más de 15.000 soldados estadounidenses desembarcaron sin contar con el equipamiento adecuado para el frío, enfrentándose a una feroz resistencia en un terreno abrupto y gélido. La recuperación de Kiska sería más tardía y complicada, ya que las tropas japonesas evacuaron la isla antes de que las fuerzas americanas y canadienses tomaran posición, evitando un combate directo.
Este episodio representa una rara excepción en la historia de la Segunda Guerra Mundial, pues supuso una invasión japonesa sobre suelo estadounidense continental, aunque en una región aislada y difícilmente accesible. Además, revela la complejidad de la guerra en el Pacífico, donde las hostilidades no solo se libraron en el mar y las islas del sur, sino también en territorios polares con condiciones hostiles que afectaron tanto a militares como a civiles.

