La elección de 2023 marcó un quiebre histórico en la política del Estado de México, poniendo fin a casi un siglo de hegemonía del PRI. Este cambio representó la confirmación de que el voto ciudadano puede modificar el rumbo político y social de la entidad más poblada del país.
Más allá de la alternancia, el proceso permitió que nuevos actores políticos y sociales ocuparan espacios antes controlados por un grupo reducido. La pluralidad que emergió generó nuevos equilibrios de poder y favoreció un escrutinio más riguroso sobre las decisiones gubernamentales, desde contratos hasta obras públicas.
La llegada de la primera gobernadora en la historia del Estado de México significó un punto de inflexión en una estructura tradicionalmente dominada por hombres. Este hecho, además, simbolizó una apertura hacia la diversidad y el cambio en la conducción política de la entidad.
La derrota del antiguo partido hegemónico y el ascenso de una fuerza política distinta obligaron a ambos a replantear sus estrategias y asumir mayores responsabilidades, lo que genera un escenario de competencia real y reflexión sobre su desempeño ante los ciudadanos.
Este cambio político también transformó la conversación pública, desplazando temas que antes eran periféricos para darle centralidad a cuestiones como la corrupción, la desigualdad territorial, la austeridad y la justicia distributiva. La entidad dejó de ser una excepción en el mapa político nacional y se integró a una dinámica democrática ya presente en buena parte del país.
En suma, la alternancia abrió la puerta para que la sociedad local recupere la confianza en las urnas y asuma una postura más activa frente al ejercicio del poder, fomentando que no haya dueños únicos del gobierno y que este pertenezca a los ciudadanos.

