Durante buena parte del siglo XIX, la extracción de hielo natural fue una industria indispensable para conservar alimentos y mantener frescas las bebidas. Antes de la generalización de los congeladores domésticos, los hieleros o cortadores de hielo desempeñaban un papel crucial, trabajando en condiciones extremas para lograr que grandes bloques de hielo perduraran meses en las casas de hielo.

El proceso comenzaba en lagos y ríos congelados, donde el hielo debía alcanzar un grosor suficiente para soportar el trabajo y el peso de caballos y herramientas. Primero se despejaba la nieve acumulada y luego se trazaban líneas con arados para dividir la superficie en cuadriculas. Los bloques, que podían superar los 20 kilos, se cortaban con largas sierras manuales y se extraían por canales para ser cargados en trineos.

El secreto para conservarlos hasta el verano estaba en las casas de hielo, construcciones semienterradas con muros gruesos y aislantes, donde el hielo se protegía con capas de serrín o paja. Esta técnica evitaba la transferencia de calor y permitía que el hielo permaneciera sólido durante meses, abasteciendo hospitales, pescaderías y hogares pudientes, una innovación básica para la época que sentó las bases de la refrigeración moderna.

Además, el oficio era especialmente duro y riesgoso. Los hieleros trabajaban en un entorno frío y volátil, con el peligro constante de caídas al agua por el hielo quebradizo. Muchos provenían de oficios rurales o pesqueros y buscaban ingresos durante el invierno, exponiéndose a congelaciones y accidentes graves. Este trabajo fue desapareciendo con la llegada de la electricidad y los congeladores domésticos, que revolucionaron la forma de conservar alimentos y eliminaron la necesidad de extraer hielo natural a mano.