El sentido común, esa capacidad básica que guía la prudencia y el juicio equilibrado, ha sido objeto de reflexión filosófica desde hace siglos. A pesar de su importancia, es uno de los recursos menos frecuentes en la toma de decisiones cotidianas y, sobre todo, en los espacios públicos donde se moldean las políticas que afectan a la sociedad.

François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, señaló que el sentido común es el «menos común de los sentidos», invitando a cuestionar cómo esta capacidad natural del ser humano suele pasar desapercibida o ser ignorada. No necesita de conocimientos especializados ni de talentos excepcionales, sino que surge del razonamiento práctico y de la experiencia acumulada en la vida diaria.

El filósofo escocés Thomas Reid definió el sentido común como una forma inherente de percepción y acción propia de los seres humanos maduros, que se mantiene constante más allá de eras o culturas. Para Reid, este sentido se basa en principios fundamentales que facilitan juicios razonables y orientan comportamientos adecuados, contribuyendo a la armonía social y a la convivencia basada en el respeto mutuo.

Una noción central dentro de esta reflexión es la sensatez, entendida como la capacidad de actuar con madurez, equilibrio y prudencia. Este enfoque resalta la importancia de reconocer los límites de nuestras acciones y su impacto tanto individual como colectivo. La sensatez, por tanto, no solo es un recurso intelectual sino también una guía ética en las relaciones sociales.

Sin embargo, la realidad actual muestra una realidad donde predominan el individualismo, la intolerancia y la ambición desmedida, factores que erosionan el sentido común y conducen al conflicto y al deterioro social. Frente a esto, la propuesta de Reid cobra relevancia al afirmar que el hombre justo es aquel que respeta a los demás y otorga a cada quien lo que le corresponde, subrayando que el bienestar personal no debe construirse a costa del perjuicio ajeno.