Un mecanismo de control interno dentro del crimen organizado, conocido como “La Chapiza”, ha logrado socavar la efectividad de las fuerzas policiales y militares al interior de las comunidades afectadas por la violencia. Esta contraseña permite que integrantes del narcotráfico manejen o desactiven retenes, facilitando el libre tránsito de sus operaciones.
Este sistema de claves o contraseñas opera principalmente en regiones con fuerte presencia de cárteles, donde policías locales y elementos de seguridad se ven comprometidos o intimidados para permitir el paso de vehículos y personas vinculadas a actividades ilegales. De esta forma, “La Chapiza” funciona como un mecanismo de autoprotección y supervivencia dentro del mundo delictivo, incluso implicando la infiltración o la colusión de agentes estatales.
El fenómeno ha sido señalado como una muestra clara de la alta penetración del narcotráfico en las instituciones de seguridad, complicando los esfuerzos para combatir el crimen organizado. Esto no solo afecta la seguridad pública sino que también erosiona la confianza ciudadana en las autoridades encargadas de protegerlas. Los retenes, tradicionalmente usados para la vigilancia y control, pierden su eficacia ante esta dinámica de corrupción y amenazas.
Las autoridades han detectado que “La Chapiza” actúa como un filtro interno dentro de los cuerpos policiales, una herramienta que garantiza el paso seguro de quienes forman parte de la red criminal o sus colaboradores. Además, la existencia de este sistema revela el nivel de organización y sofisticación con que cuentan los cárteles para mantenerse vigentes en sus zonas de influencia.
En este contexto, esfuerzos recientes para desmantelar laboratorios y estructuras delictivas han sido insuficientes para eliminar esta estructura clandestina. La difícil relación entre fuerzas de seguridad y grupos criminales, y la infiltración de estos últimos en organismos oficiales, plantea un desafío significativo para la política de seguridad nacional.

