En el debate público mexicano ha surgido un fenómeno inquietante: una élite que abandona la confianza en su propio país. Distintos líderes políticos y empresarios han comenzado a plantear la presión externa como un mecanismo legítimo para abordar dificultades internas, un cambio que refleja menos una postura ideológica y más una crisis de convicción sobre la soberanía nacional.
Este fenómeno no es nuevo en la historia de México. Episodios como la pérdida de Texas y la guerra contra Estados Unidos ilustran cómo la fractura interna, cuando coincide con intereses externos, puede traducirse en pérdidas territoriales y políticas. Sin embargo, la raíz de esta crisis remite a un problema epistemológico: la idea de que las soluciones y el conocimiento válido están fuera del país, deslegitimando el sistema interno y promoviendo una visión tutelada del Estado.
Al camuflar este debilitamiento bajo términos técnicos como “cooperación” o “alineamiento”, se oculta una premisa profunda: la creencia de que México no es suficiente por sí mismo para hacer frente a sus retos. Así, el país pasa de ser un sujeto soberano a convertirse en un problema que otros deben resolver. Esta perspectiva genera un efecto corrosivo sobre la construcción de poder interno, ya que quienes no logran consolidarlo dentro del país buscan validación en fuerzas externas para compensar esa debilidad.
Por tanto, el problema trasciende lo político para convertirse en un dilema moral y cultural. La cuestión no es la falta de amor al país, sino la inseguridad estructural de sus élites para creer en él y en sus capacidades. Esta pérdida de confianza tiene consecuencias profundas para la soberanía y la autodeterminación nacional, pues erosiona la base intelectual sobre la que debería sustentarse el ejercicio efectivo del poder mexicano.

