El caso de Nesma refleja la dura realidad de muchas mujeres en Sudán: víctimas de violaciones cometidas por combatientes paramilitares durante el conflicto armado, ahora deben enfrentar la carga física y social de un embarazo forzado. Nesma fue violada por tres soldados hace dos años en Jartum, capital del país. Su hijo, Yaser, fruto de esa violencia, carga con la estigmatización que sufren estas madres y sus bebés, quienes a menudo son rechazados socialmente.
Nesma no descubrió su embarazo hasta que tenía cinco meses y dudó hasta último momento si llevar a término el embarazo. Finalmente decidió cuidar a su hijo, consciente de que no es responsable del delito cometido ni tampoco su hijo. Su historia expone un fenómeno extendido durante años en Sudán, donde la violación se ha utilizado como arma de guerra para desestructurar familias y comunidades.
Los testimonios recogidos reflejan un patrón repetido: mujeres abordadas en transporte público, divididas según su género y violadas en grupo por miembros de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), un grupo paramilitar implicado en abusos sistemáticos denunciados por la ONU. Muchas víctimas prefieren no denunciar por miedo a la vergüenza, el rechazo familiar o la violencia social, lo que dificulta el acceso a atención médica y apoyo psicológico.
Según fuentes oficiales internacionales y locales, se contabilizan miles de mujeres afectadas por este abuso sexual, muchas de las cuales llevan embarazos en secreto o han acudido a abortos no registrados. La ministra de Asuntos Sociales de Sudán señaló que gran parte de estas mujeres no ha recibido ayuda, mientras que las ONG internacionales advierten sobre la magnitud del trauma y la ausencia de protección.
El estigma asociado a los hijos nacidos de estas violaciones agrava aún más la crisis. En comunidades conservadoras, las familias repudiaron a sus hijas; algunos esposos abandonaron o divorciaron a mujeres víctimas. Pocos pueden criar a estos niños abiertamente, y algunas madres han sido acusadas injustamente de colaborar con las fuerzas agresoras. En regiones afectadas como Darfur, las mujeres viven en refugios precarios y enfrentan aislamiento social.
El uso de la violencia sexual como estrategia para destruir el tejido social y provocar cambios demográficos en Sudán ha sido denunciado por la Relatora de la ONU sobre violencia sexual en conflictos, quien ha advertido sobre las consecuencias profundas de estas prácticas y la doble injusticia que sufren las víctimas.

