En el siglo XVI, el control del estrecho de Magallanes se volvió crucial para las potencias marítimas debido a su estratégica ubicación que conecta el Atlántico con el Pacífico. España, buscando asegurar su dominio, lanzó una ambiciosa expedición liderada por Pedro Sarmiento de Gamboa para establecer colonias que garantizaran su presencia en este territorio inhóspito. El resultado fue la fundación en 1584 de la ciudad de Rey Don Felipe, más tarde conocida como Puerto del Hambre, un asentamiento marcado por las peores condiciones posibles.
A pesar de la escala de la expedición, que movilizó decenas de barcos y miles de personas, numerosos imprevistos complicaron la misión desde antes de llegar al destino. Tormentas, naufragios y enfermedades redujeron las fuerzas iniciales, y al llegar, los colonos enfrentaron un entorno implacable. Las temperaturas extremas, fuertes vientos, tierra poco fértil y el aislamiento prolongado provocaron escasez de alimentos y enormes dificultades para cultivar o recibir suministros.
Las carencias alimentarias derivaron en una progresiva desnutrición, que junto con la hipotermia, infecciones y probable intoxicación por productos marinos, agravaron el deterioro físico de la población. El aislamiento y la insuficiente organización impidieron una respuesta efectiva a estos desafíos. Apenas unos años después, el lugar, que en el papel representaba un enclave estratégico para el imperio español, se transformó en un escenario de desastre.
En 1587, el corsario inglés Thomas Cavendish llegó al sitio y se topó con la terrible realidad: la colonia estaba desierta, solo quedaban ruinas y cadáveres dispersos. La magnitud de la tragedia lo impulsó a denominar el lugar como “Puerto del Hambre”, nombre que perduró como testimonio de la infausta experiencia. Más allá del hecho histórico, recientes hallazgos arqueológicos, entre ellos una moneda de plata bajo las ruinas de una iglesia, aportan nuevas pistas para reconstruir esta historia de fracaso y supervivencia.

