La tragedia vivida durante la inauguración de la Fundación Humanitaria de Gaza (GHF) hace un año sigue dejando marcas profundas en la población del enclave palestino. Más de dos mil personas murieron y miles resultaron heridas en estampidas y enfrentamientos en los puestos de distribución de alimentos, donde ahora aún quedan decenas de víctimas con secuelas físicas y emocionales.

En la actualidad, los gazatíes enfrentan una situación de escasez generalizada, que abarca desde alimentos hasta productos básicos de higiene y salud. Esta carestía se ha agravado desde el inicio de un conflicto abierto entre la región e Irán, empeorando la precariedad cotidiana. Hanaa Mansour, una mujer local, destaca que la falta de recursos afecta a todos los sectores, dejando a muchas familias sin opciones para cubrir necesidades mínimas.

Entre los heridos, Ahmed Kullab, un hombre de 31 años, permanece con una lesión grave en el pie tras asistir al punto de distribución en Tal Al Sultan, Rafah. Su situación médica requiere un injerto óseo imposible de obtener dentro de Gaza. Él relata cómo la desesperación por conseguir alimentos los llevó a arriesgar sus vidas y a presenciar la muerte y humillación de sus seres queridos, una experiencia que le reafirma la invisibilidad y desvalorización de la vida palestina.

Ahed Rabah, de 23 años, también sufrió fracturas en su pie mientras corría largas distancias para llegar a un centro de ayuda. Para él, el acceso a la comida es una cuestión de supervivencia que en aquel momento no se podía postergar ni evitar, debido a la ausencia de alternativas y la falta de dinero para comprar alimentos en el mercado, aun si estos hubieran estado disponibles.

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos emitió una estimación de las víctimas en torno a 2.140 fallecidos y más de 4.000 heridos durante los episodios registrados en los puestos de la Fundación Humanitaria. Sin embargo, no existe un conteo oficial consolidado de todas las consecuencias, mientras las heridas —tanto visibles como invisibles— continúan marcando a la sociedad gazatí.

Además del daño físico, esta crisis ha dejado huellas profundas en el tejido social y emocional de la población. La sucesión de tragedias ha generado un trauma acumulado que dificulta procesar el dolor, donde cada nuevo conflicto o restricción añade capas de inseguridad y sufrimiento. La experiencia colectiva ya no permite recordar con claridad los eventos pasados, pero sí consolida una realidad de supervivencia precaria día tras día.