El pasado domingo se celebraron dos años desde las elecciones en las que Claudia Sheinbaum y Rocío Nahle se convirtieron en la primera mujer presidenta de México y en la primera gobernadora de Veracruz, respectivamente. Este acontecimiento marcó un hito para la izquierda y para las mujeres en la vida política nacional, reconociendo un avance significativo hacia la inclusión en cargos de alto poder.

La llegada de estas mujeres al poder representó un rompimiento con décadas de exclusión femenina en la política mexicana, donde históricamente se relegaba a las mujeres a cargos secundarios o honoríficos, bajo un esquema dominado por figuras masculinas y estrategias de confrontación propias de partidos tradicionales como el PRI y el PAN. Este modelo, centrado en una visión patriarcal y familiar que privilegia al “presidente macho alfa”, ha sido ampliamente cuestionado frente a la realidad social del país.

En la vida cotidiana de muchas comunidades mexicanas, gran parte de las mujeres son quienes sostienen económicamente a sus familias, a menudo de manera independiente. Esta realidad contrasta con la percepción conservadora que mantuvieron sectores privilegiados y ciertos grupos políticos, que se niegan a reconocer el protagonismo femenino en el gobierno y continúan promoviendo narrativas que minimizan los méritos de Sheinbaum y Nahle.

La celebración organizada por la presidenta desde el Monumento a la Revolución en la Ciudad de México, un espacio con significado histórico y cultural, simbolizó además el compromiso con una nueva etapa política. Sin embargo, no todos los partidos estuvieron presentes: el Partido Verde hizo una notoria ausencia, y el PT mostró una marcada disminución en su participación dentro del acto, anticipando un escenario en el que comenzarán a probarse fuerzas y alianzas para el futuro político cercano.

Este aniversario no solo conmemora un logro electoral, sino que pone en evidencia la transformación en el papel de la mujer en la política mexicana, invitando a reflexionar sobre los obstáculos aún vigentes y la necesidad de superar modelos arcaicos de liderazgo que pretenden reservar el poder a figuras masculinas.