La sensación de calor intenso en la Ciudad de México no responde solo a la percepción. En los últimos meses, la temperatura se ha vuelto más persistente incluso en días donde antes el clima era más templado. Detrás de este fenómeno está la isla de calor urbana, un efecto directo de cómo han crecido y se han estructurado las ciudades modernas.

En ciudades densamente urbanizadas como la CDMX, el calor no se distribuye de manera uniforme. Hay zonas que concentran significativamente más temperatura que otras, formando verdaderas islas de calor. En estas áreas, el aire puede ser entre 1 y hasta 12 °C más caliente que en regiones cercanas. El fenómeno no es nuevo, pero se percibe con mayor intensidad actualmente debido a la expansión urbana acelerada.

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La causa principal radica en el diseño urbano mismo. El concreto, el asfalto y los materiales oscuros de edificios y calles absorben gran cantidad de radiación solar durante el día y la liberan lentamente durante la noche, manteniendo el ambiente caliente por períodos prolongados. A esto se suma la escasez de áreas verdes y cuerpos de agua, que naturalmente ayudan a enfriar el aire mediante sombra y evapotranspiración. El resultado es una ciudad que retiene el calor y dificulta que la temperatura disminuya, incluso durante las madrugadas.

Este efecto no ocurre con la misma intensidad en todos los momentos ni lugares. Se intensifica en días con cielo despejado, poco viento y alta radiación solar, generando concentraciones de calor en zonas específicas, especialmente en áreas con alta densidad de construcciones como los centros urbanos. Por eso es posible experimentar cambios bruscos de temperatura en trayectos cortos dentro de la misma ciudad.

Las consecuencias trascienden la simple incomodidad. Las islas de calor aumentan la demanda de energía eléctrica por el uso de ventiladores y aire acondicionado, elevan costos en los hogares, empeoran la calidad del aire y contribuyen a mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Además, representan un riesgo para la salud: pueden incrementar casos de golpes de calor, deshidratación y otras enfermedades, especialmente en poblaciones vulnerables como niños, adultos mayores o personas con enfermedades crónicas.