La enfermedad inflamatoria intestinal (EII) afecta a unas 60,000 personas en México, un número estimado por la Secretaría de Salud en un contexto donde no existe un registro nacional público y actualizado que permita conocer con exactitud su incidencia. Este padecimiento crónico resulta difícil de detectar debido a que sus síntomas iniciales, como diarrea crónica, sangrado rectal, dolor abdominal recurrente o pérdida inexplicable de peso, suelen confundirse con problemas gastrointestinales más comunes.

Especialistas advierten que la demora en identificar la enfermedad prolonga el sufrimiento de los pacientes y aumenta el riesgo de complicaciones severas. En este sentido, enfatizan la importancia de no normalizar síntomas persistentes e insistir en la búsqueda de atención médica oportuna para evitar que la condición evolucione sin un tratamiento adecuado.

La EII agrupa dos enfermedades principales con comportamientos distintos: la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn. La primera afecta sobre todo el colon y el recto y, si no se controla, puede elevar la probabilidad de desarrollar cáncer colorrectal, lo que convierte en esencial el seguimiento médico constante. Por su parte, la enfermedad de Crohn puede comprometer cualquier segmento del sistema digestivo, desde la boca hasta el ano, pero comúnmente afecta el intestino delgado y puede generar complicaciones como anemia, desnutrición, obstrucciones intestinales, fístulas y úlceras.

Para confirmar el diagnóstico de la EII no basta con una sola prueba. Según un estudio reciente, la identificación requiere un enfoque multidisciplinario que combine la historia clínica con exploraciones físicas, análisis de laboratorio, pruebas fecales, endoscopias, colonoscopias, biopsias y, en algunos casos, técnicas de imagen. Esta evaluación integral es necesaria debido a la variabilidad en la localización y severidad de la inflamación y su evolución en cada paciente.

La Secretaría de Salud ha señalado que los grupos más afectados son adultos jóvenes y personas entre 60 y 70 años, edades en las que la calidad de vida puede verse seriamente comprometida si la enfermedad no se detecta y trata a tiempo. De hecho, especialistas indican que una identificación temprana reduce riesgos de hospitalización, cirugías y daños intestinales permanentes, devolviendo a los pacientes la expectativa de una vida con mayor normalidad.