Francisco de Goya plasmó en 1814 lo que él mismo definió como su deseo de perpetuar "las más notables y heroicas acciones" del levantamiento madrileño contra las tropas francesas. "Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío" representa la represalia brutal del mariscal Murat tras la revuelta del 2 de mayo de 1808, cuando civiles intentaban impedir que la familia real francesa abandonara la capital. Desde entonces, el lienzo de casi tres metros de lado permanece como uno de los grandes atractivos del Museo del Prado, aunque su historia trasciende lo que se ve a primera vista.

Lo que llevó al maestro a empuñar el pincel sigue siendo objeto de debate. "Todo parece indicar que Goya actuó por patriotismo, aunque no sabemos si la iniciativa fue suya o respondía a una propuesta oficial. Y tampoco hay que descartar una motivación económica, ya que era un momento complicado donde escaseaban los encargos", explica Juan Carlos Lozano, doctor en Historia del Arte. Así, entre el sentimiento patrio y la escasez de trabajos, nació una obra que podría resumirse como el martirio heroico del pueblo llano por la libertad.

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La composición responde a un propósito preciso: mostrar la desigualdad brutal entre bandos. Los mártires aparecen de frente, con rostros desencajados y manos levantadas en postura reminiscente a Jesús crucificado. Los verdugos, en cambio, están de espaldas, convertidos en una máquina de matar fría y anónima. Gudrun Maurer, conservadora de Pintura Española del Siglo XVIII del Prado, destaca la maestría lumínica: una única y poderosa linterna ilumina al condenado central, mientras la población al fondo permanece en total oscuridad. El realismo sin precedentes aparece en un detalle terrible: la herida de bala en la frente del caído.

La obra ha sufrido tres grandes restauraciones. La primera en 1875, bajo la dirección de Salvador Martínez Cubells. Durante la Guerra Civil, el camión que transportaba el cuadro para ponerlo a salvo chocó contra un balcón, causando daños en la parte inferior. El Prado realizó reparaciones de emergencia y posteriores. La última intervención fue en 2007, enfocada en limpiar el barniz amarillento y mejorar retoques anteriores.

El lienzo, de una sola pieza, demuestra el virtuosismo técnico de Goya. Utilizó la espátula para crear texturas de tierra seca en el fondo, difuminó las piernas de los soldados hacia la distancia para generar profundidad espacial, y manejó la capa de preparación con magistralidad. Nunca se presta para exposiciones temporales. "Su estado es y será óptimo en el futuro", asegura Maurer. Una garantía que permite apreciar cada detalle de lo que muchos consideran la obra más violenta y expresiva del museo.