En México, el sentimiento de orgullo colectivo que alguna vez unió a la sociedad frente a sus grandes avances se encuentra en declive. Mientras el mundo vuelve su mirada hacia el país por eventos culturales y deportivos, crece la sensación de congoja ante la falta de reconocimiento a logros esenciales y la erosión de las instituciones que sostienen la democracia y el desarrollo.
Historias como la construcción del sistema carretero en una geografía complicada, la consolidación de organismos clave como Pemex y los Institutos Nacionales de Salud, o la creación de espacios culturales y educativos emblemáticos, formaron parte de un México orgulloso de su avance social y económico. La electrificación masiva, la innovación tecnológica en el IPN y la organización de eventos internacionales destacaron un momento en que el país avanzaba con movilidad social y crecimiento.
Hoy, sin embargo, las instituciones muestran signos claros de debilitamiento. El partido oficial, a través de su mayoría y mecanismos legales, ha establecido un control amplio sobre las cámaras legislativas, el poder judicial y organismos electorales, lo cual ha generado tensiones en la democracia mexicana. Medidas como la Prisión Preventiva Oficiosa y el reciente aval para la congelación de cuentas sin juicio previo han puesto en entredicho garantías básicas del debido proceso y la certidumbre jurídica.
Además, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, percibida como independiente, ha perdido credibilidad al ser vista como manejada desde el poder político. La crisis de los desaparecidos, catalogada como un problema complejo y de múltiples dimensiones, continúa sin una respuesta efectiva, reflejando la fragilidad del estado y el dolor social que enfrenta el país.
Este escenario no solo representa un retroceso institucional, sino también una pérdida del espíritu de servicio y compromiso colectivo que antes logró colocar a México como un referente regional en desarrollo y cultura. La desilusión, junto con la ausencia de un proyecto común, están socavando esa mística que impulsó al país en décadas pasadas.

