La celebración del Mundial de Fútbol 2026 en América del Norte se desarrolla en un ambiente cargado de tensiones que van más allá del deporte. Las políticas antimigrantes de Estados Unidos, las posturas del presidente Donald Trump y los conflictos internacionales complican la coyuntura, generando una atmósfera de incertidumbre y división en las tres naciones anfitrionas.
En México, la afición, que tradicionalmente vivió el fútbol con entusiasmo durante los eventos anteriores en 1970 y 1986, ahora se encuentra con una experiencia distante. El aumento en los precios de los boletos, las restricciones en el acceso a los estadios y los problemas de movilidad han contribuido a una creciente sensación de exclusión social y económica alrededor de las sedes. Muchos ciudadanos optan por seguir los partidos en espacios públicos con pantallas gigantes, como el Zócalo capitalino, debido a la inaccesibilidad del evento.
Expertos en estudios sociales y deportivos coinciden en que el impacto del Mundial debe analizarse desde un enfoque más amplio que el deportivo. El torneo funciona también como un fenómeno económico y político que pone en evidencia las desigualdades y conflictos en cada país anfitrión. En las discusiones académicas, se señaló que mientras las ganancias se concentran en las grandes corporaciones y en la entidad que regula el fútbol a nivel mundial, los costos recaen en las comunidades locales y los gobiernos.
Así, mientras Canadá aprovecha para fortalecer su identidad a través del torneo, México, Estados Unidos y Canadá enfrentan tensiones internas que condicionan la percepción ciudadana. En Estados Unidos, la politización del evento y la rígida política migratoria generan una atmósfera compleja para el desarrollo de la competencia. En México, además, las obras de remodelación y la gentrificación alrededor de las sedes elevan los costos y contribuyen a la distancia entre la organización y la población.
Este escenario destaca la desconexión entre la narrativa oficial de unidad y celebración con la experiencia real de los habitantes en las zonas donde se desarrollan los partidos. La combinación de problemas sociales, económicos y políticos constituye un desafío para la adecuada integración del evento con la sociedad que lo recibe.

