Las celebraciones del Mundial 2026 evidenciaron un marcado contraste en la manera en que Japón, Noruega y México manejaron la euforia colectiva. Mientras los japoneses y noruegos apostaron por la responsabilidad y el orden, México registró un despliegue de festejos intensos pero marcados por el descontrol y la violencia.
En Japón, la celebración estuvo acompañada de una conducta ejemplar: aficionados se encargaron de limpiar los estadios después de los partidos, siguiendo la norma cultural de dejar el espacio común mejor que al encontrarlo. Noruega, por su parte, tuvo festejos festivos pero ordenados, con rituales colectivos controlados y la presencia visible de autoridades nacionales como la realeza, quienes participaron activamente sin miedo al contacto con el público.
El caso de México fue diferente. Tras la victoria ante Ecuador, la celebración se tornó caótica: se reportaron muertes por asfixia, miles de personas atendidas por emergencias y daños a la propiedad pública. Este fenómeno estuvo vinculado al alto consumo de alcohol y a una falta de límites en la gestión del espacio público. La pasión no fue menor que en Japón o Noruega, sino que la diferencia radicó en la forma en que cada sociedad maneja la emoción colectiva y respeta las normas.
Estos comportamientos reflejan diferencias profundas en los niveles de desarrollo social e institucionalidad. Japón y Noruega figuran en lugares destacados en índices globales como el Desarrollo Humano, la percepción de corrupción y la paz mundial. Cuentan con instituciones sólidas, prensa libre, transparencia y un fuerte estado de derecho que obliga al cumplimiento estricto de las normas. En estos países, la cultura cívica promueve desde la infancia valores como el respeto por lo común y la honestidad, haciendo la corrupción socialmente inaceptable.
En contraste, México se encuentra muy por debajo en estos índices. El país enfrenta una alta impunidad, desigual aplicación de la ley, y un Estado de derecho débil donde muchas irregularidades quedan sin castigo. La gestión pública es opaca, con dificultades para la investigación ciudadana y la normalización de prácticas corruptas que erosionan la confianza social y las normas.
Este análisis subraya que la diferencia en las celebraciones no radica en menor intensidad emocional, sino en el grado de institucionalidad y cultura cívica que cada nación posee para canalizar la euforia colectiva sin afectar la convivencia social ni el bienestar común.

