En la glorieta dominada por la estatua de Frida Kahlo, una escena inusual marcó el inicio del Mundial 2026 en Ciudad de México. La escultura apareció cubierta con mensajes críticos hacia la FIFA, acompañada de banderas palestinas y de la diversidad sexual, y rodeada de carteles que denunciaban el «Mundial del despojo» y llamaban al boicot contra la organización.

Mientras miles de aficionados caminaban hacia el Estadio Azteca para la inauguración, en el mismo espacio se congregaban jóvenes, colectivos y vecinos que cuestionaban las consecuencias sociales y urbanas del torneo. Denunciaron específicamente la gentrificación, el saqueo de agua y el desplazamiento de comunidades locales como efectos directos de las obras y el cambio urbano impulsado por la Copa del Mundo.

La protesta rompía con la celebración oficial: a pocos metros, grupos de turistas y fanáticos lucían camisetas de sus selecciones y disfrutaban de la música y el ambiente festivo, mientras al otro lado de la calle se alzaban consignas en contra de la FIFA y su impacto en la ciudad. Los colectivos, en su mayoría habitantes de Santa Úrsula y zonas cercanas, exigían atención a problemáticas históricas como la especulación inmobiliaria y la falta de vivienda accesible, que consideran agravadas por el evento mundialista.

Cientos de asistentes se detenían a observar la estatua intervenida y a escuchar a los músicos que animaban la protesta. Algunos preguntaban por los motivos de la manifestación y recogían volantes explicativos, lo que evidenció un choque entre el festejo oficial y la crítica social que se desarrollaba en paralelo.

En medio de trompetas, matracas y música tradicional, la efervescencia deportiva y la protesta social convivían casi de manera simbiótica. Esta situación evidenció que el Mundial no solo es un evento deportivo sino también un escenario donde se cruzan conflictos locales vinculados a los efectos urbanos y sociales de la organización del torneo.