Cada cuatro años, millones de mexicanos se congregan espontáneamente en las calles para celebrar a su selección nacional. Se abrazan desconocidos, entonan el himno, pintan sus rostros con los colores patrios y experimentan un intenso sentido de pertenencia. Sin embargo, esta unidad temporal contrasta con la falta de disposición para defender valores esenciales que sostienen a una nación, como la justicia, la educación, la seguridad, la legalidad y el respeto a las instituciones.
El fenómeno del fútbol, más que un problema, representa uno de los pocos espacios sociales donde aún es posible convivir sin importar diferencias políticas, religiosas o socioeconómicas. Su función es valiosa: crea identidad, cohesión y esperanza. El problema surge cuando esa esperanza queda circunscrita al terreno de juego y no se extiende hacia la vida cotidiana y los retos del país.
Fuera de la cancha, México enfrenta crisis profundas que permanecen en el olvido colectivo. En intensas regiones, como Ciudad Juárez, se han registrado miles de homicidios dolosos que dejan familias rotas y comunidades fracturadas. La desaparición forzada sigue siendo una herida abierta, al igual que el constante aumento de feminicidios que evidencian la incapacidad del Estado para proteger a las mujeres.
Además, numerosos barrios sobreviven entre calles destruidas, parques abandonados, transporte deficiente y escuelas saturadas. Mientras los estadios se llenan para apoyar a la selección, en estos lugares no se ve la misma movilización ciudadana ni la indignación colectiva frente a estas problemáticas. No hay caravanas masivas, ni celebración por avances en la justicia o mejoras urbanas; solo el espectáculo deportivo genera satisfacción inmediata.
Este contraste revela una brecha entre la efervescencia colectiva que el sociólogo Émile Durkheim describió como la emoción compartida capaz de fortalecer el sentido de pertenencia, y la falta de esa misma energía aplicada a la vigilancia ciudadana y la participación constante. La emoción y la responsabilidad no logran fusionarse, y esta desconexión tiene consecuencias directas para la democracia.
En efecto, los sistemas democráticos no solo se debilitan por gobernantes corruptos o ineficaces, sino también por la apatía ciudadana que renuncia a ejercer presión sobre el poder. La celebración de un gol ofrece una gratificación inmediata, pero la construcción de un país requiere compromiso y esfuerzo sostenido que aún no se consolidan en la sociedad mexicana.

