Un equipo internacional de científicos encontró la evidencia más antigua conocida de la peste, detectando ADN de la bacteria en restos humanos que datan de hace casi 5,500 años, lo que adelanta en alrededor de 200 años el origen de esta enfermedad fatal. El hallazgo se ubicó en cementerios ubicados cerca del lago Baikal, en Siberia, donde estudiaron los restos de antiguos cazadores-recolectores.

Los expertos descubrieron que la peste no solo infectó individuos aislados, sino que desencadenó al menos dos brotes entre pequeñas comunidades familiares. El análisis genético mostró que la enfermedad pudo haber pasado inicialmente de marmotas —roedores nativos de la región— a los humanos, principalmente al consumir órganos crudos o manipular pieles infectadas. Posteriormente, la transmisión se produjo también entre personas por medio de la tos y los estornudos, lo que facilitó la expansión del contagio.

El estudio reveló que muchos de los fallecidos eran niños entre 8 y 11 años, posiblemente más vulnerables por su sistema inmunitario aún débil. Entre los entierros aparecieron agrupamientos familiares: se localizaron tres niñas enterradas juntas, dos de ellas posiblemente primas, así como una tía y su sobrino en la misma fosa, mientras que la sobrina de esta tía estaba en un entierro distinto. Este patrón evidencia que quienes enterraron a los muertos conocían sus relaciones personales, un detalle que aporta un aspecto humano al análisis científico.

Este tipo de peste prehistórica evolucionó mucho antes que la peste bubónica, la misma responsable de la Peste Negra que devastó Europa en la Edad Media. Sin embargo, los investigadores destacan que las formas antiguas de la peste también pudieron causar mortalidad significativa y brotes regionales, no muy diferentes a los episodios que marcaron la historia europea.

Los hallazgos fueron publicados en la revista Nature y contribuyen a una comprensión más profunda de la evolución histórica de una enfermedad que ha afectado a los humanos durante milenios y que, aunque rara, continúa existiendo hoy en día y puede tratarse con antibióticos.