Marilyn Monroe, una de las mujeres más emblemáticas del cine y símbolo sexual del siglo XX, nació hace cien años como Norma Jeane Mortenson. Detrás de su imagen pública, la actriz enfrentó durante toda su vida una intensa lucha contra la depresión, las adicciones y los efectos de una infancia traumática que marcaron su destino.

La joven Norma Jeane creció en hogares de acogida debido a la enfermedad mental de su madre, Gladys Baker, y sufrió abusos sexuales durante esa etapa. Buscando escapar, contrajo matrimonio a los 16 años, un vínculo breve que terminó tras cuatro años. Su transformación en Marilyn Monroe comenzó cuando incursionó en el modelaje y adoptó su icónico aspecto, incluyendo su cabello rubio platinado, que cautivó tanto a la industria como al público.

Monroe firmó su primer contrato con 20th Century-Fox y adoptó ese nombre artístico en honor a su familia materna y a la actriz Marilyn Miller. A partir de ahí, protagonizó películas que la consagraron como un símbolo de Hollywood, aunque su vida personal estuvo marcada por la ansiedad, insomnio y comportamientos autolesivos. Estudios recientes sostienen que padecía un trastorno maníaco-depresivo, lo que agravaba sus dificultades.

En sus últimos años, la actriz sufrió una profunda inestabilidad emocional y física, con un consumo excesivo de alcohol y medicamentos. Su muerte, que ocurrió cuando tenía 36 años, fue catalogada por los forenses como una sobredosis accidental o posible suicidio, reflejando su frágil estado de salud.

Su legado permanece intacto como un ícono cultural, pero el análisis de su vida revela las sombras detrás de la estrella, evidenciando que su éxito estuvo acompañado de heridas difíciles de superar.