Estados Unidos y China lideran por amplio margen la competencia global en inteligencia artificial (IA), concentrando juntas la mayor parte de la potencia informática y la inversión mundial. Estas dos potencias representan el 90 % de la infraestructura necesaria para entrenar y ejecutar los modelos de IA más avanzados, así como entre el 70 % y 80 % del capital que financia su desarrollo.
En 2025, ambos países fabricaron la mayoría de los modelos destacados a nivel mundial, con Estados Unidos a la cabeza. De los modelos de lenguaje más potentes, la mitad proviene de compañías estadounidenses, entre ellas OpenAI, Anthropic y Google, mientras que China aporta casi la otra mitad a través de empresas locales como Alibaba y DeepSeek. Europa, en comparación, sólo gestionó un modelo entre los principales. Esta concentración refleja la capacidad de ambos países para movilizar recursos tecnológicos y financieros de forma masiva.
El liderazgo estadounidense se sustenta en un dinámico sector privado impulsado por capital de riesgo. En 2025, la inversión privada en IA en Estados Unidos alcanzó cifras muy superiores a las de cualquier otro país, con miles de startups enfocadas en modelos generativos y tecnologías relacionadas. Esto les permite enfrentar con ventajas la costosa fase de diseño y entrenamiento de los modelos, así como la construcción de centros especializados.
La irrupción de empresas chinas que desarrollan tecnologías competitivas a menor costo, como DeepSeek, inquietó a Silicon Valley, evocando una sensación similar a la crisis soviética en la carrera espacial. Esta dinámica generó un discurso de rivalidad entre bloques que recuerda a la Guerra Fría, donde la competencia tecnológica se vuelve una prioridad de seguridad nacional y justifica acelerar la adopción de IA, a veces sin mayor regulación. Expertos advierten que este relato de confrontación podría volverse una profecía autocumplida, intensificando el conflicto y los riesgos asociados.
Así, la rivalidad entre Estados Unidos y China no solo determina quién domina la tecnología más disruptiva, sino que también condiciona las reglas globales del desarrollo de la inteligencia artificial, en un contexto donde los demás actores permanecen rezagados.

