El ejercicio físico es un pilar fundamental en el desarrollo infantil. Correr, nadar o saltar no solo fortalecen el corazón, los pulmones y los músculos de los niños, sino que también mejoran su coordinación y resistencia. Según el Grupo de Actividad Física de la Asociación Española de Pediatría, la práctica regular de actividad física "ayuda en la prevención y el tratamiento de la obesidad, problemas del corazón, enfermedades de los huesos y algunos cánceres". Más allá de los beneficios físicos visibles, existe evidencia científica sólida sobre su impacto en el bienestar psicológico infantil.
La actividad deportiva regular contribuye a elevar la autoestima de los menores, mejora su percepción de la imagen corporal y aumenta su sensación de competencia personal. Los niños que practican ejercicio habitualmente se sienten más seguros para enfrentar desafíos tanto en la escuela como en su vida social. El deporte en grupo, además, fomenta habilidades esenciales como la cooperación, la comunicación y el respeto por los demás.
La recomendación del tipo de ejercicio varía según la edad. Hasta los 8 años, el énfasis está en el juego y el conocimiento del propio cuerpo a través de la psicomotricidad, coordinación y equilibrio. Entre los 8 y 12 años es el momento de potenciar el crecimiento físico general y trabajar la resistencia, la fuerza y la flexibilidad. De los 12 a 14 años se perfecciona la técnica deportiva e inicia la competencia suave. A partir de los 14 años comienza un entrenamiento más especializado con aumento progresivo de la carga.
Para los niños con asma, los beneficios son igualmente significativos. La enfermedad se define como una patología en la que los bronquios se inflaman y estrechan, dificultando la respiración. Si el asma está controlada, la actividad física mejora notablemente la calidad de vida del menor y reduce la gravedad de los ataques.
Los deportes que requieren esfuerzo continuo sin pausa —como fútbol, baloncesto o ciclismo— suelen provocar más síntomas. En cambio, actividades con descansos frecuentes, como deportes de raqueta, voleibol, gimnasia o artes marciales, generan menos molestias respiratorias. Sin embargo, si el niño prefiere un deporte más exigente, puede practicarlo tomando precauciones.
La Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma Pediátrica recomienda seis medidas preventivas: realizar un calentamiento prolongado y progresivo antes de la actividad, distribuir el ejercicio en intervalos adaptados, no entrenar durante infecciones respiratorias, respirar por la nariz mientras es posible, detener inmediatamente ante señales de pitidos o tos, y evitar deportes al aire libre durante polinización intensa o con temperaturas muy bajas. Con estas pautas, los menores asmáticos pueden mantenerse activos sin comprometer su salud respiratoria.

