Un cartel pegado en un árbol años atrás anunciaba: "El que no trabaje que no coma". La frase parecía contradictoria en un país donde millones carecían de empleo remunerado. Sin embargo, el mensaje buscaba motivar la creación de fuentes de trabajo para reducir el número de personas sin ocupación, no castigar a los desempleados.
La historia de un inmigrante ilustra cómo funciona el trabajo como motor de supervivencia. Un abuelo llegó a Veracruz con solo una muda de ropa y veinte pesos regalados. Vio calcetines en oferta, invirtió diez pesos, los vendió por veinte y repitió el ciclo. Sin educación formal, aprendió por la práctica la lección fundamental: el trabajo convierte esfuerzo en dinero, y el dinero en más oportunidades. Este ejemplo se ha convertido en la primera lección de cualquier estudiante de administración o economía.
El trabajo genera una ganancia que permite comer, ahorrar, invertir o disfrutar. Por eso se festeja. Sin embargo, ningún sistema económico ha logrado emplear al cien por ciento de la población en edad laboral. Incluso países desarrollados resolvieron este desafío mediante protección social estatal que redistribuye ingresos equitativamente, incluso a quienes no trabajan.
La realidad es más compleja que la ecuación trabajo-comida. El trabajo financia la seguridad social que protege a adultos mayores, enfermos y discapacitados. Los hospitales, clínicas y personal capacitado que brindan medicamentos y atención médica existen gracias a impuestos sobre los salarios de los trabajadores. Sin este sistema de protección, el trabajo solo sería insuficiente.
Celebrar el trabajo significa reconocer su valor como fuente principal de satisfactores materiales y sociales. Pero también implica reconocer que la sociedad debe proteger a quienes esperan empleo y a quienes ya no pueden trabajar. El trabajo, en sus múltiples formas y con sus soportes humanos y materiales, es lo que permite que la vida sea posible y mejore continuamente.

