Alejandro Cortés González-Báez se define como chilango 100% por haber nacido en la Colonia Roma del entonces Distrito Federal, un hecho que asume con orgullo y reconocimiento tanto de las ventajas como de los estereotipos asociados. Para él, amar el lugar de origen es un acto de lealtad que no debería rechazarse ni esconderse, pese a las burlas propias de esa identidad.

En su reflexión, Cortés señala que las rivalidades entre vecinos se manifiestan en todos los ámbitos, desde pequeñas comunidades hasta naciones enteras, y que esta dinámica también podría aplicarse hipotéticamente en otros planetas si existiera vida inteligente. A menudo, asegura, tendemos a considerarnos superiores a quienes no comparten nuestro lugar de nacimiento, alimentando así el ego y las razones para rechazar o menospreciar a los demás.

No obstante, alerta que ninguna región ni persona está exenta de defectos, y que detrás de las fronteras existen tanto individuos valiosos como limitados. En la línea de este pensamiento, comparte su lectura del libro “Sobrevivir al límite”, del cirujano neoyorkino Kenneth Kamler, quien destaca la importancia de aprender y respetar la sabiduría de los pueblos indígenas con los que convive, aceptando el conocimiento incluso cuando no tiene explicación científica.

Esta postura contrasta con quienes demuestran rigidez mental, falta de flexibilidad y una tendencia a imponer sus ideas sin aceptar la diversidad de pensamiento. Cortés cita a Mark Twain para ilustrar esta conducta: más vale callar y parecer ignorante que hablar y confirmar esa ignorancia. En conclusión, invita a abrir el espíritu para aprender de todos, sin importar su lugar de nacimiento ni su cultura, y así superar los barquinazos de los regionalismos que limitan la convivencia y el crecimiento personal.