El Pentágono anunció recientemente la integración conjunta y operativa de inteligencia artificial en sus redes y funciones militares. La medida marca un hito en la absorción de tecnologías de punta por parte del aparato militar estadounidense, fenómeno que no es nuevo pero adquiere dimensiones sin precedentes con la IA.

Grandes empresas tecnológicas han comenzado a incorporarse a programas del Departamento de Defensa de Estados Unidos, según reportó recientemente Manuel G. Pascual en El País. Este giro refleja una dinámica histórica recurrente: las tecnologías que concentran poder nunca permanecen al margen de la competencia política, sino que son absorbidas por ella. Sucedió con la física nuclear, cuando sus avances se aplicaron para construir la bomba atómica. Ahora ocurre con la inteligencia artificial.

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La inteligencia artificial ha sido presentada públicamente como una herramienta para la salud, la educación y la solución de problemas globales. Sin embargo, su destino real es convertirse en un instrumento de poder. Con la IA, la lógica militar expande su dominio hacia nuevos territorios: el control de la información, la vigilancia masiva y la organización de la vida social.

En este contexto emerge la noción de "tecnofascismo". Se trata de una forma de poder donde la tecnología, especialmente la IA, se articula conjuntamente con el Estado y grandes corporaciones para ejercer un control social más profundo y, crucialmente, mucho menos visible que los regímenes autoritarios tradicionales. A diferencia del fascismo clásico, el control ya no depende de la coerción directa, sino de sistemas técnicos que dominan y orientan la conducta de las personas de manera casi imperceptible.

La consecuencia de este modelo es la concentración del poder decisivo: el bien y el mal dejarían de ser decididos por una sociedad, sino por una docena de individuos propietarios del mundo. En este proceso, la tecnología deja de ser un simple instrumento para convertirse en el terreno donde se configura el poder contemporáneo.